Portada del relato La máquina que devora los días
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Fragmento:


"Es como si estuviera explorando", susurró. “¿Qué… qué es?”

Duración: 07:17

La máquina que devora los días
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando Julia vio cómo se arqueaba la puerta de la esclusa, supo que la estación ya no era un refugio. El metal cedía con un gemido agudo, como una nota sostenida por un instrumento antinatural. Fue el grito lo que la heló: humano, pero compuesto, resonante, casi como si la propia estructura lo imitara. Más tarde, cuando intentara describirlo, la llamarían histérica, una superviviente trastornada por el encierro y la penumbra. Ella sabría, sin embargo, que ese fue el momento en que entró.

La Polus IX era una estación de investigación en el flanco más desolado de la órbita lunar. Construida para soportar el vacío, para alcanzar partículas y examinar anomalías en la materia oscura, pero nadie contempló que tuviera que resistir a lo que Julia y su equipo habían encontrado en el experimento "EMISARIO".

Había algo en el espacio profundo, algo que existía en la simetría rota entre dos momentos. Al principio fueron solo datos: picos en las lecturas, patrones imposibles de radiación. El proyecto había sido fundado por un consorcio de universidades privadas y entusiastas de la física con bolsillos profundos. Se murmuraba sobre avances revolucionarios, pero la verdad era más simple: buscar partículas de materia oscura exótica mediante experimentos de entrelazamiento cuántico.

Julia era una técnico senior, acostumbrada a soñar con cálculos sin sentido, revisando filtros con la rutina de quien limpia los restos tras una fiesta ajena. Pero el día anterior a la incursión, las cámaras de la bahía clónica dejaron de transmitir. El laboratorio de fenómeno exótico (LFEX) empezó a recibir señales residuales. No era una avería: el análisis espectral mostraba ángulos imposibles, como si la fuente estuviera moviéndose hacia dentro y hacia fuera del espacio "real". No existía una matemática satisfactoria para describirlo.

El equipo lo llamó El Vacío por lo que prometía, pero pronto, los nombres cambiaron mientras los cadáveres del significado se acumulaban.

La estación estaba en su protocolo nocturno cuando sonaron las alarmas. Julia corrió descalza sobre el suelo de goma, pasando junto a la ventana panorámica: la deriva de las estrellas fue reemplazada por una mancha que absorbía el color, una grieta oscura que ondulaba donde debería haber vacío absoluto. Durante un segundo, Julia tuvo la certeza de que lo que veía no era espacio, sino la pupila de un ojo inmenso, húmedo y expectante. Parpadeó y el horror quedó reducido a geometría.

En el puente de mando, estaban el comandante Harris y Singh, el físico jefe. La consola desplegaba volutas de gráfico, picos, caídas, una danza de datos. “¡Algo ha atravesado las compuertas—!” gritó Singh. Harris apenas podía articular palabra; mantenía un ojo clavado en los monitores, donde la mancha negra avanzaba lentamente por el corredor sur.

"Es como si estuviera explorando", susurró. “¿Qué… qué es?”

Julia estuvo a punto de decir "Nada", pero negó con la cabeza. No era nada. El Vacío era una presencia, palpable, acechante. Ya había oído hablar a los teóricos de la cosmogénesis de campos cuánticos: universos “burbuja” que colisionan. Pero este era distinto. Esto era un invitado hostil.

El equipo de seguridad intentó bloquear la sección. Las compuertas cerraron con estrépito. Por un instante, una de las cámaras captó movimiento cerca de la compuerta G. La imagen era granular. En un frame, la silueta de Stanick, el ingeniero, flotaba desorientado; en otro, estaba de rodillas, sus huesos proyectando sombras extrañas. Los píxeles destellaron; Stanick se desvaneció. Solo quedó la mancha negra deslizándose en su lugar.

Las horas siguientes se convirtieron en un sudoku de horror. Julia y Harris dividieron a la tripulación en células aisladas para evitar propagación de lo que fuera que era "eso". Singh estableció un perímetro teórico: “No es físico en el sentido clásico. Es un lugar, o tal vez un vínculo. No deja rastros salvo… ausencia”.

En las noches, Julia escuchaba voces, susurros en los respiraderos. A veces eran niños pidiendo ayuda, a veces era Julia misma, pero multiplicada, repitiendo errores olvidados. El Vacío se colaba en las mentes, invadiendo sueños, proyectando recuerdos distorsionados.

Rápidamente se quedó sin compañía. Primero Singh dejó de comunicarse. Luego, las radios solo recibieron un chasquido sordo y, después, el inconfundible arrullo de la voz de su madre, muerta décadas atrás. Harris se pegó un tiro una noche, después de escribir con sangre “No es el espacio; es el error” en el monitor de mando. Julia apenas lo lloró: supo que no era él quien tomó esa decisión.

Solo quedaba ella, aferrada al protocolo y a los restos de cordura que podía reunir. El Vacío capturó su atención completamente. No podía dejar de mirar cómo se movía, cómo exploraba, cómo la imitaba, repitiendo gestos, sonriendo sin boca a través de las cámaras. Descubrió que leía sus pensamientos, grababa sus deseos y defectos y los proyectaba en los monitores, como si esperara aprobación o temor.

Día tras día —o lo que pasaba por días: perdía el sentido del tiempo—, Julia observó la evolución de esa cosa. A veces aparecían huellas dactilares de antiguos compañeros, escupidas sobre puertas metálicas, pero todos eran huecos, como moldes abandonados. El Vacío, comprendió, no mataba: deshacía.

—Ven—susurró una voz en la esclusa, la voz de Stanick, o de Singh, o de Julia misma—Ven conmigo.

La última noche, Julia decidió mandar un mensaje a la Tierra, aunque sabía que probablemente no llegaría jamás. El Vacío absorbía comunicaciones, las reconfiguraba y devolvía ecos ininteligibles. Utilizó el software antiguo: código Morse. “NO TRASPASAR EL UMBRAL. HAY UNA MENTE EN EL VACÍO.”

La compuerta retumbó, arqueándose con lentitud, igual que al inicio. Julia se puso su traje espacial, encendió la linterna, y aguardó. La sombra se deslizó suavemente, proyectando imágenes intermitentes: su infancia, un hijo no nacido, un terror sin nombre. Ella apretó los puños, y esta vez no huyó. Salió de la estación, dirigiéndose hacia las plataformas exteriores.

No vio estrellas. Vio la simetría perfecta del terror: una ausencia inteligible que lo anhelaba todo, como un agujero en la mente. El Vacío la rodeó, y Julia comprendió, justo antes de desaparecer: no era un monstruo ni un visitante. Era el eco de las partículas imposibles, la hambruna de lógica de un universo que respira y olvida. Un error de cálculo escondido por milenios, esperando pacientes ojos humanos.

En la estación silenciosa, los monitores continuaron encendidos. El Vacío pululó en los corredores, adoptando cada vez mejor las formas humanas, perfeccionando su imitación, deletreando nombres que ninguna lengua recordaba.

En la Tierra, los técnicos recibieron una señal deprimentemente corta: “Nada regresa. Todo es reflejo”.

En algún lugar entre las estrellas, el viaje continúa — hacia dentro, hacia el error fundamental, hacia un encuentro final con el Vacío hambriento que se disfraza de nosotros mismos.

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