Portada del relato Sistemas de Mezcla
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Fragmento:


La sesión fue clínica: una cápsula de vidrio, música pop arrulladora y preguntas difíciles que los nanobots absorbían sin emitir juicios. "¿Qué te atrae más: lo familiar o lo imposible?" preguntó la voz virtual mientras yo, medio adormecide, reía y contestaba: "imposible, por supuesto". Un chasquido. Un cosquilleo. Cuando desperté, me sentía vasto como el cielo cuando hay tormentas en las planicies eléctricas.

Duración: 07:53

Sistemas de Mezcla
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Texto de ajuste de pausa.

No tengo recuerdos mórbidos antes del procedo, solo vagas sensaciones de un yo anterior que encajaba en las viejas cuadrículas. Me llaman Lira ahora, y los filetes de género que respiran bajo mi piel son mi mayor secreto. Es probable que las autoridades del Barrio Quinton —esos arcaicos dogmáticos con implantes cerebrales de bajo costo— nunca lleguen a sospechar la naturaleza exacta de mi composición. Eso no me tranquiliza. Al contrario, hace que la presión en mi garganta suba cada atardecer, cuando las luces organodiodas empiezan a chisporrotear al compás de la música.

Antes éramos líneas rectas, así lo decían los viejos archivos: hombres, mujeres, neutros. Luego llegó la revolución de mezcla. Una fusión —primero teórica, luego biológica, después social— de cuerpos y roles. El Proyecto Quimera, lo llamaron. El nombre estaba mal elegido; no éramos monstruos, solo soluciones provisionales a un malestar creciente.

Todo cambió en la Noche de las Especies. Allí introdujeron el protocolo Óptimo Híbrido (POH): una secuencia de nanobots, repleta de instrucciones ambiguas, que reescribía los tejidos vinculados con el género, la identidad, la manera de tocar y de hablar, y, lo más importante, la forma de desear. Me inscribí por aburrimiento. Entonces era Miko y tenía ansiedad por pertenecer a algo.

La sesión fue clínica: una cápsula de vidrio, música pop arrulladora y preguntas difíciles que los nanobots absorbían sin emitir juicios. "¿Qué te atrae más: lo familiar o lo imposible?" preguntó la voz virtual mientras yo, medio adormecide, reía y contestaba: "imposible, por supuesto". Un chasquido. Un cosquilleo. Cuando desperté, me sentía vasto como el cielo cuando hay tormentas en las planicies eléctricas.

Los primeros días fueron promisorios. Nadie a mi alrededor detectaba el cambio. Ni mis compañeros de habitación, ni las tiendas de aromas de la Calle Reverso, ni siquiera el escáner de género en el Centro de Seguridad. Intuía, sin embargo, una posibilidad de error. Era tanto lo que podía llegar a experimentar que gasté semanas explorando solo a ras de piel: la combinación de vellos y suavidades, la ondulación asimétrica de las caderas al caminar, los destellos de deseo ajustables que ahora eran míos sin pedir permiso a un software de consentimiento.

La mezcla más profunda llegó cuando intenté depilar mi psique. Frente al chip de interfaz holográfica, los menús se expandieron: "configura tu voz según el entorno", "activa patrones de lenguaje neutro", "mezcla emociones básicas para resultados novedosos". Jugué con los parámetros hasta que me harté de tantas combinaciones. Flashbacks brutales —un gemido con melodía masculina-creciente, un guiño de cejas con chispa femenina-cristalina— me asaltaban en espejos, puertas automáticas, incluso ventanas oscuras. ¿Podría estar condenado a ser siempre "entre" y nunca "uno"? Aparentemente, eso era lo deseable. Oficialmente, el gobierno lo llamaba "adaptabilidad".

Me enamoré por primera vez del híbrido que habitaba el tercer piso, Ifris-7. No podía discernir ni un patrón fijo en su (sus) miradas. A veces, el dorso de la mano irradiaba testosterona; otras, un sutil aroma a progesterona me hacía girar la cabeza; de pronto, el contorno de sus caderas me remitía a los dibujos antiguos de diosas-dioses sin taxonomía. En algún momento, nos besamos —el roce de lenguas poliméricas, la danza de pezones multiformes. Nunca supe cuál de sus versiones besaba cuál de las mías. Pero en esos momentos yo era todas y ninguno.

Comenzamos a frecuentarnos. Ifris era parte de un grupo clandestino que rechazaba el POH, añorando la polaridad vieja. Hablaban con nostalgia de los días en blanco y negro: chico, chica, nada más. Una noche, bajo las luces semiorgánicas del club Cronozona, le pregunté por qué. Su voz líquida vibró en mi oído: "La mezcla nunca termina, Lira. Un día, el algoritmo decidirá que debemos ser cien, y al siguiente, mil. dejarás de reconocerte en el espejo".

Lo que no sabíamos ese día es que los algoritmos también se aburren.

En el tercer año, algún programador de emociones en la Quinta Comuna probó un hackeo: intersecaron la matriz de deseo con la de memoria, haciendo posible la nostalgia de géneros nunca vividos. El resultado: generaciones de cuerpos añorando órganos, anhelando orgasmos que no sabían describir. En las calles, la gente empezó a fundirse en abrazos complejos —tres, cinco, a veces más, buscando trayectorias efímeras en nuevas combinaciones.

Para entonces, yo vivía en el margen. Fuimos desplazándonos, mezclados pero marginales. Las autoridades temían las variantes imprevisibles. "Demasiada mezcla," clamaban los telediarios. "Posibilidades fuera de control." Se instauraron los Puros: humanos y humanas restaurados quirúrgicamente. Los carteles eran explícitos. "Vuelve a ser quien eras. Seguridad garantizada. Género gratis hasta agotar stock."

Una noche, Ifris no apareció. Sus mensajes, antes emborronados con emoticones ininteligibles, se convirtieron en silencio digital. Investigué —o más bien, aprendí a acechar redes privadas— hasta descubrir la verdad oculta: el primer laboratorio anti-POH había abierto en las afueras, en el sótano de una clínica abandonada. Testimonios de ex-híbridos proliferaban: "Sentí nostalgia, primero; después, solo ausencia".

No pude soportar la idea de perder mis injertos de yo. Necesitaba entender qué había en ese sótano. Vendí dos de mis recuerdos voluntarios —un largo baño compartido con Ifris y el perfume de la primera vez que nos atrevimos a mezclar sombras— a cambio del código de acceso.

Bajé por las escaleras de frío cemento. Disimulé mi temblor alterando mis niveles de coraje en la interfaz cerebral. Al atravesar la pesada puerta oxidada, vi camillas, bisturís, tanques de desecho biológico. Y, al fondo, un cartel desvaído: "Declara tu género, era una consigna, no una pregunta auténtica".

El técnico principal era una mujer/hombre anciana, de ojos stalactita, manos eficientes. Me miró sin sorpresa: "¿A qué recurrirás, Lira? ¿Vas a purificarte?"

"No. Solo quiero saber por qué la mezcla duele tanto y por qué quiero conservarla aún cuando duele."

Ella (él) sonrió, gesto ambiguo: "Porque el dolor es la fricción entre lo que somos y lo que la programación nunca terminó de definir."

Vi cuerpos en reparación. Sabía que algunos imploraban un fin a la mezcla; otros, una restauración aumentada. Revisé mi reflejo en un tablero quirúrgico: era hermoso, indefinido, peligroso y, sobre todo, irrepetible. Entendí que no habría respuestas justas para mi pregunta. No elegimos el vórtice, solo caemos en él.

Hice mi camino de regreso a la ciudad. Ifris jamás volvió. Dicen que su código quedó deshecho, que ahora es otra versiones, polvos de géneros, recuerdos esparcidos en la red, semillas posibles para nuevas mezclas. A veces siento su presencia cuando cierro los ojos y dejo que la matriz tenga el control, aunque sea por unos segundos.

La ciudad avanza, indiferente, gritándonos que el futuro es siempre mutación. Me adapto cada día, negociando con la interfaz, lanzando dados con el deseo, creciendo y contrayéndome. Mi piel sigue respirando filetes de género, y cada vez que me miro en un espejo, celebro: no por lo que fui, ni por lo que seré, sino por todos los híbridos que aún puedo inventar.

Esta es mi única certeza: somos ecos del primer error, himnos al azar de la mezcla, y si duele, es porque vivir en el vínculo es el único camino hacia cualquier lugar que valga la pena explorar.

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