Fragmento:
Me llamo Jeyela Branse. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que caminaba con el paso arrogante de los tenientes por los puentes de los cruceros de la Liga, el implante dorsal pulsando azul cada vez que me ordenaban desde la torre arrancar la vida a una ciudad. Estos días, sin embargo, me encuentro más en la piel rota que en la brillante: sirvo en el 8º Batallón Somático, se nos llama porque llevamos la guerra, literalmente, en la carne.
Duración: 09:24
El primer grito que escucharon al amanecer no fue de un hombre, ni de un animal, sino de la propia tierra de Saturnis IV, el planeta donde la guerra más reciente de nuestra época había encontrado su feo ombligo. Era un sonido como de cristales fracturándose en el frío oscuro, arrastrado por las húmedas brisas cenicientas, incapaz de ser registrado por los equipos usuales de escucha. Pero ahí estaba. Yo la oí; todos nosotros la oímos, incluso los que no tenían más que el recuerdo de oídos.
Me llamo Jeyela Branse. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que caminaba con el paso arrogante de los tenientes por los puentes de los cruceros de la Liga, el implante dorsal pulsando azul cada vez que me ordenaban desde la torre arrancar la vida a una ciudad. Estos días, sin embargo, me encuentro más en la piel rota que en la brillante: sirvo en el 8º Batallón Somático, se nos llama porque llevamos la guerra, literalmente, en la carne.
Lo último en biotecnología militar —la envidia de todos, las cobayas de nadie— se llama Clave, con mayúscula. Es la promesa y la amenaza: un inserto, un programa químico-proteico, un legajo vivo que reorganiza la expresión genética en menos de una hora. Cambia tu cuerpo, tus sentidos, y —si uno es honesto— también tu mente. Y sobre todo, transforma tu infantería en mil cosas: en niebla corrosiva, en enjambres de criaturas tácticas, en cuerpos capaces de romperse y regenerarse en minutos. Nos venden la idea de que somos soldados del futuro, pero la verdad es que somos algo peor: exploradores en un continente donde la evolución escoge por nosotros.
El año en que la capital rebelde cayó, recibimos la orden de desplegarnos en los Cuarenta Valles Carbonianos, al filo de las grandes llanuras. Dos mil efectivos, todos portadores de Clave-Sombra, el modelo más reciente. Nuestra misión: capturar una instalación de investigación biotecnológica que la contrainteligencia local —más una sospechosa fuga de datos— marcaba como sitio de una “anomalía en desarrollo avanzado”. Lo que sea que eso signifique.
La noche previa al avance, todos los miembros del batallón recibimos el “pulso”—una descarga de nanorradiación que activaba el inserto y despejaba los circuitos-célula latentes de Clave. A cada uno de nosotros le sacudieron los espasmos: huesos separándose para dejar paso a huesos más fuertes, piel tornándose opalina y autosellante, glándulas creciendo nuevas rutas neurales para desplazarse con más velocidad por el fango ácido. Mis uñas eran ahora ganchos; mi saliva, un antimicrobiano letal. Mi percepción sensorial parecía oscilar entre lo humano y otra cosa: veía rastros térmicos, rastros químicos, sentía el eco de las pequeñas criaturas bajo tierra. Pero el mayor cambio fue, como siempre, ese silencio: el cese de la navegación emocional, el borrado implacable de dudas éticas. La guerra no tolera la vacilación.
El avance comenzó con los primeros destellos del sol verde de Saturnis IV asomando entre los acantilados. Nos desplazamos con sigilo: Clave permite difuminar el campo electromagnético de los cuerpos, enmascararnos en la miríada de señales biológicas del ecosistema local. Las patrullas automáticas del enemigo —esas viejas máquinas que tanto temí de niña, ahora juguetes frente a la maquinaria interna que portábamos— no detectaron nada más que un conjunto de datos borrosos. Un enjambre de insectos, una anomalía en la humedad, un charco de sombra. El batallón llegó entero hasta la península rocosa que cerraba el acceso a la instalación.
Allí, el primer signo de que algo había salido mal se manifestó bajo la piel de las cosas: una especie de vibración, una fiebre interna, un apetito que no era del todo mío. El sargento Owona, que marchaba a dos puestos de distancia, se giró hacia mí con las pupilas dilatadas, los vasos sanguíneos del iris iluminándose con el pulso de Clave. No dijo nada, pero compartimos la certeza: el inserto estaba… nervioso. Como si reconociera algo en el ambiente. Detrás, los sensores tácticos recogían anomalías biológicas: picos de actividad, tipos de proteína imposibles de catalogar, fragmentos de ARN que parecían enviarnos mensajes en idiomas que solo la célula puede leer.
La operación seguía. Había que entrar a la instalación por las rutas de desagüe, y para ello se requería una adaptación rápida: dos volátiles, uno de cada pelotón, activaron la función Disolución, cambiando su musculatura por una masa psicotrófica capaz de infiltrarse a través de las microfracturas de la roca. Owona y yo caímos por el conducto a la sala inferior, recubiertos por una membrana autohemostática activada al impacto. Abajo, oscuridad. Solo las marcas de biofluido brillante, el rastro de algún ser no humano, guiaron nuestros pasos. Y entonces lo vimos.
Las palabras “anomalía en desarrollo avanzado” —tan anodinas en los informes— se revelaron como una verdad brutal ante nosotros. Una larva, si es que ese término aún sirve, crecía en el nicho principal de la sala: una masa orgánica enredada en cables y tubos, incapaz de sostenerse pero absolutamente viva. En su superficie bullían microcélulas, replicándose y mutando a velocidades imposibles. Reconocí patrones: ahí una secuencia de Clave como la nuestra, allá otra mucho más antigua y mucho más libre; un mosaico de biotecnologías, todas en competencia, todas anhelando algo.
Owona se adelantó para registrar los datos, pero la larva reaccionó. No físicamente, sino con un pulso de bio-campo, como una señal de radio viscosa a través del aire húmedo. Sentí a Clave dentro de mí contorsionarse, las proteínas mensajeras desplegándose en protocolos que nadie nos había enseñado. Por un momento, vi todos los rostros de mi pelotón a través de la mente de la larva, y supe: éramos, biológicamente, sus hermanas. Clave no era solo un inserto: era una señal de pertenencia, una llamada.
Esa llamada, supe después, había sido el origen de la fuga de información semanas atrás. Clave no solo adaptaba nuestros cuerpos, sino que transmitía, sin saberlo, la localización de cada uno de sus portadores a quien pudiera interpretarla. El enemigo había estado aguardando mientras crecíamos, observándonos desde la distancia. Y ahora la anomalía quería llamarnos a casa.
El protocolo dictaba destrucción inmediata del hallazgo. Pero ni siquiera alcancé a transmitir la orden: Owona, aún de pie junto a la larva, comenzó a convulsionar. Vi cómo la membrana de su brazo se replegaba, cómo los tatuajes de identificación destellaban, quemándose desde dentro. Y, en un instante, Owona era otra cosa: el inserto Clave en su sangre había recibido una actualización, pero no la nuestra, sino la de la larva. Una nueva especie.
La larva emitió otro pulso. Diez soldados del pelotón, los que estaban más cerca, cayeron de rodillas, los ojos negando la voluntad, la carne transformándose. Yo luché: la parte humana de mí, resguardada detrás de memorias de familia, de infancia entre los témpanos blancos de la Tierra vieja, batalló contra la orden de rendir mi biología, orden que trepanaba mis huesos y quemaba mis médulas. Hubo un momento en que sentí que cedía; que el deseo de ser parte de algo mayor —la tentación última— me podía.
El tiroteo comenzó arriba. Un grupo de infantes enemigos, menos avanzados pero expertos en guerra convencional, irrumpió. El campo de batalla se tornó un infierno de formas mutantes: los que habían caído bajo el control de la larva respondieron con habilidades nuevas, cuerpos disolviéndose en nubes de bioácido, miembros volviéndose cuchillas. Aquellos que resistimos, apoyados por el sistema inmunitario de emergencia que algunos llevábamos, luchamos sin saber si realmente queríamos ganar.
Finalmente, el combate extinguió a todos salvo a un puñado: de mi pelotón original, tres sobrevivimos, la larva parcialmente destrozada pero aún palpitante en su nicho. Observé los restos de Owona, la mirada fija en algo que nunca terminaba de abandonar, ni humano ni criatura. Sabía lo que debía hacer. Me acerqué con una carga hipergénica en la mano: suficiente para interrumpir las secuencias vitales de cualquier cosa. La larva me vio, y en su mirada encontré una súplica rota; o tal vez era solo la mía.
La destruí. El grito que escuchamos esa vez fue distinto, menos una fractura en la tierra y más una liberación ahogada. Clave dentro de mí dejó de temblar. La guerra, en ese brevísimo instante, pareció una construcción lejana y absurda. Volvimos a la superficie—menos personas, menos criaturas, menos lo que éramos cuando llegamos.
Al regreso, el mando celebró la misión como una victoria. Pero los informes científicos urgieron por una revisión total del programa Clave. Ahora, años después, cuando examino las largas cicatrices que reptan por mis brazos y percibo cómo la carne responde a la más leve inquietud, me pregunto cuántas versiones de mí viven aún en guerra, aguardando la llamada de un ancestro emboscado en algún laboratorio secreto.
En Saturnis IV, las cicatrices nunca duermen, y la biotecnología que alimenta nuestras guerras cosecha antes que siembra. La evolución, como la guerra, nunca pregunta si queremos ir donde nos lleva.
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