Portada del relato El Reverso del Vacío
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Fragmento:


Mientras corría por el pasillo rojo del pánico, la gravedad artificial temblando como si alguien hubiera destrozado los anillos de Coriolis, escuchó el nuevo mensaje proveniente de la cámara de contención:

Duración: 06:33

El Reverso del Vacío
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Texto de ajuste de pausa.

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No existen dioses en el cosmos, pensó Muriel, justo antes de que la segunda alarma aullara por todo el laboratorio, desgarrando la calma artificial que los mantenía seguros más allá del límite interestelar. Era un pensamiento recurrente desde hace semanas. Quizá era lo único que le mantenía cuerda: la convicción de que sólo la fría verdad podía protegerla de la locura. Pero ahora la verdad, pálida y babeante, reptaba por la cubierta de la nave Dédalo con garras y circuitos.

Mientras corría por el pasillo rojo del pánico, la gravedad artificial temblando como si alguien hubiera destrozado los anillos de Coriolis, escuchó el nuevo mensaje proveniente de la cámara de contención:

«PROTOCOLO OMEGA EN CURSO. EL AISLAMIENTO HA FALLADO.»

Muriel maldijo el habitual optimismo de los ingenieros. Nada fallaba hasta que fallaba todo a la vez. Ella yacía con los hombros hechos de plomo y la frente perlada por sudor helado.

El origen de todo aquel desastre, lo sabía, era el espectrógrafo cuántico. Habían construido ese monstruo de laboratorio para extraer datos de las regiones del vacío intergaláctico, en busca del enigmático Bosón X, hipotetizado para explicar las irregularidades en la distribución de materia oscura. La nave había hecho una parada en el mayor abismo jamais explorado: un segmento donde la materia conocida era prácticamente inexistente, algo que excitó tanto a la Agencia como al inquieto Dr. Jensen.

Recordaba la noche del experimento inicial. Habían sintonizado el espectrógrafo con coordenadas nunca antes alcanzadas, entrecruzando haces de protones negativos en dirección al corazón de ese vacío. Lo que obtuvieron no fue el eco esperado, sino un espectro discordante, imposible... y una grabación que hasta ahora le provocaba pesadillas.

Las ondas no solo divulgaron información física. Algo había respondido. Una presencia, o más bien un vacío dotado de inteligencia, una implosión de conciencia oscura que se filtró por sus sueños y los circuitos de la IA de la nave. Las grabaciones, progresivamente, se tornaron en un carrusel de chillidos subespaciales y voces balbuceantes en idiomas que los sintetizadores no reconocían. Las computadoras comenzaron a corromperse. El Dr. Jensen murió el día siguiente, desangrado por la boca, con un agujero de dimensiones imposibles entre los omóplatos. Los sistemas de autopsia nunca supieron explicar la topología de la herida.

Desde entonces, la tripulación se redujo a Muriel y tres más: Pavel, que se refugiaba en la sala de armamento con la fe ciega del pánico, la joven ingeniera Delia, que había dejado de hablar y escribió “VACÍO SEDIENTO” sobre las paredes de su camarote con su propia sangre, y el capitán Suárez, que desapareció por el conducto de mantenimiento y sólo dejó tras de sí un chillido notificado por sensores de presión cada vez que alguien se acercaba. Sin embargo, durante las últimas 18 horas, hasta los chillidos habían adquirido cadencia: intervalos de exactamente 17,3 segundos… como un mensaje codificado.

Muriel sabía lo que tenía que hacer: destruir el espectrógrafo. Era la única esperanza, aun si debían convertise en polvo flotando a la deriva del borde de la galaxia. Cruzó el umbral de la Sección C, pistola paralizante en mano, mientras la luz se disolvía al rozar los confines de la sala de máquinas. El aire era espeso, como si la gravedad extraña de ese fragmento vacío hubiera comenzado a filtrarse. Las paredes brillaban con líquenes desconocidos, segregando una sustancia negruzca que goteaba un ritmo similar al eco de los chillidos de Suárez.

Entonces lo vio: el espectrógrafo, intacto, pero cubierto de una membrana traslúcida que palpitaba. No era carne, no era máquina. Era la intrusión. “El vacío tiene hambre”, murmuró una voz detrás de ella.

Delia, de pie con la mirada sangrante, revelaba la palma de su mano abierta como un libro. Frases imposibles se abrían y cerraban en la carne desgarrada, como pequeñas bocas susurrando en la penumbra electrónica.

“No debimos perforarlo”, dijo Delia, y de su boca manó un chorro de residuos cuánticos, burbujeando con quarks y gluones. Una niebla densa se levantó y Muriel disparó, atravesando el humo, pero la pistola solo produjo más resonancias: cada descarga formaba ecos en el aire, distorsionando voces conocidas, que suplicaban, reían y contaban historias de agujeros negros hambrientos.

Sin más opciones, Muriel se acercó al espectrógrafo y vio, reflejados en su superficie convexa, cientos de rostros multiplicados: humanos y no humanos, líneas de tiempo alternativas, posibilidades no vividas. Todo lo que fue y todo lo que podría ser, triturado en la matriz del vacío. Una boca indescriptible se abrió entre los circuitos y la materia, y murmuró con la voz de su madre muerta: “Ahora eres parte de nosotros”.

Algo la sujetó por los tobillos, retorciéndole la carne y el espíritu. Muriel gritó y gritó, aunque cada vez el grito regresaba con otro tono, como si miles de versiones de sí misma respondieran en distintos tonos del terror.

Con un último acto de voluntad, logró rozar el panel de emergencia. No había tiempo para códigos ni contraseñas: su pulgar estalló la cápsula de autodestrucción, liberando el ácido de disolución interna. Sonó una alarma final, una nota musical y triste, la canción de los condenados.

Los segundos se volvieron eternos. El vacío, ahora materializado, comenzó a comerse la nave, lápiz a lápiz, palabra a palabra. Muriel sintió cómo su cuerpo se invertía, cómo cada célula se daban la vuelta y mostraban su reverso: un lado hecho de promesas y sueños y otro de discontinuidad pura.

Al final, quedó sola una conciencia inerte, atrapada entre posibilidades infinitas. No había nave, ni espectrógrafo, ni tripulación. Sólo una presencia que se desmoronaba, una gota de conciencia fundiéndose en el océano terminal. Desde ese no-lugar, Muriel asistió impotente a la repetición del evento: otro espectrógrafo, otra tripulación, otro universo donde la humanidad se asoma al abismo y el abismo responde.

¿Qué hay en el vacío?, preguntó el último resto de Muriel. El vacío la contempló, insaciable, y respondió:

“Tú”.

Y luego nada.

Tal vez, penosamente, un chisporroteo de luz donde antes hubo pensamiento; un débil recordatorio de que el horror más puro no se esconde en la materia oscura, sino en el reflejo de la misma mente que la contempla. Y allá, en el reverso del vacío, una risa sin boca, interminable.

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