Portada del relato Materialización Hostil
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Fragmento:


Han orbitado Eumenides XIII durante veintitrés días y las pesadillas han evolucionado desde lo personal a lo colectivo. Al principio, sólo Rodríguez tartamudeaba una plegaria bajo su aliento; luego, Torrance comenzó a garabatear patrones simétricos en las paredes del módulo de descanso; después, la comandante Vinicius ordenó sellar la bahía de comunicaciones cuando, a las 0337 de la rotación 18, la consola comenzó a emitir pulsos sensoriales que ninguna mente educada por la biología debería comprender.

Duración: 07:35

Materialización Hostil
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Texto de ajuste de pausa.

El módulo de mando palpita como un monstruo mecánico en la penumbra líquida de los canales sensoriales. Los datos llegan, aunque ahora son mensajes fracturados, jirones de significado en cascadas insomnes. Walter Koening, supervisor de la expedición M-Ξ-7, se cuelga al cinturón de gravedad provisional y recorre el pasillo principal con paso seco, evitando mirar las cámaras de observación. El sudor se condensa sobre su clavícula, como si temiera ser visto incluso por el frío, inoperante ojo de la inteligencia artificial.

Han orbitado Eumenides XIII durante veintitrés días y las pesadillas han evolucionado desde lo personal a lo colectivo. Al principio, sólo Rodríguez tartamudeaba una plegaria bajo su aliento; luego, Torrance comenzó a garabatear patrones simétricos en las paredes del módulo de descanso; después, la comandante Vinicius ordenó sellar la bahía de comunicaciones cuando, a las 0337 de la rotación 18, la consola comenzó a emitir pulsos sensoriales que ninguna mente educada por la biología debería comprender.

Walter se detiene frente al blindaje de la bodega. Los paneles de reconocimiento se abren al tacto de su palma. El aire breve y estéril le azota la garganta. Dentro, iluminadas de forma espectral por las luces de emergencia, reposan las cinco cápsulas extraídas del fragmento helado de Eumenides XIII. Ninguno de sus compañeros durmió desde el hallazgo. Nadie lo hará mientras el cargamento permanezca a bordo.

El análisis de IA los llamó "estructuras de topología variable", pero ni siquiera las máquinas se explayaron. Las cápsulas no eran meteoritos, ni equipo alienígena, ni máquinas conocidas. En la superficie de Eumenides XIII, antes de desenterrarlas, la sonda de perforación las describió como “manifestaciones lineales de causalidad no local”. Torrance sugirió, entre risas entrecortadas, que era la manera elegante de decir “mierda imposible”.

Mientras Walter examina el contenedor cinco, el panel recibe una señal de bio-autenticación. Un calor recorre su nuca: no ha activado ese protocolo. Girando, apenas respira, ve por el rabillo del ojo que la escotilla de la bodega no ha sido manipulada, pero en su mente se graba una imagen: silueta sin contorno, y una superposición de geometrías que el ojo no puede apreciar. La ve sólo en la memoria, como una mancha que le queda después de mirar al sol.

Regresa al pasillo apresurando el paso hacia el núcleo de control. Torres, el ingeniero de ensamblaje, le espera allí, con la piel temblando como si el vector de la realidad fuera una presión invisible sobre el hueso. "Se están moviendo", dice sin preámbulo, y los nudillos blancos refuerzan la declaración: “Las cápsulas."

"Eso es imposible. No hay ningún mecanismo de propulsión —responde Walter, tratando de no mirar los monitores secundarios, donde los contornos de las cápsulas parecen alargarse y comprimirse apenas milimétricamente. Bastaría una vibración rutinaria del casco para inducir movimientos aparentes—. Confirma la telemetría."

"No lo comprendes", susurra Torres, "no se mueven como... objetos. Se están replegando dentro del espacio. O separándose de nosotros, pero sin cambiar de lugar."

Walter, a cada segundo, siente la presión interna en su cabeza: un eco que rebota dentro de la cuenca ocular, generando imágenes y paradojas, como si el acto de observar las cápsulas reorganizara el tiempo circundante. Niega con la cabeza, toma la tableta sensorial y se conecta a las cámaras de la bodega.

Por alejarse de sí mismo, se enfrenta al monitor. El feed visual parece una tormenta cuántica: los bordes de las cápsulas fluctúan, puntos saltones nacen y desaparecen, líneas fantasmales cruzan en ejes que desafían la geometría euclídea. Y entonces, el monitor se apaga.

El siguiente segundo es devorado por el silencio. Walter intenta restablecer los sistemas, pero un pensamiento ajeno se cuela entre sus conexiones neuronales. No recuerda haber tenido miedo de lo artificial, pero ahora entiende por qué la IA se ha replegado al modo seguro. Hay algo en las cápsulas que ni las cadenas logarítmicas de procesamiento desean computar.

Regresa a la bodega, con Torres detrás. No está seguro si vienen a asegurarse de que las cápsulas sigan ahí, o a verificar si sus propios cuerpos permanecen en el mismo plano de existencia que el módulo. La puerta se abre. Las cápsulas continúan en sus nichos, pero el aire está denso y húmedo. La escarcha se derrite en los bordes, aunque la temperatura ronda los menos cuarenta grados Celsius. Rodríguez y Vinicius ya están dentro, con la mirada clavada en los monitores de pared, como si esperaran instrucciones para un ritual que nunca les fue explicado.

"Nada cambió", miente Walter. Torres suda, aunque la escarcha comienza a cubrirle las cejas. Rodríguez sonríe, y en ese gesto, Walter reconoce la descomposición: los ojos son pozos secos, la comisura se estira demasiado, como si fuese un disfraz.

Vinicius se adelanta, tocando con los nudillos uno de los receptáculos. "¿Creen?" —pregunta, "¿que lo que hemos traído es real? ¿O sólo somos tú y yo, Torres, Rodríguez, Walter... sólo la proyección de algo mayor que nos sueña mientras sueña?"

Rodríguez asiente. Mira por sobre el hombro, la sala de bodega ahora parece más grande, su geometría menos confiable. Un zumbido penetra en la estancia, y por primera vez, las cápsulas reaccionan. No se abren. Se distienden y repliegan, su estructura cambiando como si fueran bolsas de piel llenas de relojes y ruinas.

"Están aprendiendo nuestras palabras", musita Torres, aferrándose al panel. La consola chisporrotea y la alarma de bioseguridad suena, pero ya no sirve de nada: el aire se acelera, una presión los aplasta contra el suelo. Walter no siente sus brazos, sólo pulsos de luz que giran sobre su retina, cambiando todo lo que sabe. Ve ciudades llenas de criaturas que no deberían caminar, ve océanos donde las olas gritan y la luna ha sido sustituida por un agujero palpitante de carne y vacío.

En el último momento de consciencia, comprende lo esencial: han traído algo que nunca fue materia, ni mensaje, ni tecnología. Algo que habita la estructura fundamental del vacío, creciendo fuera del tiempo, esperando ser pensado.

La estación se comprime alrededor de las cápsulas. Rodríguez se arrodilla, riendo como si hubiera entendido la broma cruel de los dioses. Vinicius recita una letanía en un idioma que nadie reconocería. Torres se pliega sobre sí mismo, la mandíbula desencajada, escupiendo saliva luminiscente que cambia su color con cada consonante.

Walter siente su cráneo abriéndose como una flor. La estación vibra mientras las cápsulas eclosionan. La realidad se curva: los espacios se intercambian; el adentro y el afuera ya no significan nada. Una nueva lógica toma el control y Walter, último vestigio de razón humana, se da cuenta de su insignificancia absoluta. No son observadores; son alimento, son lenguaje, son superficie sobre la cual deslizarse.

En los restos deformes del módulo, nuevas cápsulas esperan, descansando sobre lo que fueron huesos humanos, esperando que algo más—lejano, curioso, hambriento de experiencia—cruce la línea, toque el abismo, y permita que la realidad, una vez más, sea hollada por la entidad en la cápsula.

La transmisión automática de la estación, drenada por la señal de socorro, gira en bucles y ecos en la red interestelar, una advertencia sin palabras, un pulso incompleto que ni siquiera la inteligencia artificial más avanzada se atreverá jamás a decodificar.

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