Portada del relato Campos de Jade y Fiebre
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Fragmento:


Asintió, y lo que tomó por su mano era, en parte, ala de cuervo y, en parte, garra de cangrejo.

Duración: 08:22

Campos de Jade y Fiebre
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Texto de ajuste de pausa.

El ocaso es más largo donde termina el bosque de tamarindos y comienza la llanura de jade. Allí, donde las sombras se arremolinan entre las cañas y el viento nunca logra llevarse del todo el olor a sal de la tierra vieja, corre una leyenda. Probablemente debí haberme vuelto atrás aquel día, cuando advertí que las nubes dibujaban garras sobre el horizonte, pero nunca he podido resistirme al rumor de que existen cosas que ni la ciencia más osada se atreve a nombrar.

Mi nombre es Lysandra, y en mi pecho laten dos corazones—uno rojo y constante, otro azul y lento. Soy hija de Yllian la humana y de Khurol el fauno, en una era donde mezclar la sangre era pecado sancionado con el destierro o la muerte. Pero en este confín de la tierra, nadie viene a buscarte si no desea perderse también.

Vivía en una cabaña de madera azulada, entre las raíces de un árbol milenario que, decían los ancianos, tendía sus ramas sobre los días que aún no han nacido. Sabía de mi diferencia por la mirada de los zorros y el modo en que los ciervos temblaban bajo la luna llena al cruzarse en mi camino. No era hija de este mundo o de ningún otro: era híbrida de género, de raza, de deseo. Amaba a las mujeres y a los hombres, y a aquellos que nunca se han definido. Amaba con igual intensidad los atardeceres y las madrugadas. Mi ser oscilaba entre suave y fiero, masculino y femenino, lóbrego e iluminado.

El rumor llegó a mis oídos una noche en que el río cantaba su réquiem a los peces muertos del estiaje: una Puerta se había abierto más allá del bosque, una grieta donde la realidad ondulaba como la piel de una serpiente. Cualquier criatura capaz de cruzarla, decían, podría reinventarse de acuerdo a su deseo más secreto. Era una trampa, argumentaban los viejos, un anzuelo tendido por entes hambrientos de lo prohibido. Pero yo no temía, porque mi existencia era en sí misma una trasgresión.

Partí al alba, dejando tras de mí la esquirla de un sueño y el eco del desayuno humeante. Atravesé cañaverales poblados de ranas de piel opalina, seguí la estela de lirios blancos flotando en charcos escarlata, y así llegué a la linde del bosque de tamarindos, donde el aire se presuriza y la luz cambia de textura. No caminaba sola; sombras bípedas y cuadrúpedas hacían lo mismo—figuras aladas, cuerpos segmentados, una hibridación de criaturas que, como yo, se negaban a la normalidad de la carne establecida.

Una figura me aguardaba al borde del sendero, envuelta en telas grises que chisporroteaban a la luz moribunda.

—¿Vienes en busca de cambio, o huyes de tu propio reflejo? —preguntó, voz de hombre viejo y niña a la vez.

—Nada de mí huye —contesté, los dos corazones sincronizados en su pulso—. Solo quiero ver lo que hay del otro lado.

Asintió, y lo que tomó por su mano era, en parte, ala de cuervo y, en parte, garra de cangrejo.

—A tu paso, Jardín de los Ocelos —murmuró—. Allí todo es posible, pero cada posibilidad pide un precio.

La Puerta no era como la imaginé. Sin arcos ni bisagras, era simplemente una ondulación, un temblor en el aire. Al tocarla, sentí cada poro de mi piel abrirse y luego cerrarse como ojos sorprendidos. Atravesé, y el mundo se quebró.

El Jardín era un delta de imposibles. El cielo tenía cuatro lunas, y las flores cambiaban de aroma según a quién miraban. Árboles con ojos y bocas recitaban poemas, y el suelo separaba en mosaicos de carne y cristal. No tardé en advertir que la identidad aquí era maleable: vi un hombre que se desdoblaba en mujer ante el beso de una ráfaga, un fénix con rostro de niño y senos de doncella, amantes cuyos orificios y miembros se multiplicaban en danzas cada vez más vertiginosas y hermosas.

Me perdí, o me encontré, entre ellos. Durante días busqué el núcleo de mi deseo más recóndito. ¿Quería acaso elegir? ¿Elegir género, sexo, forma? Era tentador pensar que la libertad absoluta puede salvarnos del dolor del rechazo, del abismo de no pertenecer del todo. Pero mientras recorría los senderos, el Jardín me susurraba cosas a través del viento acaramelado: “Elige qué dejar atrás, elige cuál de tus mitades deberá morir”.

Me asusté. Incluso yo, la mezcla, la fluctuante, temí el precio. Fue entonces que encontré al Tigre Azur, un ser del cual mucho se hablaba, poco se sabía. Se decía que custodiaba los límites de lo posible.

Se hallaba en un claro de hierba luminosa, paseando sobre un estanque donde flotaban carcajadas. Sus ojos eran de mercurio y sus labios, de clavel quemado.

—Veo que anhelas escoger, pero el mayor don del híbrido es su herida —dijo, y su voz rasgó la tarde en dos.

—¿Por qué habría de querer mi herida? —inquirí, temblando.

—Los demás deben elegir qué ser para sobrevivir, para encajar. Tú portas la incertidumbre como estandarte. La Puerta puede consentirte una forma exacta, una voz sin fisuras, una sola piel. O puede devolverte a tu cabaña con la duda intacta, pero con los ojos abiertos a las infinitas máscaras del deseo.

Me senté junto a él, preguntándome cuántos de los que cruzaban buscaban en realidad respuestas fijas, un ancla, aunque les costara la marea de su yo mutable.

—No sé si deseo certeza, o solo el fin de la soledad —murmuré.

Sus zarpas tocaron mi hombro. —Esta soledad es el don y la carga de quienes bailan entre los polos. No existe verbo para tu forma, Lysandra. Pero las palabras viejas no barrenan el corazón de la noche. Solo los actos.

Caminé, entonces, aún más hondo al Jardín. Me mezclé en orgías de siete sexos, piel contra escama, hueso contra pétalo, sintiendo a veces que me convertía en todas las cosas y a la vez en ninguna. Fui musa y monstruo, madre y amante, hermano y sacrilegio. Disfruté y observé, muchas veces a la vez. Lo sublime y lo grotesco se entrelazaron hasta que olvidé dónde terminaba mi frontera y dónde comenzaba la de otro. Nadie exigía explicaciones. Solo la promesa de autenticidad, aún en el cambio.

Así encontré a Rayne, criatura líquida que en cada alborada elegía un nuevo rostro y un nuevo sexo para recibir el sol. Le amé con la locura de los no-nacidos, empapando mi carne y mi espíritu en su abrazo constante y mudable.

—Aquí puedes quedarte siempre —me dijo una noche mientras la luna blanca florecía en la palma de mi mano—. O puedes regresar, sabiéndote poseedora de todos los matices.

—Pero ¿hay lugar allá afuera para híbridos como nosotros? —pregunté, sin poder evitar el temblor.

Rayne sonrió, masculinidad y feminidad brotando de sus pupilas púrpuras como enredaderas. —Allí, más que aquí. Porque aquí todos son lo que desean, pero en tu mundo—el del dolor, la exclusión, la necesidad de nombrar—eres posibilidad encarnada. Eres la grieta en su certeza. Allí puedes abrir puertas para otros, y el precio es la soledad. Pero la soledad puede ser fértil, jardín de nuevas vidas.

Regresé finalmente, atravesando la Puerta con los dos corazones latiendo a destiempo. Alguien—quizá la figura de telas grises, quizá el mismo Tigre—me observó volver.

La cabaña azul me recibió como un animal viejo, arañando la realidad con su aroma a especias y leña húmeda. Pero ya no traía en mí la nostalgia de querer ser de un solo modo. Era, como el Jardín, metamorfosis. Era puente y riesgo; era la pregunta abierta en una lengua que aún no ha nacido.

El pueblo siguió temiéndome, murmurando sobre la simiente de los híbridos que corrompen la raza, sobre la promiscuidad de los cambiantes. Hubo noches en las que mi sombra fue apedreada por ojos ignorantes, sí. Pero hubo otras, muchas, en las que los marginados y las almas inquietas acudieron en la oscuridad para preguntarme sobre la Puerta y el mundo que hay detrás de los nombres. A algunos les mostré el camino. A otros solo les tendí mi mano, fauno y humana, masculina y femenina, deseando así la infinita variedad de la existencia.

A veces, aún sueño con el Jardín de los Ocelos, con Rayne, con el Tigre Azur y la promesa de las formas ilimitadas. Pero cuando el viento sopla y las cañas murmuran su antiguo canto, recuerdo el verdadero don de los híbridos: ser lo que aún no existe, lo que la vieja lengua no sabe pronunciar, y abrir con cada paso una nueva grieta en el mundo. Para ti, para mí, para todos los que vendrán.

Ésta es mi herida. Y mi bendición.

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