Portada del relato Origen: Duplicados de la Medianoche
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Fragmento:


Se vistió. Salió. Y a mitad de camino, mientras recorría la ciudad bajo la lluvia pertinaz que siempre parecía advertir mala fortuna, supo que no lograría huir de sí misma, ni de la historia que su piel cargaba.

Duración: 08:38

Origen: Duplicados de la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

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La llamada llegó a las tres de la mañana, apenas un susurro a través del auricular, como si la voz que hablaba al otro extremo estuviese demasiado cansada para pelear contra la noche. "Helena, necesitamos que vengas. Es urgente." No reconoció el número, pero reconoció la urgencia, y el modo en que alguien puede colgar antes de que tengas tiempo de preguntar: "¿Cómo encontraste este número? ¿Quién eres? ¿Estás seguro de que buscas a Helena Alvarez y no a otra mujer con el mismo nombre?"

Aunque esa última pregunta era ridícula. Porque ya nadie se llama Helena Alvarez. No después del escándalo.

La habitación en la que Helena se encontraba era pequeña, casi monástica: cama individual, escritorio, el portátil abierto con páginas de investigación a medio leer, y una botella de vino tinto olvidada junto al radiador. La idea era simple: pasar desapercibida, evitar Internet, y aceptar los trabajos de interpretación genética ocasionales que aún surgían de hospitales demasiado pequeños para que sus directivos la reconocieran.

No dudó demasiado. Sabía perfecto lo que había hecho y por qué se ocultaba, así como sabía que la gente que la contactaba así, en la madrugada, solía estar más asustada que peligrosa. Sólo vaciló ante el espejo, preguntándose si su cara podía delatarla aún, si sus ojos tenían la misma intensidad que la de antes, o si el paso del tiempo—y de las decisiones—había comenzado a borrar las líneas y los nombres de su rostro.

Se vistió. Salió. Y a mitad de camino, mientras recorría la ciudad bajo la lluvia pertinaz que siempre parecía advertir mala fortuna, supo que no lograría huir de sí misma, ni de la historia que su piel cargaba.

***

El laboratorio estaba donde siempre colocan los laboratorios secretos: un polígono industrial, fachada de fábrica de componentes, apenas unos destellos de luz tras ventanas oscurecidas por persianas metálicas. Helena entró por una puerta lateral, siguiendo el sutil aroma a desinfectante caro y el ritmo débil de pasos apresurados sobre el suelo de vinil.

El hombre que la recibió era delgado, vestido con un mono gris sin marcas visibles. Llevaba una mascarilla quirúrgica. Sus ojos grisáceos la escrutaron con la precisión devastadora de quien ha revisado demasiados expedientes personales. "Gracias por venir, doctora."

"Por favor, no me llame así," respondió. Pero él no se disculpó, ni siquiera asintió. Sólo la condujo hasta una puerta blindada, que se abrió con una clave numérica y un escaneo retiniano. "Lo que vas a ver aquí", murmuró, "no es legal. Pero necesito que mires."

Pasaron por pasillos iluminados con luz fría, hasta llegar a una sala amplia, donde una sola cama, rodeada de monitores y tubos, brillaba bajo los focos. Y sobre la cama estaba ella.

O, más exactamente, una mujer que pudo haber sido su hija, o su hermana menor, o un reflejo extrañamente mal calibrado de su propio cuerpo.

Una copia. Empezaba siempre igual.

La mujer en la cama abrió los ojos. Eran de un azul tan pálido que parecían imitar el invierno. "Tú eres Helena," dijo, como si adivinara el nombre por la forma de su sombra.

Helena apretó la mandíbula, acercándose un paso más. Notó que la copia tenía cicatrices en los brazos, y pequeñas marcas de inanición sobre los tobillos. "¿Qué es esto?", preguntó en voz queda al hombre delgado.

"Se llama Mara," contestó él. "O al menos así le hemos llamado. Pero en sus registros celulares, en la epigenética profunda, hay algo curioso. El nombre de la primera clonada. El tuyo."

***

Habían pasado quince años desde la Primera Directiva de Restricción Genética, la ley internacional que vetaba la clonación humana tras la catástrofe de las gemelas Delacroix: idénticas hasta el último exón y, sin embargo, tan terriblemente opuestas en su comportamiento y salud mental que la comunidad biológica huyó de la clonación tan rápidamente como la había abrazado.

Helena—entonces joven y ansiosa, convencida de que la ciencia podía ser más ética que las leyes—había trabajado en la génesis controlada de las Delacroix. Su firma, su nombre, estaba en los laboratorios de media Europa, en las dosis de enzimas, en las pipetas rotuladas, en los consentimientos informados redactados con una línea demasiado optimista. Y aunque se suponía que todas las matrices genéticas habían sido destruidas, había quienes sabían que no todo código se borra tan fácilmente. A veces, las copias buscan su propio sentido de continuidad, aun cuando eso significa resucitar fantasmas prohibidos.

***

"Su envejecimiento es acelerado," explicó el hombre que la había llamado. "Cada célula parece recordar haber pasado por los ciclos de vida de la original. Incluso con todas nuestras técnicas de rejuvenecimiento, cada generación parece vivir menos años." Sus dedos recorrían gráficas electrónicas en una pantalla portátil. "Recurrimos a tu expertise por una razón. Hay algo en tu línea genética, doctora Alvarez, que no comprendemos. Una clave. Quizá, un error."

Mara la miraba todo el tiempo, con una especie de ternura escéptica, como si supiera que la Helena frente a ella era tanto su origen como su testamento final. Apenas tenía veinticinco años físicos, pero encarnaba una fatiga vieja—una sabiduría aprendida antes de tiempo.

"¿Por qué me trajeron aquí?", preguntó Helena por fin, permitiendo que el cansancio desbordara su voz. "¿Qué esperan que haga? ¿Quieren repararla? ¿O quieren romper lo que queda de mi trabajo?"

El hombre vaciló. "Tal vez ni una cosa ni la otra. Tal vez sólo... preguntarte si crees que debemos dejar que la línea se extinga."

***

No era, finalmente, una decisión científica.

Pasaron las horas en silencio. Helena revisó los datos genéticos: secuencias, acortamiento telomérico, patrones de metilación. Mara le contó, con palabras breves y directas, cómo había pasado su vida en laboratorios como ese: aprendiendo idiomas por software, con terapeutas virtuales, nunca saliendo al exterior "para evitar riesgos". Cómo todos sus recuerdos se sentían prestados, deslizados por debajo de una puerta como cartas escritas por una mano forzada.

"Tú, la original... ¿sientes culpa?", le preguntó Mara de pronto, en una pausa entre analíticas.

"Más que culpa, siento horror," respondió Helena. "No por haber hecho posible la clonación, sino por no haber entendido lo que significaba. No tener en cuenta la soledad inherente." Se permitió un leve temblor. "Siempre me pregunté si las Delacroix y las demás sentían que su existencia era... un destino impuesto."

Mara sonrió triste. "No más que tú y tus colegas. Todos ustedes corren hacia el futuro como si tuvieran opción. Supongo que las copias sólo hacemos lo mismo, pero sin la ilusión de originalidad."

***

Lo supo esa noche, mientras Mara dormía y ella continuaba analizando líneas de código genómico en una pantalla demasiado luminosa para la madrugada. Las copias no eran errores ni milagros, tampoco penitencias. Eran historias sin autor definido, eternamente a punto de empezar o de concluir, dependiendo de quién tomara la decisión final.

Helena salió del laboratorio al amanecer, cuando el hombre delgado le ofreció una taza de café y una pregunta: "¿Qué debemos hacer? ¿Abandonamos la línea? ¿Lo dejamos atrás todo?"

Ella se detuvo un momento, sabiendo que su decisión era, en última instancia, simbólica. Poco importaba si Mara vivía cinco o cincuenta años, si lograrían retrasar el deterioro o si preferían archivar su secuencia y ponerle un punto final. Sólo importaba la voluntad de ver a la copia como algo más que un experimento fallido.

"Déjenla vivir," dijo, simplemente. "Déjenle existir lejos de aquí, sin más laboratorios, ni pruebas. Nada de réplicas adicionales." Se le quebró la voz. "Y destruyan cualquier matriz genética que quede. No necesitan más copias—no cuando la lección ya está aprendida."

El hombre asintió, sabiendo que la decisión sería más difícil de instrumentar que de invocar. Mara seguiría viviendo, con su piel marcada y sus recuerdos ajenos. La línea genética terminaría allí, al menos hasta que alguien más, en otra época, volviera a preguntarse si somos algo más que la suma de nuestras copias y errores.

Helena salió al exterior y sintió, por primera vez en años, que el aire frío tenía un sabor distinto. No había redención; tampoco había condena. Sólo la comprensión tardía de que, a veces, la ciencia más radical no es la que desafía la naturaleza, sino aquella que, finalmente, deja de replicar su propia culpa.

Fin.

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