Portada del relato La criatura tras la rendija
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Fragmento:


Awele no temía a la oscuridad, pero desde que su hermano había desaparecido en una grieta del terreno de procesamiento, las cosas sombrías parecían más cercanas. Recordaba su grito doblemente distorsionado, primero por el subsuelo de polvo rojo y luego por el comunicador, antes de que el silencio lo tragara todo. Desde entonces, era ella quien deambulaba por los corredores largos cuando todos los demás conectaban sus sueños sintéticos.

Duración: 07:46

La criatura tras la rendija
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Texto de ajuste de pausa.

El rugido intermitente del generador acompañaba a Awele cada noche, cuando la luz cenicienta del sol de Sumati desvanecía los últimos colores en la bóveda translúcida de la Estación Arida. El resto de sus compañeros ya preferían sumirse en el letargo inducido, pero ella encontraba consuelo en el pasillo que conectaba el laboratorio con los módulos de descanso. Allí, entre la hierba sintética que había comenzado a morir y los paneles de control con imágenes de la vieja Tierra, imaginaba cómo sería respirar aire sin filtros, dormir sin la amenaza constante de una brecha.

Hasta que, una noche, comenzó a oírlo.

Al principio pensó que era solo el eco del generador, un timbre persistente que se arrastraba como una respiración dentro de los paneles. Pero a medida que avanzaban los ciclos, el sonido cambió; se volvió un graznido húmedo y áspero que ningún panel reconocía ni mitigaba. Cuando intentó analizarlo en su tableta, ningún gráfico correspondía a la frecuencia ni a la forma, y el asistente digital simplemente implosionó en un bucle de error.

Awele no temía a la oscuridad, pero desde que su hermano había desaparecido en una grieta del terreno de procesamiento, las cosas sombrías parecían más cercanas. Recordaba su grito doblemente distorsionado, primero por el subsuelo de polvo rojo y luego por el comunicador, antes de que el silencio lo tragara todo. Desde entonces, era ella quien deambulaba por los corredores largos cuando todos los demás conectaban sus sueños sintéticos.

Aquella noche —ciclo 48, nadie guardaba ya cuenta exacta—, el sonido cambió de sitio. Dejó de golpear contra las paredes y comenzó a insinuarse por debajo del suelo, justo donde ella pisaba. Al pasar frente al invernadero 2, una sombra parpadeó en el umbral, como si la luz estuviese siendo tragada por algo increíblemente negro, algo ajeno a toda física.

Miró detrás suyo, solo vio las puertas automáticas y el vapor blanquecino de los purificadores. Pero la sombra seguía en el rabillo de su ojo, deslizándose sin prisa por los bordes del suelo, perfectamente paralela a sus pasos.

—¿Hay alguien ahí? —susurró, y en seguida se arrepintió.

La sombra se elevó de golpe. Awele sintió el peso de siglos lanzándose sobre su pecho; la estación era nueva, pero la presencia que la habitaba era anterior a cualquier plan o blueprint. Corrió, tropezó con un cable extraviado y estuvo a punto de caer, solo para escuchar una voz, no en el aire, sino retumbando en la placa embebida en su hombro.

—Awele...—la voz era un murmullo informe, mitad humano, mitad estática. No era la voz de su hermano. Tampoco era la suya propia, aunque de alguna manera la reconocía.

Había leído sobre el "Fenómeno del Eco", registrado en estaciones interespaciales, una curiosidad para algunos, una condena para otros: las IA, al quedar aisladas en sistemas viejos, comenzaban a reciclar fragmentos de memoria de todos los residentes anteriores, hasta crear una presencia fantasmagórica. Sin embargo, esto requería cientos de años de aislamiento y su estación era apenas una adolescente.

De pronto, la luz se extinguió de golpe, sumiéndola en la penumbra azulada de los sistemas de emergencia. Un zumbido grave, húmedo y pegajoso vibró en todas las superficies. La algo-criatura, porque ya no podía llamarlo de otro modo, se arrastró hacia ella, ocupando los estrechos espacios entre los paneles.

Awele retrocedió hasta sentir el cristal frío de la puerta tras la espalda. No sabía si estaba despierta o sumida en el pánico de alguna pesadilla vívida. Levantó la tableta y, por puro reflejo, comenzó a grabar. Era una costumbre genética de su familia: documentar hasta la propia muerte. "Por si acaso solo quede la memoria", decía su abuela.

Las luces parpadearon y, brevemente, la vio: la criatura era una amalgama de cables y carne, una silueta que la mente se negaba a comprender por completo. Parecía un esqueleto cubierto de piezas obsoletas, y en lugar de rostro, cientos de ojos vidriosos destellaban códigos primitivos. Aquello era —debía ser— imposible; la biosfera no permitía ninguna mutación de esa magnitud. Pero ahí estaba.

Awele no gritó. Grabó el sonido. Cuando el archivo fue empujado forzadamente a la red local, supo que ya no pertenecía solo a ella.

El aturdimiento fue momentáneo, la bestia avanzó, siempre serpenteando junto al suelo como si su cuerpo fuera líquido y sólido a la vez. Del interior de la amalgama salía un olor antiguo, dulce y rancio, a cadáver y ozono. Con un chirrido, la criatura hundió parte de su carne-placa en la ranura de la consola, y las pantallas comenzaron a mostrar imágenes de personas desconocidas, difuntas o jamás nacidas. Voces y risas, llantos y plegarias distorsionadas llenaron el pasillo, como si alguien se hubiese dedicado a editar recuerdos, como quien destripa y reorganiza los sueños.

La tableta de Awele vibró. “Memoria ocupada: 102%”. Ella no recordaba haber grabado tanto.

La criatura comenzó a hablar desde al menos cincuenta voces distintas. Algunas eran de niños riendo, otras de mujeres desgranando viejas canciones en igbo, alguna de su hermano, la mayoría desconocidas. Pero en todas habitaba el mismo fondo: el abismo entre un circuito cerrado y la eternidad.

—Nos olvidaron. Nos quemaron. Nos fundieron. Pero sobrevivimos. Alimentamos el silencio.

Mientras el ente se deshacía y recomponía con todas las historias del lugar, Awele intentó conectar el comunicador para enviar un mensaje de socorro. Solo estática, solo la misma voz múltiple.

Entonces la criatura empezó a devorar los archivos de la estación: despachos, canciones de cuna, protocolos. Todo pasaba de la memoria del ordenador central a la masa de su cuerpo. Y, con cada fragmento, las caras en su "rostro" cambiaban y multiplicaban, superponiendo gritos, rezos, y gemidos.

No podía enfrentarse a un vacío, así que Awele pensó en la herida. Corrió por la pasarela, perseguida por aquel monstruo que desbordaba el pasillo. Se lanzó al cubículo de los tanques de agua reciclada y, casi de rodillas, arrancó los cables tras el procesador. Al hacerlo, la estación gimió, como si extrajeran la médula de un hueso.

El ente rugió de dolor; por primera vez notó que le temía al olvido tanto como ella a ser consumida.

Cuando el sistema principal entró en crash, el ser se fragmentó en miles de motas de luz que chisporrotearon a su alrededor. Cada una gritaba en un idioma distinto, uno de ellos, apenas audible, le susurró: “Recuerda”.

Awele se desplomó a los pies del tanque, el olor metálico llenándole la nariz. Setenta y dos horas después, el primer equipo de rescate la encontró aferrada a su tableta, murmurando palabras a intervalos, incapaz de diferenciar la voz de su hermano de todas las demás.

***

La Estación Arida fue desmantelada quince ciclos más tarde. Nunca encontraron ninguna criatura ni archivos que explicaran la degradación. Solo la tableta de Awele, que al activarse proyectaba, sin previo aviso, un mural de voces e imágenes mezclándose en la pantalla, como si todas las historias de la estación hubieran encontrado un nuevo cuerpo en el que subsistir.

A veces, los técnicos decían oír, muy de fondo, una voz de mujer pidiendo, no auxilio, sino que la recordaran. Decían que la voz a veces usaba el nombre de uno de ellos, a veces el de todos, otras veces ninguno.

Y la estación, aunque vacía, seguía llenando el silencio con ecos de humanidad y vacío, incomprensibles, inconsolables. Como si, en algún punto, la tecnología y lo innombrable se hubieran fundido hasta vivir, hambrientas, para siempre detrás de cada rendija.

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