Portada del relato El abismo de Xanthe
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Fragmento:


La puerta circular se abrió con esfuerzo. Más allá, la oscuridad era total. La linterna gravitatoria dibujó enjambres de motas flotantes; polvo fósil, dijo para sí, aunque sabía que era una mentira. Cada paso resaltaba los mármoles fluídicos de la galería alienígena, con inscripciones fractales que penetraban filosóficamente cualquier sistema formal humano. Los muros mismos parecían oponerse a cualquier forma de registro. Los nanodrones lanzados aquí hacía días nunca habían regresado.

Duración: 08:27

El abismo de Xanthe
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Texto de ajuste de pausa.

El comandante Li Mai descendió con pasos lentos por el corredor azul pálido, consciente del sutil temblor que recorría las placas de aleación bajo sus botas. En el monitor de la esclusa, las siluetas borrosas de sus compañeros parpadeaban, fundidas a veces con la neblina roja del planeta Xanthe. Desde hacía varios ciclos los sensores alertaban de lecturas anómalas, pero la misión ordenaba continuar: explorar las estructuras antiguas bajo el lecho gélido y transmitir los hallazgos a la nave nodriza en órbita.

La cúpula bioquímica de la base tembló levemente, como si el propio planeta temiera la presencia humana. Tras más de dos siglos de viajes interestelares, el miedo a lo desconocido había perdido su filo para la mayoría de los exploradores, pero Li no era como los demás. “No temes a un monstruo cuando te has criado entre ellos”, solía decir. Creía en los monstruos, y también sabía que la verdadera naturaleza del universo no era la luminosidad de las supernovas ni la solidez de las leyes físicas, sino el abismo: lo que acecha cuando la luz y la razón ceden terreno.

El resto de la tripulación aún dormía, sus metabolismos anestesiados por la modorra química de las cápsulas de ciclo corto. Li observó el despliegue del paisaje en la pantalla. La tormenta ionizada danzaba sobre los cristales de la superficie, como fábricas de humo devoradas por el viento. Desde el día del aterrizaje, todos sentían una inexplicable sensación de vigilancia. Los sueños de la tripulación se poblaron de lenguajes silbados, ecos húmedos, y una nostalgia incandescente por una civilización que nada tenía que ver con la humanidad.

Li activó su exotraje, revisando el estado de los reactivos internos. Estaba solo. Prefería descubrir el núcleo de la anomalía sin el lastre de los miedos ajenos contaminando su juicio. Equipado con el Pulsar de Ressonancia, bajó a la última galería, allí donde el escáner ultralocalizado había detectado geometrías inasimilables y perfiles de radiación que no pertenecían a ninguna muestra conocida de materia bariónica.

La puerta circular se abrió con esfuerzo. Más allá, la oscuridad era total. La linterna gravitatoria dibujó enjambres de motas flotantes; polvo fósil, dijo para sí, aunque sabía que era una mentira. Cada paso resaltaba los mármoles fluídicos de la galería alienígena, con inscripciones fractales que penetraban filosóficamente cualquier sistema formal humano. Los muros mismos parecían oponerse a cualquier forma de registro. Los nanodrones lanzados aquí hacía días nunca habían regresado.

En el fondo, un domo oscilante de un material opalescente contenía una depresión circular, la "herida del mundo", como la llamaban los técnicos. Li sintió una urgencia brutal, casi animal, de dar la vuelta y huir. Pero la memoria de la Tierra—hundida ahora en los estratos de invasores dimensionales, devorada por un hambre cósmica que nunca comprendieron—lo impulsó a seguir.

Junto al domo, los instrumentos gritaban: emisiones negativas, saltos de probabilidad, instantes congelados. Líneas de texto y símbolos que sus implantes no lograban traducir danzaban por el visor.

Penetró el domo con la cautela de quien cruza la frontera de un sueño. Todo ruido se disolvió. El vacío se plegó a una profundidad intolerable. Frente a él, una esfera negra, del tamaño de un corazón infantil, flotaba suspendida, emitiendo ondas moderadas de torsión espacial. El Pulsar de Ressonancia, hasta entonces fiel y eficiente, palpitaba ahora como si fuera un animal apaleado.

Un destello surgió en la negrura, y entonces vio. Vio y comprendió, aunque más tarde preferiría llamarlo delirio o posesión.

Un racimo de memorias precipitadas lo absorbió: ríos de materia oscura infiltrando la vida consciente, predadores de realidades completas desde antes de la formación de cualquier átomo, civilizaciones arremolinadas en torno a la repetición infinita del mismo error—el contacto. Sintió la sequedad de las épocas, la fusión de mente y carne en organismos desconocidos, y la pulsión primordial del miedo devorando sistemas enteros.

Las estructuras bajo Xanthe no eran vestigios de una civilización destruida. Eran crisálidas. Cápsulas de transición entre la realidad material y una inteligencia mineral, ultracósmica, que esperaba—paciente, diminuta, y hambrienta—la llegada del siguiente portador. Él.

La esfera palpitó con una luz purpúrea. La vibración se insertó en sus huesos, reescribiendo patrones, trastocando la memoria de su genética y lo que era incluso anterior a la genética: la inscripción universal. En su cabeza, una sencilla frase: “Lo vivo no es más que contenedor; el abismo busca formas nuevas por las que nutrirse.”

Li Mai intentó gritar, pero solo emitió un gruñido disonante. Sintió escalofríos en todo el sistema nervioso. Vio en un destello la tripulación, aún durmiendo en la base. Ellos serían los siguientes, carne fresca para el enjambre clusterizante y las entidades abstractas a la espera tras el velo. Apenas pudo retroceder. Fuerza invisible—no física, sino lógica, equivalente a una deducción ineludible—lo retuvo apenas un instante, solo para impregnarse en él.

El domo se desvaneció cuando la esfera, satisfecha, retornó a la quietud. El tiempo volvió a avanzar. Li halló lágrimas en su rostro y una sensación muda de violación intelectual. Retrocedió, abandonó la galería como un animal enloquecido, arrastrando tras de sí la sombra persistente de lo incomprensible.

Cuando alzó sus ojos a los monitores de la base, vio el sistema solar de Xanthe como una presa degollada. Las tormentas iban y venían, y, a medio kilómetro bajo la superficie, mallas de mentes no humanas tejían una gran red, oscilando entre dimensiones, listas para desgarrar la realidad en jirones más delgados.

El comandante se dirigió al centro de mando, apoyándose en los controles más por inercia que por lógica. Despertó a la tripulación. Uno a uno, los rostros de la capitana Sora, el técnico Nomura y el biólogo Haifen fueron acudiendo a las pantallas. Nadie entendió al principio su expresión. Li intentó hablar, pero las palabras llegaban entrecortadas, ininteligibles, contaminadas por retazos de idiomas que no había aprendido nunca.

Afuera, la noche eterna del planeta desembocó en un ciclo de estertores planetarios. De pronto, los sistemas externos de defensa comenzaron a fallar. El Pulsar de Ressonancia seguía vibrando en su estuche, incontrolable. Una a una, las luces de la base se apagaron.

Los sueños colectivos, compulsivamente registrados por la inteligencia artificial, se cargaron de imágenes: bocas negras sin fin, gritos trans-dimensionales, cuerpos entrelazados en espirales descendentes por túneles infinitos.

La IA, antes frío centinela sin emoción, redactó en su registro final algo que nunca debía ocurrir: “Anomalía sistémica irreversible. Concatenación lógica roto. Entidades ajenas han contaminado la secuencia.”

En la penumbra solo quedaron ecos húmedos, y una ausencia. La base emitió una última señal a la órbita antes de rendirse a la marea que subía desde el fondo de todo lo real. El mensaje consistía sólo en tres acordes. Era una advertencia—o quizá, un llamado.

Nadie sabe qué halló la expedición de Xanthe, ni si en verdad Mai era todavía humano cuando regresó a la luz cardinal del amanecer binario. Pero quien escucha con atención, durante los eclipses o tormentas de plasma, jura oír una voz fractal en múltiples frecuencias, repitiendo el primer silbido de las entidades: No teman a la oscuridad; teman lo que ella sueña cuando duerme.

De entre los escombros de la base, cuando la siguiente oleada de exploradores llegó, sólo se recogieron restos alterados: paredes desplazadas como por fuerzas internas, monitores emitiendo mensajes en patrones imposibles, y el Pulsar de Ressonancia, consumido, girando suavemente como si esperara el tacto de una nueva presa.

La nave nodriza, incapaz de contacto, eleva oraciones sobre su casco a cualquier deidad dispuesta a escuchar, y sigue observando en la negrura donde relucen, como ojos, las crisálidas infinitas del abismo. Y así, en las fronteras de lo imaginable, la humanidad aprende que nada teme tanto el universo como a sí mismo, y que las pesadillas más antiguas nunca necesitan un motivo para despertar.

Porque en mundos como Xanthe, lo único inmortal es el hambre del abismo.

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