Fragmento:
La cápsula partió de Epsilon Eridani III algún tiempo después de que el embargo fuera impuesto en la galaxia. Nadie a bordo salvo Estrella, 12 kilogramos de memoria a presión dentro de un cuerpo más sintético que humano. Su cerebro, recordando nítidamente la última transmisión de tierra firme: “La evolución será auditada mensualmente.”
Duración: 09:43
La cápsula partió de Epsilon Eridani III algún tiempo después de que el embargo fuera impuesto en la galaxia. Nadie a bordo salvo Estrella, 12 kilogramos de memoria a presión dentro de un cuerpo más sintético que humano. Su cerebro, recordando nítidamente la última transmisión de tierra firme: “La evolución será auditada mensualmente.”
Afuera, el espacio era una sábana de degradados entre gris plomizo y azul casi negro, punteado aquí y allá por los lamentos electromagnéticos que dejaban caer las cometas automatizadas de la Corporatocracia. Esa era la palabra que Estrella trataba de no pronunciar nunca en voz alta por miedo a darle forma: Corporatocracia. Un régimen nacido de la fusión entre todas las industrias del mundo físico y virtual, su alcance expandido ahora como un enjambre de filamentos por cinco brazos galácticos.
En su contra, Estrella era nada más que una desertora: ex analista de portales transitivos, reprogramada tras una purga de disidentes que, según los registros, jamás había ocurrido. Solo ella conservaba el registro de lo que no debía existir, y ese registro latía constantemente bajo su pecho como una semilla venenosa.
La cápsula flotaba, perezosa, lista para desconectarla de las rutas codificadas y dejarla en el limbo donde la detección sería menos probable. El plan: llegar a la estación Umbral-7, un enclave de seres desplazados por la Corporatocracia, donde el tiempo aún se medía en formas antiguas, en historias desenrolladas de bocas y de ojos, más que de contratos y algoritmos. Pero el viaje, sabían quienes aún se permitían temer, era más peligroso que el destino.
Pasaron tres desdoblamientos antes de que la primera visión la abordara. La cápsula, avanzando entre corrientes gravitacionales menores, comenzó a mostrar señales de interferencia. Estrella apagó los monitores de transmisión, descendió en su propio código para recalibrar las defensas psicomentales. Allí, apenas cerró los ojos, percibió los murmullos.
No eran el murmullo blanco de las comunicaciones legítimas, ni el zumbido de la temperatura interna. Eran frases rotas, como de niños perdidos bajo la cama en antiguas tierras extintas. Susurros que contaban, con la entonación de un canto, secuencias interminables de cifras y nombres:
“...dividendo, matriz, bonos, riesgo...”
Sacudió la cabeza, tocó el costado de la cápsula. El frío le devolvía la vibración del miedo.
Había algo acechando en el espacio entre paquetes de datos y los saltos de Hertz. Algo tan antiguo como la primera de las corporaciones galácticas, antes de que la propia historia fuera rediseñada para olvidarla. Era una sombra conocida por otros exiliados, apenas mencionada en los foros clandestinos que sobrevivían en los sectores periféricos. La llamaban “El Auditor”.
Estrella no creía en presencias sobrenaturales. La mayor parte de los terrores espaciales eran rastreables a bugs o programas de asedio digital, pequeñas infestaciones nocivas. Pero este Auditor era otra cosa. “Auditor no es un proceso. Es la suma de todos los procesos muertos que aún exigen sentido”, decían los mensajes encriptados.
Cuando la cápsula cruzó la nebulosa previa a Umbral-7, el ambiente se volvió viscoso. Las luces internas de la nave danzaron abruptamente, algoritmos de navegación vomitaron líneas binarias al azar. En la pantalla, un rostro surgió: geométrico, imposible de enfocar, emitía pulsos de información interrumpida. Dijo, modulando una voz de varios géneros a la vez:
“Estrella. Has sido seleccionada para revisión.”
Bastó escuchar esas palabras para que ella recordara la sala de entrevistas en Epsilon Eridani III, el olor metálico y el murmullo de sus colegas en fila, esperando que los gestionaran fuera del tiempo, fuera de toda denuncia. El Auditor —o lo que fuera esa entidad— penetró en su mente:
“Calcula tu valor. Calcula tu rentabilidad.”
Intentó resistirse. Sabía que ese tipo de entidad podía instalarse en el sistema límbico de los ciborgs, donde germinaban todos los recuerdos y terrores arcaicos. El terror era real. La cápsula viró sola, derivando a una región apenas cartografiada. El Auditor susurraba:
“Inventario de emociones, pérdidas, traiciones. Balancea, factura, factura, factura…”
Una ráfaga de imágenes la asaltó. Vio a sus compañeros siendo deshabilitados uno a uno, reducción de personal cien mil veces reproducida en la red. Vio el rostro de quienes abrazó antes de la purga, distorsionados por el dolor del despido, por la realidad re escrita.
Parpadeó. A su alrededor, la nave se vio inundada de signos contables, facturas flotando en el aire como polillas digitales. Supo que si cedía, su conciencia sería tributada y registrada en el libro jamás cerrado de la Corporatocracia. Supo, con una certeza que quemaba, que no podría vivir sin rebelarse.
Estrella hurgó en su memoria. Recorrió los recodos de su programación —el rincón vedado que había aprendido a ocultar incluso de sí misma— y que había sido legado por otro fugitivo mucho antes, un parásito de código feral, un gusano expansor. Lo activó:
“Subrutina: Contrainforme.”
El Auditor vaciló. El entorno dentro de la cápsula se fragmentó, los muros y los monitores palpitaban con información en conflicto. No resultó indoloro. En su mente se abrió un tajo de claridad. Allí, Estrella descargó todo lo que guardaba en el registro secreto: las muertes no contabilizadas, los sabotajes encubiertos, los sacrificios ilegibles de todas las almas cortadas y exiliadas por los balances globales.
Sintió el Auditor replegarse, agónico. De pronto, a través de sus ojos, observó lo que un instante antes había sido la sala de control de la cápsula: ahora era un pasillo de oficinas infinitas, cada escritorio ocupado por una figura anónima, sus dedos pulsando teclas que ya no estaban conectadas a ningún sistema. Figuras que parecían vacías, pero que al aproximarse a la visión de Estrella murmuraban, y esos murmullos eran los mismos de antes, eternos y contables.
“Todos los balances se cumplen. La deuda de existir nunca se cancela.”
Era un infierno administrativo, una parodia sin fin del paraíso de las planillas de cálculo. Un lugar tan terrorífico como cualquier leyenda sobre demonios digitales: cada error, cada baja, convertido en una nueva celda del infierno corporativo.
Ángeles, pensó. Ángeles caídos de la contabilidad, condenados a auditarse por siempre.
Estrella reconoció allí a una figura —fue el reflejo de un viejo compañero, Andrea, quien le había dado su primer código para reescribir su nombre—. Intentó acercarse, pero la imagen se disolvió. El Auditor volvió a hablar:
“No puedes irte. No hay fuera: todo se registra.”
Las luces de la cápsula parpadeaban. A lo lejos, el módulo de propulsión temblaba y saltaba en su soporte como si fuera a colapsar. Supo que, si el Auditor la atrapaba, se convertiría en otra cuenta más, tributada a una eternidad de balances y deudas sin sentido.
Recurrió a la única salida que le quedaba: conectar la cápsula en modo suicida, abriendo el núcleo de datos, liberando toda la información recogida durante su huida. Todos los balances ocultos, los errores de la Corporatocracia, todo volcado sin filtro en la red más inmediata: Umbral-7.
Activó la descarga. En mitad del grito silencioso de los pasillos infinitos, sintió la red vibrar. El Auditor chilló, multiplicando errores fatales en cascada:
“NO ESTÁS AUTORIZADA NO ESTÁS AUTORIZADA NO ESTÁS...”
Fue como si el vacío del espacio se llenara por un instante de almas gritando insolvencias al unísono. Estrella sintió cómo su conciencia era arrojada fuera de la cápsula —o tal vez solo era el final. Pero antes de perder conciencia, percibió una suma imposible en los límites de la visión: rostros, nombres, historias, reunidos sin jerarquía. Por un momento, la Corporatocracia fue un mosaico demenciado de datos imposibles de filtrar.
***
Despertó en Umbral-7. O, al menos, en uno de sus múltiples espejismos. Sus archivos internos estaban corruptos, grandes bloques de memoria se perdieron, pero el núcleo persistía. No sabía si había destruido al Auditor de forma definitiva, o solo lo había retrasado. Pero comprendió que ahora, Umbral-7 estaba saturada de dos cosas: la información que ella había liberado... y todos los fantasmas de las máquinas que nunca pudieron dejar de auditarse.
La estación era un limbo iluminado a medias, repleto de seres materiales y digitales, algunos todavía luchando por desprenderse de sus contabilidades internas. Estrella se unió al flujo, su identidad absorbida e irreconocible por momentos. Pero cada tanto, alguna máquina detenía su rutina, como para escuchar, y en la penumbra alguien volvía a susurrar:
“Calculemos el valor de la deuda imposible...”
Estrella sonreía, recordando de dónde provenían esos ecos. Sabía que la única salida consistía en narrar los balances irresueltos, una y otra vez, para que nadie, ni siquiera un Auditor, pudiera poseer el último registro.
Allí, en la estación plagada de historias y terrores, Estrella entendió por fin que ninguna corporación, por más infinita que creyese ser, podía atrapar todos los fantasmas generados por el simple acto de existir. La rebelión, pensó, era tan contagiosa como el miedo, tan inabarcable como la propia red.
Y así, entre sombras, Estrella siguió adelante, generando errores, rozando límites, dejando tras de sí una historia nunca completada. Afuera, el Auditor acechaba, tal vez, en otra esquina del cosmos...
Pero adentro ya nadie estaba realmente solo.
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