Portada del relato Cuerpos de Lluvia
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Fragmento:


La soledad tiene forma de laboratorio cuando la noche apaga todo vestigio de humanidad, salvo el insistente resplandor verde de las cápsulas donde los cuerpos duermen. Más allá de la bóveda de mi pequeño mundo, la ciudad respira hondo en la superficie, inconsciente de las fracturas que edifican los cimientos de nuestra especie. Soy la doctora Aurora Licht, fundadora de la División Andrógena. En mi silencio, he presenciado la repetición de la vida, la creación de biografías prefabricadas y el naufragio de la identidad que ningún progreso técnico supo anticipar.

Duración: 08:29

Cuerpos de Lluvia
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Texto de ajuste de pausa.

La soledad tiene forma de laboratorio cuando la noche apaga todo vestigio de humanidad, salvo el insistente resplandor verde de las cápsulas donde los cuerpos duermen. Más allá de la bóveda de mi pequeño mundo, la ciudad respira hondo en la superficie, inconsciente de las fracturas que edifican los cimientos de nuestra especie. Soy la doctora Aurora Licht, fundadora de la División Andrógena. En mi silencio, he presenciado la repetición de la vida, la creación de biografías prefabricadas y el naufragio de la identidad que ningún progreso técnico supo anticipar.

Empiezo cada jornada verificando datos en las pantallas; el zumbido del aire acondicionado se funde con el suave pulso de los latidos electrónicos. Seiscientas setenta y tres réplicas humanas reposan bajo la piel cristalina de sus cápsulas, desde niñas a hombres en la cúspide de su adultez. La carne se repite; los detalles fluctúan. Un pliegue más en el labio, una lunares distintos, la intensidad turbia o límpida de los ojos. Solo eso los distingue.

Esta noche experimento una ansiedad particular. El ciclo ha concluido y debo seleccionar cuál de los cuerpos será activado, incorporado a la vida y enviado a reemplazar a su original, ese Victor Hayden cuyas células estaban ya condenadas por la enfermedad. El dossier lo resume con frialdad clínica: Hayden, colaborador principal de la Cámara de Gobernadores, eminencia en derecho biotecnológico, amante fugaz, enemigo silente. ¿Tiene sentido todo esto? Lo formulo una y otra vez.

Paso por la hilera de tanques. Hayden 12 abre los ojos por primera vez. En ellos no hay asombro, sino una espera sorda, como si incluso en la ignorancia su interior supiera que fue soñado para fracasar. Le inyecto un líquido iridiscente en la yugular; su mente vibrará en un parpadeo: la transferencia de memorias del original. No es verdadero recuerdo—no podría serlo nunca—sino una aproximación, una estructura de datos que simula emociones y experiencia.

—¿Dónde estoy? —pregunta apenas con voz.

—En casa, Victor. Han pasado dos días desde la operación —respondo, usando la mentira más piadosa; la que nos concede la piedad de la costumbre.

No tarda en observar sus manos, palpar su rostro, cada parte reconstruida con precisión enfermiza. El pasado de Hayden 12 existe apenas por segundos; lo guía como un perro manso, una narrativa inscrita para ser creída. Le hablo de su esposa, de sus hijas, del eco de conversaciones que nunca tuvo verdaderamente.

Las réplicas funcionan mejor cuanto menos se les deja reflexionar sobre su nacimiento. Los fallos se producen cuando intentan delimitar la línea entre génesis y continuidad. He visto clones perder la razón a las pocas horas, otros cambiar de personalidad, asumir roles inofensivos como niños, algunos simplemente apagarse, hundiéndose en un letargo sin retorno.

Hayden 12, sin embargo, parece estable. Pero algo en sus ojos delata, creo, la sospecha. Se aferra a mi brazo con excesiva fuerza cuando lo llevo al sector de vestimenta. Siento, extrañamente, la ternura de quien observa a un ser por primera vez, y también la culpa, esa antigua compañera. Me pregunto si los antiguos, al crear sus historias sobre Prometeo y los titanes, sentían la misma punzada.

De camino al despacho donde Hayden 12 completará los formularios de reintegración social, tropiezo con Müller, mi ayudante.

—¿Te parece esta vez más... humano? —susurra, mirando a Hayden.

—Aún no lo sabemos —le respondo, con el tono cansado de quien teme la respuesta.

El protocolo exige una revisión psíquica antes del alta definitiva. Hayden 12 observa la sala blanca, los instrumentos dispuestos sobre la mesa. Quizás adivina la farsa, o quizás no; los clones rara vez preguntan mucho. Cuando le coloco los electrodos, sus pupilas se contraen levemente.

El programa de monitoreo arroja patrones electroencefalográficos normales. Sin embargo, una fluctuación mínima en el hemisferio derecho me pone en alerta. Las cifras bailan. ¿Una señal de autoconciencia tal vez? Si los clones empiezan a dudar, la estabilidad de la sustitución colapsa. Es aquí donde lo ético y lo funcional colisionan, y yo, jugando a diosa, no sé en cuál lado caer.

Horas después, Hayden 12 está listo. Sale del laboratorio, confundido por la lluvia que golpea la ciudad lumínica. Lo sigue un oficial del Departamento de Ajuste. Nadie notará la transición. Nadie preguntará por el antiguo Hayden, cuyo cuerpo alimenta ahora los digestores automáticos. Salvo, quizás, yo. O el propio Hayden 12, si alguna vez las preguntas lo invaden con la ferocidad del relámpago.

Quedo a solas, repasando los rostros en las cápsulas. Cada rostro es un espejo. Recuerdo la primera vez que un clon expresó terror genuino. Yo era joven y creía que la ciencia podía guiar a la moral. Él solo preguntó: "¿Seré destruido?". Nunca supe qué responder. Con los años aprendí a decir lo que tranquiliza, pero no lo cierto.

Días después, una videollamada interrumpe mi rutina. Es la esposa de Hayden.

—Está... diferente —confiesa ella, voz temblorosa—. Me pregunta detalles de nuestra vida que debería saber. Anoche, en la oscuridad, lo vi estudiando las líneas de sus dedos, como si buscara un mapa que no encuentra.

Trato de calmarla con fórmulas suaves. Las sustituciones se pulen con el uso, miento. Pero yo también tengo miedo. ¿Y si el procedimiento despierta más preguntas que certezas? ¿Es Hayden 12 el dueño de su vida o una simple marioneta de nuestros deseos?

Por la noche, el propio Hayden 12 me envía un mensaje. Un renglón:

LAS VOCES NO SE CALLAN

¿A qué voces se refiere? El procedimiento no contempla desdoblamientos mentales o ecos cognitivos. Sin embargo, varios casos en los archivos mencionan episodios similares: una polifonía interna, una multitud tejiendo recuerdos contradictorios. ¿Podría ser que las experiencias clonadas generen "ruido", un eco psicológico imposible de borrar?

Decido llamarlo. Su rostro aparece en la pantalla, pálido e inquieto.

—Siento... —titubea, voz múltiple, a veces aguda, luego grave, como si el canal estuviera intervenido por varias conciencias sobreimpuestas—. Siento que hay gente en mí. Fragmentos. Caminan en mis sueños.

Apenas alcanzo a preguntar, la llamada se corta. El protocolo estipula un reintegro inmediato. Salgo casi corriendo del laboratorio; la ciudad parece más oscura de lo habitual. Cuando llego al apartamento de Hayden, lo hallo de pie en el balcón, a punto de saltar.

—Victor, espera. Por favor.

Gira. La expresión es la de alguien que acaba de comprender el horror de su propio laberinto.

—Doctora Licht. Dígame... ¿alguna vez fue usted clon? ¿Acaso todo esto no es una cadena interminable de copias olvidadas?

Me acerco lentamente. En su mirada hay súplica y condena a la vez.

—No lo sé, Victor —digo, y por primera vez siento que mi voz también vacila—. Quizá todos lo somos.

Lo convenzo de bajar. Pasamos la noche conversando; se aferra, desesperado, a mis palabras. Pero sé que no basta. Las grietas de su identidad son profundas. Los días siguientes, las crisis aumentan. Un amanecer, la esposa de Hayden despierta y encuentra la cama vacía. En el laboratorio, una alerta roja. El cuerpo de Hayden 12 yace flotando en una de las cápsulas, los sensores apagados. Su última nota es apenas un susurro en la pantalla: “No somos nadie. No fuimos nunca nadie”.

La noticia me destroza, pero no hay tiempo para luto. En la sala contigua, Hayden 13 parpadea, esperando su turno. Al otro lado del cristal, mi reflejo me observa también. Por un instante, me pregunto si yo también despertaré un día, con la nítida certeza de ser solo una copia más, una sombra repetida que nadie se molestó en recordar.

La humanidad, comprendo al fin, no está en la memoria ni en la carne, sino en el naufragio y el miedo, en esa grieta por la que se cuela la única chispa auténtica de nuestro ser: la duda. Así, acepto el ciclo y pulso el botón de activación. El mundo sigue, inmutable, pero en cada clon queda la semilla de un monstruo que hablamos de olvidar, aunque nunca fuese solo una creación de carne y código, sino de soledad esencial.

Quizá, algún día, los propios clones decidirán cuál de todos fue humano primero. O tal vez eso, como todo aquí abajo, no importe.

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