Portada del relato Reflejos en la Luz
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Fragmento:


“Hay un pequeño margen de error,” dijo mientras me azotaba con la luz de sus ojos. “¿Siente algo extraño?”

Duración: 09:49

Reflejos en la Luz
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Texto de ajuste de pausa.

Había conocido a Sujay cuando el verano apenas comenzaba a ondular el aire de las avenidas y, en una sala destinada a descubrimientos terribles, supe que jamás olvidaría la textura de su voz al pronunciar mi nombre: “Kaelin”. Era un nombre que resonaba, frágil y cortante, entre las paredes heladas de la clínica. La luz era blanca y directa, casi sólida, como un dedo hurgando en mis imperfecciones, en el lugar donde mi ser desentonaba.

“Siéntese,” dijo ella. No me guiñó el ojo, como suelen hacer los técnicos que necesitan hacerte sentir humano antes de desmenuzarte. No, Sujay era precisa. Su mirada iba a lo esencial, aunque su sonrisa, a veces, delataba cierta ternura. “Esto solo le dolerá si no piensa en otra cosa,” explicó, aludiendo a la terapia láser.

Me acosté en la camilla, el frío del metal calando a través de la bata verde. Vi el aparato: una especie de cánula, de cuyo extremo se movilizaba una luz purpurina, mojada, casi poderosa. El láser iba a desintegrar cicatrices viejas de mi muslo, marcas de la niñez y otras cosas más recientes, pero también era un medio para otra endeble cirugía: la inspección del tejido a nivel subcutáneo, lo suficiente como para verificar que el proceso había sido exitoso.

El proceso: la palabra flotaba sobre mí como una nube venenosa. Porque Sujay sabía, yo sabía, la clínica sabía: no era mi primer cuerpo. Pero si era el "correcto", ese en donde todo lo anterior debía quedar eliminado.

El láser zumbó, rítmico. Había leído que, cuando el haz es muy intenso, algunas personas veían imágenes erráticas, visiones causadas por la estimulación accidental de los nervios ópticos — titulares de alguna memoria desechada, tal vez. Pero en mi caso, solo vi retazos: la sombra de una mano sobre mi piel antes de ser borrada, la línea curvada de una mejilla, la sensación de estar cayendo de espaldas en un lago oscuro.

En aquellos días la clonación había dejado de ser una farsa para billonarios y ahora, una vez regulada y democratizada (palabra odiosa), servía a cualquier ciudadano en busca de renovación. Tres clones a su disposición, según la ley; más allá, las tasas e inspecciones lo volvían inviable, y la identidad se consideraba “agotada”. El protocolo, sin embargo, era quirúrgicamente eficiente: transferían patrones neuronales, recuerdos, tics, preferencias, sueños recurrentes, inserciones de memoria para garantizar que siguieras siendo tú… y luego, a veces, como polillas residuales, quedaban errores en el código.

Mi madre llamaba a esos errores “las cicatrices”. Y toda mi vida había tenido cicatrices, algunas más profundas que la piel.

Cuando terminó, Salió del cuarto sin más. Volvió diez minutos después. Ni una palabra de cortesía, ni un asiento ofrecido, solo la carpeta azul con mis nombres (todos los que había llevado) y el resultado: Candidato apto, integración 97%.

“Hay un pequeño margen de error,” dijo mientras me azotaba con la luz de sus ojos. “¿Siente algo extraño?”

“Todo,” respondí.

Pero las preguntas eran parte del proceso también, porque el margen de error, aunque pequeño para los informes, era donde se escondían los monstruos. Yo era Kaelin; tenía recuerdos de un hombre que había muerto cruzando una avenida (lo recordaba porque el último pensamiento fue “maldita sombra”), y también de una mujer — era la risa la que persistía, en el eco del baño por las mañanas. Los dos, mis yoes anteriores, aparecían en fragmentos cuando el láser tocaba la piel, asomándose como burbujas: no completos, imposibles de encarcelar, pero irreductiblemente míos.

Salí al pasillo. Había otras personas: hombres con marcas brillando en la frente, mujeres con la mirada fija en sus teléfonos, intentando que la tecnología les confirmara quiénes eran. El arte del láser no es solo limpiar heridas, sino purgar rastros, esas costras del yo que impiden adaptarse bien al nuevo cuerpo. Dicen que la luz quema los residuos, como si el dolor los hiciera reales.

Al pasar por una de las salas vi el reflejo de una persona en el vidrio. La reconocí — la reconocía demasiado bien. Estaba a la izquierda del encuadre, una sombra inequívocamente mía, pero la postura era incorrecta: los hombros no caían igual, la corva de la cadera era distinta, algo sutil en la forma de sujetar la carpeta. Parpadeé. En el siguiente instante, solo era yo.

***

Mi apartamento estaba desmantelado. Objetos en cajas, otros apilados para el recolector. La mudanza no era un capricho: el sistema de clonación requiere comenzar “fresco”, rodearse de lo menos posible que pueda desestabilizar la integración. Cualquier recuerdo demasiado fuerte, cualquier música, una carta, un perfume, puede desencadenar la "expulsión": el rechazo del yo hacia el continente.

Coloqué la mano sobre la lámina de la ventana. La vibración de la ciudad era tenue a esa hora, y aunque tuve la tentación de activar la música, me contuve. Mi terapeuta lo prohibía desde la primera transferencia. “Debes encontrar la melodía dentro,” decía, como si la identidad fuera un jarro lleno de agua donde la mínima impureza, una mota, podía turbiar toda la transparencia lograda a base de bisturí y láser.

En el espejo del cuarto vi las tres líneas en mi cuello. Parecían mías, pero recordaba no haberlas tenido antes. ¿Era esa la huella distintiva del cuerpo nuevo? Miré el resto de la piel: intacta, suave, apenas moteada de vellos invisibles. Me recité mi nombre y mi historia: Nací en Doorn, aprendí a nadar a los cinco, mi madre era enfermera, mi hermano murió joven. Había amado a dos personas. Era Kaelin.

La puerta vibró con un aviso. Era Sujay. Vestía de civil — sin bata ni gafas, solo una chaqueta gastada y el mismo cabello anudado. “Vine a ver cómo estás,” dijo, como si la preocupación fuera parte del paquete. Al ver mi gesto de duda, agregó: “¿Te molesta?”

“Pasa,” murmuré, temiendo que al abrir la puerta rompiera algún sello invisible; temiendo que ella notara las costras en mi integridad.

Nos sentamos sin mirar demasiado el entorno. Sujay se tomó el tiempo de contemplar mis manos, abiertos los dedos como si buscara leerme el alma en las líneas de la palma.

“No es inusual sentirse… fracturado los primeros días,” dijo. “El láser ayuda más de lo que parece, pero no resuelve todo. Algunos creen que hay partes del yo que ni la luz puede alcanzar.”

Asentí, pero mi atención estaba fracturada. Un pedazo de mí escuchaba; el otro se preguntaba por qué, en la mirada de Sujay, había un cansancio tan similar al mío.

“¿Y tú?” pregunté, sin pensar. “¿Tú has pasado por esto alguna vez?”

Cerró los ojos un momento, como si soplara sobre brasas. “Todos los que trabajamos en la clínica hemos tenido que hacerlo. Es un requisito, para entender. Cada experiencia es distinta, claro.”

“¿Y si nunca logras reconciliar las partes? ¿Si algo se resiste?”

Sonrió, y la sonrisa era dolorosa. “Entonces empieza la vida de verdad.”

Pasamos unos minutos en silencio, contemplando la noche que se pegaba a la ventana. Una instancia del programa gubernamental lanzaba haces de luz verde entre los monolitos de los edificios, como si midieran el aire que respirábamos. El láser estaba en todas partes: inspeccionando, desconfiando, vigilando. Y yo, por primera vez, sentía que su calor no me aliviaba sino me espiaba, buscando lo que no debía estar allí.

Decidí salir. Caminamos por avenidas donde el láser azul del tránsito, cebras, anuncios, marcaba no solo rutas sino identidades: las de los otros, las que la ciudad aceptaba. En la esquina de una plaza, Sujay se detuvo y dijo: “Ven.”

Me llevó a un local con paredes recubiertas de poliéster traslúcido, polvo de estrellas bajo el suelo. Allí, vi otros como yo: algunas cicatrices idénticas, miradas llenas de dudas. El club informal de los reinsertados, los cuerpos que esperaban a que la luz fuera olvido.

Ahí entendí que la identidad era, en verdad, un acuerdo. Cada noche el haz del láser podía limpiar, perfilar, eliminar — y sin embargo, lo esencial huía de las cirugías, de los códigos. A veces era una risa furtiva; otras, un recuerdo que no coincidía exactamente con el papel que la clínica te entregaba.

Un hombre se acercó con dos vasos. Sujay le agradeció y luego, mirándome, deslizó una pequeña esfera sobre la mesa. “Esto ayuda.” Dentro, una luz apenas perceptible brillaba, azul y roja en ciclos irregulares.

“¿Qué es?” pregunté.

“Un registrador. Lleva tu pulso, tus pensamientos, tus frases más frecuentes. Pero solo tú puedes acceder a ello. Es una manera de… mantener el hilo. Cuando sientas que te dispersas, tócalo, y te recordará quién eres.”

Agradecí el gesto. Cerré la mano sobre la esfera. Mientras lo hacía, una ráfaga de recuerdos cruzó mi mente, no como parpadeos dispersos, sino como una cinta en la que los nudos y empalmes —el “yo”— se ofrecían al tacto: imperfectos, múltiples, pero reales.

La noche lo abrazaba todo. En la calle, los haces de luz dibujaban rostros y mitos. Afuera, la gente andaba buscándose, cruzando avenidas que mutaban de color y forma, olvidando y recordando en la operación interminable de existir.

No supe si alguna vez sería completo, si el láser lograría pulir las partes que resistían. Pero la esfera latía en mi mano, el recuerdo de Sujay a mi lado, y en algún lugar —de mi cuerpo o de mi sombra— sentí que, por primera vez en mucho tiempo, el margen de error era, también, una forma de vivir.

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