Portada del relato Cielo de Esquirlas
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Fragmento:


No fue el día ni la noche lo que supo separar a Dorian Yss de sus semejantes, sino ese instante gris y vaporoso que fabrican las grandes cúpulas cuando el smog se despereza sobre el Terraplén Eterno. Para muchos, el Terraplén era solo uno más de los comentarios ácidos que lanzaba la ciudad, una ironía en acero y luz mal soldada sobre los huesos calcinados de la vieja humanidad. Para Dorian era el germen, el refugio y frontera.

Duración: 07:39

Cielo de Esquirlas
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Texto de ajuste de pausa.

No fue el día ni la noche lo que supo separar a Dorian Yss de sus semejantes, sino ese instante gris y vaporoso que fabrican las grandes cúpulas cuando el smog se despereza sobre el Terraplén Eterno. Para muchos, el Terraplén era solo uno más de los comentarios ácidos que lanzaba la ciudad, una ironía en acero y luz mal soldada sobre los huesos calcinados de la vieja humanidad. Para Dorian era el germen, el refugio y frontera.

Se había acostumbrado al lenguaje residual de las máquinas: los zumbidos y murmullos, el clic-click de los implantes revisándose solos, el temblor de la GuíaNeuronal envolviéndole la nuca como las hebras ardientes de un dios menor. Aquella mañana, el reloj binario proyectó los dígitos contra la pared grapada de cables, y Dorian los observó mientras el ventilador cruzaba la habitación en el dron Dyson eco-omega. Aún quedaban tres minutos para el primer ping del día. Encendió la lámpara de sulfuro azul y revisó el bandejón de hisopos: sustancia, la llamaban en la calle. Los dealers la vendían envuelta en papel de arlequín y los niños la cambiaban por bates de plástico transparente. Dorian, sin embargo, extraía pequeñas perlas de la sustancia, manipuladas con guantes impresos en 7D, y las disolvía entre sus piernas, sumergido en el ensueño compartido de la Red.

La Red no era red, sino delta inexplorado, territorio de saliva eléctrica donde solo los codificadores con alma sobrevivían sin quemarse el cerebro. Dorian residía justo en el umbral: ni dentro, ni fuera. Su cuerpo, prolongado por filamentos de fibra y bio-grafeno, era mapa y llave. Nadie recordaba desde cuándo navegaba Dorian, y, en verdad, él mismo había dejado de contabilizar la deriva.

En las altas torres, donde la luz se refleja en las ventanas negras como sangre reseca, la Corporación Oryzon emitía sus pulsos: códigos, propaganda, neblinas draconianas diseñadas para domesticar la voluntad y borrar las resistencias. Allí, las personas tenían nombres con copyright; sus recuerdos, subastados en los mercados de algoritmos. Dorian probó varios nombres, pero ninguno cuajaba; la Red le otorgó el suyo definitivo—Dorian Yss—en una secuencia accidental de polvos y radiación.

Un estruendo brotó de la ranura principal. Era un mensaje. No era texto, ni imagen: fervor puro taladrando el cortex. Dorian masculló maldiciones en dialecto paladín mientras los archivos danzaban ante sus ojos. El remitente era perfectamente desconocido y, según su rastreador de conexiones profundas, provenía de una pasarela crítica en el barrio de las Árboles de Sombra. Zona muerta, distrito de ludópatas y chamanes sintéticos.

“Transfiere. Urgente. Hay calor en la línea. Ofrecemos: Anulación total. Reseteo. Humo y olvido. Responder antes de las 11:22. Fin de segmento.”

La oferta era tentadora. Humo, olvido, reseteo… El precio era, por supuesto, la autenticidad: entregarse a la Gran Desvinculación. Nadie, jamás, había vuelto después de un reseteo auténtico. Solo quedaba perder el Yo y despeñarse en la luz difusa donde los recuerdos eran tan tenues como sueños durante una sobredosis.

Dorian arqueó las cejas, se acercó a la ventana rota y encendió el filtro olfativo de la máscara. A lo lejos, entre la neblina azul-cerúlea, las patrullas de Oryzon peinaban la calle. La policía corporativa era omnipresente: ojos, tentáculos, drones chirriantes, niños reclutados por la Deuda. Uno de ellos, un androide enmascarado con sonrisa pintada, descargaba en un indigente el contenido de un taser de ondas; los transeúntes ni siquiera giraron la cabeza. Para los habitantes del Terraplén, semejante espectáculo era la norma.

Deslizándose entre las sombras, Dorian preparó la transferencia. Estaba decidido a negociar. No por miedo o cobardía, sino porque el olvido, como la sustancia, requería ritual. Se introdujo en uno de los nodos públicos, conectando el implante craneal a la consola compartida. En el azogue líquido del Holoocéano, adoptó la forma de una mantarraya translúcida. Aquí, el tiempo y la gravedad jadeaban, tropezando entre sí.

Enseguida apareció el contacto: un avatar lampiño, rostro acuoso y ojos formados de espirales. “Dorian Yss?”

“De quién si no,” contestó.

El otro emitió un chasquido binario, cargado de prisa, de miedo. “Necesitamos tus sueños. Los originales. Tenemos clientes ansiosos. Pagamos en olvido, en paz, incluso en resurrección discreta. Pero tiempo… tiempo es parásito voraz.”

Dorian asumió la propuesta: entregar sus sueños, que era como legar el único bien inalienable que le quedaba. Nadie allí tendría compasión ni piedad. Aceptar el trato los ponía al borde del abismo más pulcro y afilado.

El trato se selló en fragua virtual y el avatar ajeno desapareció dejando solo su dirección física: un rincón imposible, más allá de los sensores y del territorio de las patrullas. Dorian limpió sus implantes, se ajustó la silla exoesquelética y se arrojó al exterior.

El primer umbral era el de la Realidad Pública: vallas, grietas, sensores de biomasa. Nadie cruzaba sin dejar una capa de piel, un pensamiento, un pedazo de historial genético. Dorian tenía suerte, o simplemente era viejo: su current gen aún no figuraba en la base de datos de Oryzon. Cruzó las barreras adoptando el paso de una sombra.

En el barrio de las Árboles de Sombra, la noche es perpetua aunque sean las dos de la tarde. Las norias de neon giran perezosas y gotean anuncios panorámicos sobre el asfalto. Prostitutas con pieles iridiscentes y astrólogos de alquiler se arremolinan en las esquinas. Dorian encontró el acceso bajo la señal parpadeante de la vieja lavandería TurkishBlue.

Dentro, lo esperado: cables, zumbidos, el aroma mohíno de las tormentas eléctricas desatadas. El avatar le esperó tras un telón de plasma: sus ojos ahora eran orbes casi humanos, llenos de prisas y cicatrices. Sin más preámbulo, le inyectaron la sonda. Dorian sintió cómo se desprendían sus sueños, uno por uno, como esquirlas de una luna en eclipses sucesivos.

El procedimiento duró ocho minutos. Hubo sudor, gritos, imágenes fractales: una infancia deshaciéndose en un tobogán de oro, sus amantes disolviéndose entre caramelos viejos. Cuando todo acabó, Dorian, exhausto, apenas era una cáscara. Las manos se le trasformaron en guantes de humo.

“¿Ha funcionado?”, balbuceó.

“El protocolo de olvido está completo. No quedará nada. Ni siquiera tu nombre será suyo.”

Dorian asintió, demasiado agotado para aceptar la plenitud del vacío.

Al despertar a la mañana siguiente, no supo si era aún Dorian, o simplemente Yss, o algún número desconocido agrupado en la marea. Sintió alivio, pero también un terror frío: el terror de no saber qué había en el recuerdo perdido. Salió de la lavandería, fundiéndose entre los motes y las apariciones urbanas de la ciudad insomne. Su paso apenas dejó huella, pero por un instante, en la superficie sucia de la acera reflectante, un eco de sus sueños —perdidos ya en la arquitectura de neón— titiló y desapareció sin que nadie lo advirtiera. Era lo que siempre había querido: reseteo, humo, olvido. Y aún así, quedaba una punzada, un vestigio de sí mismo aferrado a las costuras del aire. Porque incluso en la Gran Desvinculación, hasta la nada tiene un precio.

Y Dorian Yss, al menos, aún podía pagarlo.

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