Fragmento:
Esa noche comenzó –como todas las historias funestas de nuestra especie– con un encargo. El cuervo-mercenario me esperaba en la taberna de la Novena Boca, posado en un taburete como si el peso de sus alas fuese mayor que el del mundo. El cuervo se llamaba Sceel, mitad hombre, mitad ave, voz ronca y mirada precisa. Cuando me senté frente a él, el ala negra cubría perfecto su rostro de médula y pico, como si la oscuridad fuera sólo una extensión de su plumaje.
Duración: 08:27
El aire vibraba al filo de la medianoche en Valtheris, la última frontera entre el viejo mundo y los reinos olvidados. Allí, bajo la abovedada cúpula de lunas superpuestas, la ciudad bullía, multicorporal y bulliciosa: los híbridos –hombres-águila, mujeres reptiles, soñadores con garras de tigre y mercaderes con branquias– llenaban los puentes y plazas. Todos empujados, todos extraños. Todos congregados bajo una promesa: sobrevivir con lo que les quedaba de humanidad.
Me llamo Arik Delaun y mi cadera, herencia de génica alteración, chirría cuando la niebla baja. Los huesos se transforman al paso de los sueños: una vez fui hombre, ahora un cruce, mitad carne, parte seca, en parte humo –según la luz y el ánimo del día. En Valtheris, ser híbrido no es solo la norma; es la ley no escrita: si no te ajustas, te rehacen o te expulsan hacia los páramos salvajes, donde sólo los más feroces sobreviven, donde la creación retorna a su caos original.
Esa noche comenzó –como todas las historias funestas de nuestra especie– con un encargo. El cuervo-mercenario me esperaba en la taberna de la Novena Boca, posado en un taburete como si el peso de sus alas fuese mayor que el del mundo. El cuervo se llamaba Sceel, mitad hombre, mitad ave, voz ronca y mirada precisa. Cuando me senté frente a él, el ala negra cubría perfecto su rostro de médula y pico, como si la oscuridad fuera sólo una extensión de su plumaje.
“El truco está en los límites”, graznó sin mirarme. “Dicen que hay una puerta en la Franja Cautiva –el lugar entre la ciudad y lo que la devora. Algo está cruzando. Algo que no debería.”
No pregunté cuánto pagaba; las deudas mandaban sobre mis opciones mejor que cualquier conciencia. Sceel dejó caer una bolsa de piedras-alma –la única moneda verdadera en Valtheris– y se marchó sin esperar respuesta.
No era la primera vez que me pedían algo así: vigilar las fronteras, rastrear los ecos de los extraviados, descifrar los murmullos entretejidos en los vientos del límite. Pero esa noche, la bruma olía a peligro —a ozono y carne fermentada— y mi cadera, siempre predictora de catástrofes, profería punzadas como toque de campana.
La Franja Cautiva es, en realidad, una herida abierta: kilómetros de arenas grises, erizadas de cristales y árboles dobles que giran sus troncos cuando les das la espalda. La estabilidad es un mito ahí; la materia se estira, los sonidos se disuelven en sí mismos. Lo que cruza, cambia. Y también cambia lo que espera.
A cada paso desde la muralla, mi forma se volvía difusa. El hombre que fui se escapaba por los poros; el híbrido luchaba por sostener el armazón de sus recuerdos. Vi, a lo lejos, una figura sola: silueta delgada, cabello fundido en filamentos dorados, brazos con alas de polilla. Una polilla gigante y poética, bailando entre los charcos de metamateria.
Se presentó como Lian. No habló, pero las palabras flotaron en mi cabeza: “No entres, aún no es tarde para retroceder.”
Pero mi cuerpo avanza cuando la mente vacila; esa es mi condena y mi arma. Crucé la línea de espejismos y sentí la punzada: el aire se solidificó, la gravedad vaciló, y la realidad de Valtheris quedó atrás.
Lian me acompañó tierra adentro. Había rastros: huellas humanas y de criatura, rastros recientes. Entre ruinas contorsionadas, un hilo de charla mental se mantuvo entre nosotros.
— ¿Qué buscan al otro lado, Lian? —pregunté.
— Lo que no tienen aquí —su respuesta se dobló en sí misma, ramificada—. Un final, un principio, el salto.
A medida que avanzábamos, los fragmentos de memoria me asaltaban: en Valtheris nadie nace puro. Se nos injerta un destino desde la primera respiración. Todos somos operaciones experimentales, apuestas de carne y magia, el resultado de un sueño ajeno. Pero los que cruzan… ¿qué buscan realmente más allá de la alteración constante? ¿Anhelo de quietud o anhelo de absoluto cambio?
Las huellas nos llevaron hacia una grieta –un portal irisado, latente como una herida. Del otro lado, algo tiraba. Algo que no era del todo ajeno. Una vieja leyenda de la ciudad contaba sobre la verdadera forma: que todos los híbridos éramos piezas rotas de una forma primaria, y que más allá del umbral, podíamos hallarla… o disolvernos en nada.
Fue entonces cuando los acechadores emergieron: criaturas-tigre con corazones de cristal, lenguas bifurcadas, ojos de luna llena. Ellos cuidaban el umbral o quizá, como yo, intentaban entenderlo.
— Debemos negociar —pensó Lian.
Los acechadores sólo aceptaban palabras sinceras y recuerdos limpios como tributo. Entregué, uno tras otro, mis primeros miedos: la noche en que desperté con el cuerpo mutando incontrolablemente, el rechazo en la mirada de mi madre al ver mi primera garra, el hambre que siente un chico cuando le arrebatan su reflejo.
Bastó. Los acechadores se disolvieron con un aroma a tierra mojada, y la grieta se abrió. Lian tocó mi brazo –sentí electricidad y calma, un velo de certeza.
Cruzamos. Al otro lado, las reglas de la naturaleza se deshacían. Algunos caminaban de espaldas al tiempo, otros dialogaban sin palabras, fusionándose y separándose a voluntad. La materia era inestable y sin embargo… auténtica. Así debía sentirse nacer: umbral tras umbral, sin promesa de regreso.
En el centro del lugar, una entidad observaba. No hombre, no bestia. Un ensamble de lo posible: alas, escamas, risas, recuerdos, desprecios, ternuras. Era El Compendio: la suma de todos los que cruzaron.
Al verme, el Compendio murmuró:
— ¿Por qué viniste?
— Porque no pertenezco a ningún lado.
Una parte de mí supo que no era toda la verdad. Había curiosidad también; deseo de aprender si la creación puede tener un final, si tras cada alteración hay una esencia fija.
El Compendio rió, y su risa hizo vibrar el lugar, desdibujando por un instante la línea entre deseo y realidad.
— Valtheris necesita lo que aquí se aprende —dijo.
Le pregunté qué era.
— El poder de abrazar todas las formas sin desgarrarse —respondió—. Lograr el híbrido perfecto: no entre carne y carne, sino entre anhelos y aceptación. Eso busca todo aquel que cruza.
Sentí, entonces, que el cuerpo me dolía menos. Que la pierna chirriante era, por primera vez, solo un dato. Lian se fundió con la luz y el aire, y los fragmentos del Compendio se acercaron, ofreciéndose a mí.
— Toma —dijeron todos los ecos—. Regresa y trae el equilibrio: aprende a ser múltiple sin guerra interna.
La tentación era fuerte. Allí, podía disolverme y ser todas mis variantes; podía, por fin, dejar de luchar. Pero la memoria de Valtheris –la ciudad crispada, espinosa, vibrante– me llamaba. Había aún historias por vivir, heridas por transformar en cicatrices hermosas.
Cruzamos al mundo de regreso con Lian a mi lado. La Franja Cautiva se contrajo, y las criaturas-tigre aceptaron nuestro paso. Sentí el bagaje de lo aprendido, un soplo frío y a la vez cálido, instalándose bajo mi piel.
De vuelta en la Novena Boca, Sceel esperaba. Su ala izquierda ahora lucía una mancha verde, el agrio recordatorio de una mutación recién adquirida.
— ¿Y bien? —su voz tenía filo y cansancio.
Le conté, sin adornar, entre sorbo y sorbo de licor raro, lo que había aprendido: hay híbridos de piel y hueso, pero también de recuerdos y esperanzas. El verdadero cambio es ser plural sin traicionarse.
Sceel asintió — por primera vez, sin sombra de desconfianza — y deslizó un sable sobre la mesa.
— Entonces, la ciudad tiene una oportunidad. Tómalo.
Salí de la taberna con el arma y la sensación de que algo, en el fondo, había mutado más allá de la carne. La noche olía ahora a traslación y promesa.
En las murallas de Valtheris, bajo las lunas flotantes, sentí el latido del Compendio en mi interior. Éramos muchos y éramos uno. La ciudad, como sus habitantes, debía aprender a aceptar sus contradicciones: a cuidar el fragmento y la suma, lo humano y lo extraño.
Y sí, mi cadera aún chirriaba. Pero era, finalmente, el sonido de un país de metamorfosis. El júbilo cruel de saber que al borde del abismo no sólo aterriza el exiliado. A veces, también, echa a volar el que más lo necesita.
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