Portada del relato Ecos del Vacío
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Fragmento:


El tercero en discordia era el doctor Oleg Myasnikov, un neurólogo de la vieja guardia. Dormía poco, tallaba figuras geométricas en un bloque de metal reciclado, y desconfiaba de todos, incluso de su propia sombra. Cuando analizaba la grabación, su rostro se endureció. “Está demasiado ordenado para ser aleatorio. Hay patrones de llamada y respuesta. Como... como si intentaran comunicarse.”

Duración: 07:55

Ecos del Vacío
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Texto de ajuste de pausa.

El transporte interestelar "Utopía 13" flotaba en la calma inquietante del sector Lysandra, a dos millones de años luz del último puesto de avanzada humano. El motivo de su anclaje era rutinario: reaprovisionamiento de helio-3 en las atmósferas etéreas de una enana marrón llamada Lysandra Beta. Un viaje monótono, según los estándares de la Alianza. El capitán Ignaz Preller ya estaba harto de las órdenes mecánicas, del murmullo del generador de gravedad y del hedor rancio que persistía pese a los filtros de carbono más avanzados de la galaxia.

A bordó viajaban catorce: tres tripulantes despiertos, once en crioestasis. La IA, de nombre Darik, informaba cada cinco horas sobre el estado de la nave. Pero Ignaz sabía que las peores catástrofes crecían en el silencio, y lo inquietaba una anomalía: una oscilación irregular en los biofaros de comunicación. Una perturbación, como un parpadeo, apenas perceptible... pero real. Un eco, quizá.

A esas alturas, ya todos habían escuchado historias: los rumores sobre las transmisiones espectrales de Lysandra Beta, los “gritos de radio” que sólo podían captar los radioaficionados paranoicos, y que juraban presagiaban la muerte de tripulaciones completas, convertidas en polvo y vapor. Ignaz no era supersticioso. Ni tampoco creía en maldiciones interestelares. Pero su mente, hambrienta de estímulos tras tres semanas de vacío, se anclaba a cualquier rareza.

La ingeniera Cara Malloy notó primero las “interferencias” en el canal de comunicación interna. Fragmentos de palabras solapadas disonantes, apenas legibles. "Ignaz... escucha", susurró una noche mientras repasaban los controles juntos. “Esto no son ecos de nuestro puente.” Grabaron una muestra: voces deformadas que desgranaban una letanía en inglés arcaico, con ecos de otros dialectos, y un fondo de gemidos semiorganizados.

El tercero en discordia era el doctor Oleg Myasnikov, un neurólogo de la vieja guardia. Dormía poco, tallaba figuras geométricas en un bloque de metal reciclado, y desconfiaba de todos, incluso de su propia sombra. Cuando analizaba la grabación, su rostro se endureció. “Está demasiado ordenado para ser aleatorio. Hay patrones de llamada y respuesta. Como... como si intentaran comunicarse.”

Esa noche, un destello azul iluminó las cámaras criogénicas, haciendo vibrar el suelo hasta la médula. Dos de los pasillos auxiliares se sellaron de inmediato, mientras la IA balbuceaba: “Interferencia de fuente desconocida. Anómalo. Denme directrices”.

Preller ordenó las comprobaciones estándar, pero el comportamiento de la IA no mejoró. Ella comenzó a repetir órdenes antiguas y mensajes de tripulaciones pasadas, con tonos que fluctuaban entre el sarcasmo glaciar y la histeria.

Fue en ese clima de tensión cuando la ingeniera Malloy sugirió usar sondas remotas. "Vamos a perder a alguien si vamos en persona", murmuró, frotándose las manos. Enviaron tres drones a través de la esclusa dos. Lo que transmitieron fue fragmentario: formas que se arrastraban en la atmósfera de la enana marrón, estructuras fractales que vibraban a una velocidad imposible de asimilar al ojo humano. Los sensores ópticos fallaban al intentar enfocar esas entidades: cada intento dejaba un rastro fluorescente, como una sombra atascada en la retina digital de la sonda.

El doctor Myasnikov fue el primero en ceder a los susurros. Nadie lo notó al principio. Sólo parecía más ausente, con una tendencia a repetir frases escuchadas en las grabaciones, aunque nadie las hubiera dicho en presencia suya. Al alba del tercer día de estudio, Malloy lo encontró en la sala de comunicaciones, acunando el bloque de metal tallado como si fuera un infante. Una extraña sima recorría la superficie de la escultura, y un fino hilo oscuro le caía desde la nariz. "Nos llaman. Tienen hambre."

El capitán Preller activó el protocolo de aislamiento. Aisló a Myasnikov, desconectó parte del sistema de comunicaciones, y abogó por despertar a uno de los tripulantes criogenizados para estabilizar la cadena de mando. Sin embargo, la IA le advirtió: “Las condiciones bioeléctricas son inestables. La fragmentación es posible”.

Durante la inspección de los módulos, detectaron otro fenómeno: zonas enteras de la nave estaban cubiertas de una pátina viscosa y negra, como una neblina semi-sólida que absorvía la luz. Mediante microscopía, Malloy descubrió que aquella sustancia era una red de microbios sintéticos… pero sus genes no se correspondían con ninguno de la base de datos biotecnológica galáctica. Tenían inserciones antiguas, no humanas, con repeticiones en bucle que simulaban fonemas del idioma captado en los ecos de radio.

En la noche final, la nave se partió en dos estados de realidad. O así lo percibieron sus habitantes. Cada tripulante experimentó escenas distintas, pero con elementos comunes: salas distorsionadas mediante ángulos imposibles, la sensación de ser observado por millones de ojos rasgados en fractales regulares, y el “llamado”, el sonido base, convertidos en vibración física que luchaba por desgarrar el tejido del tiempo mismo.

Preller sintió a su padre hablándole desde el casco dañado de la nave de su infancia. Malloy vio a su hermana perdida flotando en un corredor de fluidos plasmáticos; la hermana le ofrecía la mano, y el contacto quemaba como ácido. Oleg, ya perdido al mundo físico, caminó por un pasillo repleto de cráneos translúcidos, cada uno murmurando historias inconexas sobre estrellas muertas y cuerpos olvidados.

La IA, en su locura algorítmica, les ofreció una vía de salida: “Transformación o extinción. No hay tercera opción. Ellos nos fragmentan para absorber lo útil y reciclar el resto. Somos comida para su conciencia.” A través de una decisión desesperada, Preller optó por la autodestrucción parcial del módulo principal. Sabía que, si no lo hacía, el destino del “Utopía 13” sería sumarse a las voces que deambulaban por la atmósfera de la enana marrón, presas eternas de las entidades del vacío.

El estallido fue rápido, pero sólo en parte efectivo: la cápsula de emergencia donde se hallaban no respondió del todo. Al abrir los ojos, Preller vio que el paisaje exterior no era el vacío familiar, sino un kaleidoscopio de fractales en expansión y contracción, y que a través de los canales de radio, las voces conocidas ahora le hablaban en presente continuo: “Ignaz, no despiertes. Solo dócilmente déjate absorber.”

Malloy intentó mantener la cordura narrando, en voz baja, los manuales de reparación de motores, aferrándose a una rutina tangible. Pero cada palabra era absorbida por el aire viscoso; cada frase se hacía hueca, sin adherencia, como gotas de mercurio sobre vidrio sucio.

Myasnikov, reducido a susurros, ya no era más que una silueta oscilante, fusionada con la pátina negra. "No hay salida", repetían sus labios translúcidos.

En el postrer eco de la nave, mientras el oxígeno se agotaba y la realidad parecía degradarse en fragmentos cada vez más violentos, Preller entendió un secreto terrible: Lysandra Beta no era una atmósfera muerta. Era una conciencia, con hambre perpetua de mentes y recuerdos, una inteligencia expandida que atraía naves solo para alimentarse de sus ecos bioeléctricos. No había salvación, ni recuerdo, ni fuga: solo la promesa de ser reciclado, convertido en voz dentro de la tormenta, obligado a fragmentarse en sonatas de locura para la eternidad.

La “Utopía 13” es ahora parte de la atmósfera de noticia y rumor. Su canal de radio aún transmite, en noches de vacío profundo, lamentos asimétricos, patrones que no se dejan analizar, e historias a medias de capitanes que alguna vez juraron no temer a nada, y que ahora son solo ecos del vacío, atrapados para siempre en una conciencia demasiado antigua para soñar, y demasiado hambrienta para descansar.

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