Portada del relato Estirpe de Sombras
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Fragmento:


El humo azul oscuro serpenteaba en la semipenumbra del salón frigorífico, ocultando en sus remolinos una docena de figuras quietas. Había silencio en la atmósfera presurizada salvo por el deslizamiento sutil de los respiradores internos, filtrando el polvo cáustico de las colonias. El centro de la estancia estaba ocupado por la mesa quirúrgica. Sobre el acero titilante y bajo los focos, descansaba el cuerpo desnudo de una mujer joven, todavía atada con sogas de fibra sintética y esquirlas de miedo clavadas en las pupilas. No gritaba. No podía, desde que le extirparon la glándula vocal con la precisión lenta y metódica del cirujano híbrido que la estudiaba ahora, bisturí extensible en la mano de hueso ornamentado.

Duración: 08:19

Estirpe de Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

El Límite de la Carne

Herederos del Entre-Mundo

El humo azul oscuro serpenteaba en la semipenumbra del salón frigorífico, ocultando en sus remolinos una docena de figuras quietas. Había silencio en la atmósfera presurizada salvo por el deslizamiento sutil de los respiradores internos, filtrando el polvo cáustico de las colonias. El centro de la estancia estaba ocupado por la mesa quirúrgica. Sobre el acero titilante y bajo los focos, descansaba el cuerpo desnudo de una mujer joven, todavía atada con sogas de fibra sintética y esquirlas de miedo clavadas en las pupilas. No gritaba. No podía, desde que le extirparon la glándula vocal con la precisión lenta y metódica del cirujano híbrido que la estudiaba ahora, bisturí extensible en la mano de hueso ornamentado.

El Doctor Varrin contemplaba su obra con la devoción embriagada de un artista viejo y cruel. Encima del delantal transparente de bioplastia, las manchas púrpuras y verdes eran gala de un linaje manchado de ciencia prohibida. Observó a la joven mientras su ayudante, una criatura andrógina de exoesqueleto metálico y músculos de polímero, le pasaba una de las placas de identificación.

–¿Sabes quién es ella? –La voz era ronca, moldeada por microcircuitos tras años de mutilaciones voluntarias–. Su ADN es casi puro. Apenas un 3% de inserciones sintéticas. Estos son los que más duelen, los que insisten en creer en la pureza –musitó, sonriendo con dientes postizos de bandera blanca.

El asistente no respondió, pero movía la cabeza ahuecada de cables como dando la razón por automatismo programado.

Más allá, oculto tras las cortinas de microfibras y espectros errantes del humo, estaba Halen. No era el nombre que le pusieron, pero sí uno de los muchos que eligió luego de la primera crisálida. Halen era híbrido de tercera generación, nacido en los laboratorios esclavos del Terraplén Oscuro, criado por animalistas corporativos y vendido años más tarde a la Liga de los Mejores. La metamorfosis de su cuerpo le costó la infancia y la noción de género, pero le dio otras ventajas: fuerza casi inhumana, reflejos veloces y la capacidad, única y desesperada, de alterar su código genético a voluntad, absorbiendo matrices de carne y metal indistintamente. En esa mezcla de esencia y repuesto, Halen había aprendido que la verdadera humanidad, el arte de sobrevivir, era violencia y deseo, depredación y placer.

Por eso, Halen estaba allí. No porque quisiera desafiar a Varrin, sino porque la clienta de la mesa tenía ojos del mismo color que el primer amor amputado en la infancia.

La mayoría de los híbridos, desde que la Guerra del Génesis dividió la humanidad en clanes rivales, mutantes y puristas, solo sabían obedecer. No Halen. Sus años en los prostíbulos médicos, en las fosas de transformación, en los enjambres de criaderos, le enseñaron que obedecer era una forma lenta de morir.

Varrin alzó la cabeza mecánica, sus lentes multifacéticos parpadearon con destellos heliotropo.

–Esta noche la recordarán, Halen. A ti también, si sobrevives. ¿Has hecho tu elección? ¿Te has decidido por la carne, o por la máquina?

El silencio era la única respuesta decente ante preguntas idiotas. Por eso, Halen sonrió y acarició la hoja oculta bajo el puño derecho, una célula madre afilada como promesa de vida y muerte.

*

Resumían el conflicto –los profesores, los archivistas, los doloristas– como un choque de paradigmas biopolíticos. Pero en los pasillos de las ciudades enterradas, donde la vida segregaba salvajes y cazadores, lo entendían de manera más simple: o te convertías, o eras alimento de los que sí lo hacían.

Halen recordaba cómo el doctor había sido antes un puro; arrogante, hermoso, intocable. Entre él y la generación de Halen no media la edad, sino la arrogancia del que se cree irreemplazable. Antes, antes de todas las transformaciones, Halen también había sido alguien diferente. En los archivos robados de su memoria, brillaban imágenes de ternura, de sudores entrelazados en la penumbra de un dormitorio pequeño, de risas y voces. Y de rabia, mucha rabia, cuando una noche la policía genética irrumpió, mató a la amante, descuartizó sus matrices y lo arrojó como residuo biológico al incinerador.

Halen, con el tiempo, aprendió a renacer. Reconstruirse no era fácil, pero sí inevitable. Nunca adoptó el mismo género dos veces seguidas; cada fase traía consigo nuevos apetitos, nuevas formas de placer y deseo. En los rincones mas oscuros de las ciudades-subterráneo, Halen compró cuerpo tras cuerpo, insertando y borrando partes, buscando la combinación perfecta que le garantizara, algún día, poder vengarse de los Varrin del mundo.

*

En la mesa, la joven pura clavaba aún la mirada en el techo, más allá de la esperanza, esperando el momento en el que la conciencia colapsaría. Varrin ajustaba el bisturí lumínico, preparado para iniciar el “segundo acto”: transferencia de núcleo, hibridación forzosa, la marca patentada de los Esculpidores.

No vio venir a Halen. Nadie lo hace, cuando quien ataca es una sombra que flota entre género y forma, entre animalidad humana y circuitos de combate. Bastó el destello cromático de las púas internas –modificadas durante semanas con toxinas y venenos de laboratorio– para abrir el cuello del ayudante. El líquido neural brotó en chorro irisado. Varrin giró, vio el brillo metálico en la cara de Halen y musitó un nombre prohibido, mezcla de horror y deseo.

–Sé lo que buscas –siseó Halen atravesando la mesa, apartando a la prisionera y empujando al doctor hacia los frascos incandescentes.

Varrin no opuso resistencia. En el chaleco llevaba un estimulador de emociones. Lo activó, pistones rugiendo, lanzando una onda embriagadora de miedo y febril lujuria a todos los presentes. El aire chisporroteó: la pasión ardía tanto como la repulsa al contacto carnal de los cuerpos transformados.

Halen casi perdió la noción de sí mismo, de sí misma, de sí mismx. Las neuronas encendieron rutas viejas, ritmos narcóticos. La carne deseaba doblarse, plegarse en busca de otra carne; los circuitos internos inyectaban dopaminas indetectables. El olor de la joven pura quemaba la pituitaria. Varrin sonrió, delegando el mando de la situación al instinto.

–Seremos uno, Halen. Tú y yo. Ella. Todos. Lo sabes. La hibridación no es solo supervivencia. Es placer –confesó, acercándose, esculpiendo con la voz imágenes de cuerpos fusionándose en éxtasis y horror.

Halen estaba preparado. El bisturí genético surgió plegado en la mano izquierda, la hoja vibrando con mil nanobots a punto de ebullición. Apuntó al corazón del doctor y clavó con un movimiento donde el deseo era más agudo: allí donde la máquina se unía a la carne, donde el placer imposible y el dolor máximo se enamoraban a la fuerza.

Los dos cayeron, enlazados en una danza de bytes y sangre, de pulsos eléctricos y orgasmos repentinos. Cuerpos abiertos, expuestos, descontaminados de toda pretensión. A su alrededor, el salón se llenó de los goteos de esa mezcla impía: nueva biología, nueva pulsación, nuevo límite.

La joven pura intentó gritar, pero su garganta era un lecho seco sin cuerdas. Su miedo atravesó las paredes y, en algún momento, se volvió curiosidad: se asomó a los cuerpos enredados, su propia carne pidiendo respuestas que la pureza jamás le dio.

Al final, cuando la explosión del núcleo neural barrió la sala y dejó a los supervivientes sangrando y exudando esas nuevas feromonas, solo quedaron tres figuras entrelazadas: Varrin muriendo pero satisfecho, Halen mutando otra vez bajo la influencia de los gritos químicos del adversario muerto, y la joven, como testigo y partícipe involuntaria del nacimiento de una estirpe nueva.

Aferrados los tres en esa penumbra, invadidos por el sudor y el miedo, Halen comprendió la verdad final de su linaje: la humanidad no era carne ni metal, sino esa virulenta mezcla de ansia, supervivencia y goce. Ninguno de los tres saldría de ahí igual nunca más. Quizá sobrevivieran. Quizá no. Pero el híbrido, género y monstruo, ya había vencido.

El futuro se perfilaba derramándose en los suelos del laboratorio: tan inestable, tan impuro, tan inevitablemente humano.

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