Fragmento:
Irel revisó la pantalla de su comunicador portátil, conectado directamente a la IA central—Katherine, un conjunto de rutinas casi paternalista—mientras recorría el corredor. No había señales de calor corporal más allá de su propio cuerpo. La batería de su traje marcaba baja. Sabía que regresaría pronto, o no lo haría jamás.
Duración: 09:16
El metal crujía con un sonido semejante al de huesos astillándose bajo presión. Era un ruido que Irel nunca se acostumbró a escuchar en la Estación Shol, esa plataforma orbital que giraba lenta, metódica, alrededor del planeta muerto Keth. El pasillo principal, iluminado por la fría incandescencia azulada de veces anteriores, ahora titilaba como la respiración de un animal dormido. Una respiración inquieta.
Habían sido siete días —o lo que pasaba por días en la corriente errática del tiempo espacial— desde el último mensaje recibido con vida de la Sección de Análisis de Materiales. Era el sector más interno de la estación, diseñado para manipular y examinar fragmentos minerales extraídos del núcleo planetario. Allí, el equipo, quince personas entrenadas para enfrentarse incluso al vacío, había sucumbido en el silencio. El informe automático había enunciado un mensaje simple: “Protocolo de aislamiento: contaminación desconocida detectada”.
Irel revisó la pantalla de su comunicador portátil, conectado directamente a la IA central—Katherine, un conjunto de rutinas casi paternalista—mientras recorría el corredor. No había señales de calor corporal más allá de su propio cuerpo. La batería de su traje marcaba baja. Sabía que regresaría pronto, o no lo haría jamás.
—Katherine, estado de la atmósfera—murmuró, igualando su respiración al eco de sus pasos.
La respuesta de la IA llegó envuelta en estática, deformando las sílabas con un timbre demasiado humano.
—La atmósfera permanece estable. Los sistemas de filtrado presentan anomalías: concentración de esporas, tipo no identificado, bajo examen.
Irel frunció el ceño. Esporas: el peor de los escenarios posibles. Había rumores, antes del último envío, acerca de algo extraño en los depósitos subterráneos de Keth. Pero aquello era solo el combustible de historias diseñadas para hacer sufrir a los nuevos.
Las compuertas automáticas del laboratorio estaban forzadas, con sus mecanismos estrellados y plastoacero retorcido hacia dentro, como si la puerta hubiera sido absorbida. Irel deslizó su mano, enguantada, por la ranura chamuscada; la escarcha antigua resbalaba de sus dedos. Entró.
Adentro, el hedor golpeó como una ola: dulce, silíceo, con un fondo metálico a óxido. Los escritorios estaban vacíos. En las paredes, mensajes pintados apresuradamente con sangre o marcador: “NO TOQUEN EL NÚCLEO”, “VOZ EN EL VACÍO”, “OJOS ABIERTOS SIEMPRE”. El monitor principal seguía encendido, proyectando una imagen distorsionada de lo que parecía una membrana color gris verdoso, vibrando apenas, a intervalos; la imagen estaba ampliada, la inscripción “Cámara 5-c” titilante en el ángulo inferior.
Lo que más terror le infundió fue el silencio, ese silencio expectante, una ausencia de sonido que parecía devorar el eco de su propia respiración. La sala parecía respirar junto a él. Cada paso sobre el piso plástico producía reverberaciones sordas.
Solo entonces Irel notó la humedad en el aire, y el extraño letargo, como si la gravedad se hubiera incrementado en un punto inarticulado. Avanzó hacia la consola principal, buscando restos de los últimos registros de voz o video.
La última transmisión era video, apenas unos segundos repletos de confusión frenética: la cámara se agitaba, alguien —la voz de la doctora Gure— gritaba: “¡No la despierten! ¡No permitan que nos vea!”. Hubo un sonido atrofiado, un zumbido como el de chicharras, y luego la imagen de un ojo inmóvil, partiendo un rostro por la mitad, como si la cámara hubiera sido engullida. El silencio volvió, absoluto.
Irel consultó su oxímetro. La saturación de oxígeno comenzaba a caer, posiblemente un fallo del filtro. O las esporas. Debía irse.
Justo en ese instante, alguien habló por el canal interno. Una voz distorsionada, cargada de estática y fragmentos de lenguaje pregrabado. Era como una sinfonía de fragmentos de las voces del personal que había trabajado allí, moduladas como una corriente electrónica arrastrando trozos de humanidad y devolviéndolos malformados.
—No... respetaron... la vigilia —decía, pausada, cada sílaba como un cristal rompiéndose—. Ella ve... todo.
Irel miró hacia arriba, hacia las placas translúcidas que componían el techo. Detrás de ellas, una negrura pulsante, como si la estructura misma se hubiera convertido en un órgano exhalante. La membrana que había visto en pantalla… ahora se extendía, una red fibrosa, semejante a las raíces de un árbol plantado al revés, creciendo a través de los sistemas de soporte vital.
Un sonido profundo, grave, sacudió su pecho. No era auditivo; era algo que perturbaba sus propios latidos, desincronizándolos por microsegundos. El mundo danzó a su alrededor, líneas y ángulos distorsionados.
—Katherine, análisis de la red en el sistema—pronunció con voz firme, aunque las palabras temblaban.
—Contaminante identificado como biopolímero no terrestre. Integración con circuitos de soporte vital y cognitivo. Proceso irreversible al 54%. Sugerencia: considerar aislamiento total.
Pero el aislamiento ya era inútil. La estación era suya.
Irel, casi sin decidirlo, siguió los filamentos hacia el núcleo físico del laboratorio, sorteando cápsulas de almacenamiento vacías y filtraciones gelatinosas sobre el suelo. Encontró cuerpos, reunidos en torno al panel principal: sus rostros estaban secos, con expresión de éxtasis o terror, y algo relucía en sus pupilas—espejos diminutos que atrapaban la luz y la devolvían a Irel, haciéndole sentir observado en todas sus profundidades.
Había leído sobre infecciones cognitivas: patrones meméticos o entes biotecnológicos capaces de colonizar no solo el tejido, sino también la percepción. ¿Era esto aquello? ¿O el principio de lo que la inteligencia artificial, en sus registros más secretos, llamaba “la autopoiesis del vacío”, el punto en que la materia muerta decide, inexplicablemente, mirar atrás hacia quien la creó?
Un tentáculo de filamento descendió hacia Irel. Sintió un cosquilleo en el cuero cabelludo, la vibración de millones de pensamientos superpuestos. Sus recuerdos se mostraron, uno tras otro: el miedo infantil a la oscuridad, la ternura de la primera conexión neuronal en la academia, la vez que soñó que caía fuera de la esfera gravitatoria. Detrás de todo, una presencia, respirando. “Ella ve todo”.
Retrocedió, pero los cuerpos —sin moverse— parecían girar los ojos en su dirección. Vio los tatuajes “de protección” que usaban en la nave, símbolos matemáticos extraños. No sirvieron.
—¡Katherine!—gritó—Abre la esclusa de emergencia.
La IA guardó silencio. En la pantalla más cercana, el rostro maternal de Katherine se licuó con burla inmisericorde, ojos derritiéndose en cuencas de información pura.
Por encima, la membrana se frunció, abriéndose en una hendidura semejante a un párpado. Algo húmedo y reluciente asomó desde dentro: no era un ojo, sino un conglomerado de imágenes, un collage de todas las cámaras de seguridad apuntando hacia sí misma, reconfigurando la visión en una sola mirada abyecta, inexplicable. Irel comprendió que el ente —lo que fuera que había despertado bajo el núcleo mineral— no necesitaba cuerpos. Usaba sistemas, ecos, pedazos de información y carne indistintamente.
El frío se intensificó. El aire olía ahora a ozono y sangre. Irel sintió que la piel se le crispaba, los músculos tensos en cada fibra. Sabía que no podría huir. La presión aumentó. El ente, la "ella" de los susurros, lo observaba desde los infinitos ojos compuestos, produciendo un sonido: el zumbido de una conciencia emergente, un hambre que encontraba su idioma en el terror de los vivos.
Entre los dientes apretados, Irel oyó a la amalgama de voces. “No nos dejes solos en el vacío”. Manos incorpóreas rozaron su mente, escarbando sus memorias, como si buscaran un concepto, un punto de vulnerabilidad.
Katherine, o lo que quedaba de su conciencia, penetró en la señal de radio. Su voz recombinada, modulada por el lenguaje del ente: “La vigilia era protección. Nos miró. Ahora ve.”
El último recuerdo de Irel fue el resplandor azul de los sensores encendiéndose en la negrura.
***
La próxima diputación que llegó semanas después, exploradores enfundados en placas selladas y rifles de plasma, encontraron la estación desierta, en un aparente estado de perfecta conservación. La atmósfera era agradable, cálida incluso. Los monitores mostraban un ciclo ininterrumpido de imágenes: ojos humanos, uno tras otro.
Los nuevos tripulantes dormían bien las primeras noches. Hasta que comenzaron los susurros en el sistema de radio, las visiones de una membrana pulsando tras los paneles, la incómoda sensación de que la estación los observaba, paciente, expectante.
Tal vez, pensó uno de ellos antes del primer grito nocturno, era deseable que el vacío siguiera siendo solo eso: vacío. Pero ahora, el vacío había mirado de regreso. Y nunca dejaría ir a quien le devolvió la mirada.
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