Portada del relato El hombre de los mil rostros
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Fragmento:


Por la ventana, la ciudad parecía una maqueta helada, inmutable —ajena a la multiplicación secreta de identidades que ocurría bajo sus cimientos. En ese mundo helado, Gregorio y Greg se refugiaron en un pequeño apartamento durante la primera semana, llenando las horas con conversaciones que apenas rascaban la superficie de su desconcierto. Había preguntas inevitables:

Duración: 08:48

El hombre de los mil rostros
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Texto de ajuste de pausa.

Al otro lado del cristal, Gregorio vio su propia cara, aunque no era exactamente la misma. Era la tercera vez esa semana que se encontraba con una copia de sí mismo, desnuda y temblorosa, saliendo del mismo laboratorio clandestino al que él había accedido, al principio, sólo por curiosidad científica y, luego, por una necesidad existencialista de algo que no entendía ni sabía nombrar. La sala olía a desinfectantes fuertes, mezclados con una huella de miedo que nunca abandonaba el aire. El reflejo movió los labios, como ensayando una palabra, hasta que, con la voz rota de un niño que aprende a hablar, dijo:

—¿Eres tú quien me ha traído al mundo?

Gregorio trató de responder pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Ya no tenía respuestas para ninguna de sus propias versiones. Cuando comenzaron los experimentos de clonación en la Universidad de Ginebra, Gregorio estaba seguro de haberlo hecho por el avance de la ciencia, por la gloria de ver traspasados los límites de la biología. “El hombre y su espejo genético,” había declarado, sonriendo ante la prensa internacional, su bata de laboratorio blanca como una hostia consagrada. “Pronto resolveremos los enigmas del Alzheimer, las enfermedades hereditarias… la muerte misma será sólo un mal recuerdo”.

Pero nadie le advirtió acerca del brillo espectral en los ojos de los nuevos Gregorios, ni del silencio tormentoso que los envolvía. Nadie dice nunca que, de los grandes avances, suelen nacer también los mayores horrores. Esa noche, cuando la ciudad dormía y la nieve caía como cenizas frías del cielo de invierno, Gregorio sintió que caminaba entre tumbas abiertas: aquellas que cavamos para nuestras peores decisiones.

—Contéstame —insistió el clon, y Gregorio no quedó más remedio que asentir con la cabeza, mirar de frente la pregunta que generaciones habían evitado: ¿Qué nos hace ser “yo”?

—Sí, fui yo —susurró—. ¿Tienes nombre?

La copia ladeó la cabeza como un perro curioso.

—Dímelo tú —contestó. Aquello era parte del protocolo, lo habían diseñado así para fortalecer el apego genético. Gregorio seguía el procedimiento casi como una rutina religiosa.

—Te llamaré Greg —por no complicarse, pensó.

El clon sonrió, con el mismo rictus tímido que él recordaba de sí mismo a los catorce años, la época en que todavía creía que la vida era un camino recto. Ahora, sin embargo, se notaba la torsión: los gestos de Greg estaban impregnados de escepticismo, de una súplica sorda de sentido.

Gregorio guió al clon hacia los vestuarios, observando el temblor de los músculos bajo la luz artificial; era difícil no reconocerse, no recordarse frágil, recién nacido, la piel en carne viva ante cada estímulo. Le prestó ropa, comida, paciencia, pero ninguna de esas cosas llenaba el hueco insondable que había en la mirada del otro.

Por la ventana, la ciudad parecía una maqueta helada, inmutable —ajena a la multiplicación secreta de identidades que ocurría bajo sus cimientos. En ese mundo helado, Gregorio y Greg se refugiaron en un pequeño apartamento durante la primera semana, llenando las horas con conversaciones que apenas rascaban la superficie de su desconcierto. Había preguntas inevitables:

—¿Por qué yo? —preguntó Greg una noche, mientras la televisión zumbaba noticias absurdas de presidentes caídos y realidades virtuales.

—Eres el mejor espécimen. Fuerte, inteligente —dijo Gregorio retóricamente, como si el cumplido bastara para borrar el destino de pieza de laboratorio.

—¿Tengo recuerdos falsos?

—Algunos. Son necesarios para... evitar el colapso.

—¿Y mis deseos? ¿Mis miedos?

—Tal vez los compartamos —murmuró Gregorio.

—¿Eso me hace menos humano?

El silencio se volvió espeso, pegajoso. Era la pregunta esencial. Cada clon era una hoja arrancada de un árbol genético, pero, ¿cuando la hoja se mira y se pregunta por su sentido, quién debe responderle?

En sueños, Gregorio veía multitud de sí mismo reunidos alrededor de una mesa interminable, comen juntos, ríen juntos, se odian juntos. Despierta con sudores fríos y el eco de una decisión latente, la sensación de que sólo puede haber un “yo” por turno, que la multiplicidad no soporta la convivencia a largo plazo.

El octavo día, Greg desaparece del apartamento. Gregorio comienza a buscarlo entre los pasillos del laboratorio, preguntando discretamente a los técnicos, revisando los archivos. No lo encuentra. Sobre su cama encuentra una nota, garabateada en su propia letra: “Si cada hoja debe amar a su árbol, ¿dónde queda la raíz?”

Los días se suceden: una semana, un mes, luego dos. Otros experimentos, otros clones: algunos más dóciles, otros violentos, otros arraigados a un mutismo que hiela la sangre. Gregorio envejece aceleradamente mientras sus copias florecen y se marchitan a velocidad arbitraria. Al tercer mes, el laboratorio suspende las duplicaciones: han detectado fallas en la “cadena de recuerdos instalados”; hay episodios de violencia, de locura, de pánico existencial en serie.

El sistema decide: lo que no puede controlarse debe eliminarse. Así comienza la purga. Gregorio se ve obligado a despedirse de sus otras copias. Los conduce al sótano, uno a uno, como perros prematuros llevados al veterinario. Algunos suplican, otros lo insultan, otros sólo lo miran con resignación, ojos de animal acorralado. Gregorio siente cómo se descompone por dentro: ¿cuánto de sí mismo está matando en cada eliminación? ¿Quién decidirá cuándo él mismo será descartado?

Una noche de esas, después de una de las ejecuciones, encuentra a Greg, escondido en una de las cámaras de frío. Está más delgado, ojeroso, pero sus ojos arden con una determinación nueva, distinta.

—¿Vas a eliminarme también a mí? —pregunta, voz de filo.

Gregorio niega con la cabeza, aunque duda si miente.

—Quiero comprender, Greg. Quiero saber por qué sigues aquí.

El clon se encoge de hombros.

—Tal vez la raíz soy yo.

Gregorio piensa en la nota, en la raíz, en el árbol mutilado de su ego.

Esa noche deciden huir juntos. Salen por la puerta de incendios, cubiertos apenas con abrigos y el miedo. Caminan por calles desiertas, perseguidos por sombras de sí mismos. El mundo fuera del laboratorio es frío, hostil. Sin documentos ni explicaciones, les queda sólo la huida circular, el anonimato. Se refugian en la parte vieja del suburbio, donde nadie pregunta y los rostros se olvidan rápido.

Durante un tiempo, Gregorio y Greg comparten una existencia precaria. El original comienza a ceder espacio al duplo. El clon desarrolla habilidades que su creador nunca había tenido: cocina recetas de su madre, construye pequeños artefactos con materiales recogidos de la basura, cuida gatos callejeros, canta canciones de infancia inventadas que Gregorio no recuerda haber aprendido. Es, en ocasiones, mejor que el original.

Hasta que un día, una revisión médica fortuita. Gregorio tose sangre. El diagnóstico es claro: su cuerpo se deshace, víctima de la misma obsolescencia programada que diseñaron, irónicamente, para los clones. Ya no hay laboratorios que quieran experimentos fallidos; todo los rastros de la “Operación Dopplegänger” han sido barridos y enterrados bajo la nieve.

Greg se acurruca junto a Gregorio, lo cuida con la dedicación de un hijo hacia su padre, o de un lobo a su manada. Gregorio, al borde de la muerte, piensa si acaso el secreto de la clonación no reside en el milagro biológico, sino en esa transferencia de humanidad: no genes, sino recuerdos, sentimientos, ese instinto ancestral de cuidar, amar, proteger. Tal vez, después de todo, el árbol crece cuando cada hoja acepta ser raíz.

La última noche, Gregorio le pide a Greg que tome su lugar, su nombre, su historia.

—No permitas que el olvido me borronee, Greg. Habla de nosotros. No como monstruos, no como errores. Di que fuimos humanos, aunque sea sólo en el último instante.

Cuando Gregorio muere, Greg toma sus cosas, asume su cara y sus gestos, su acento y su apellido. Sale al mundo como un hombre nuevo, aunque lleve consigo la vieja sombra del otro. Al pasar por un escaparate, ve su reflejo: por primera vez, sonríe, y siente que debajo de esa sonrisa vive, por fin, algo propio.

La noche cae lenta sobre la ciudad. En alguna parte, otros clones huyen, otros originales tiemblan en la oscuridad. Pero ahí, en la intersección de memoria y deseo, Greg camina, decidido a escribir su propio relato.

Y si algún día una joven científica pregunta quién fue Gregorio, él contestará: “Fui yo. Fui muchos. Pero, sobre todo, fui yo mismo. Y eso, tal vez, sea lo único que me salva.”

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