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Ningún inventor de máquinas del tiempo murió satisfecho, pero eso Jimmy K. Weems no podía saberlo en el año 2057, tumbado en el tejado de su edificio, comiendo cereal de chocolate con o sin leche —eso tampoco lo tenía claro— y mirando la luna fake, aún temblorosa, que orbitaba sobre Manhattan como una bailarina con vértigo. Jimmy ya trabajaba para TimeTorrent, la corporación/sociedad secreta/secta que vendía escaparates temporales a ricos desesperados por corregir cosas en su pasado. Claro que no les vendían viajes reales a sus propios ayeres —las paradojas eran carísimas— sino ingeniosas simulaciones que les hacían creer durante unas pocas horas que sí lo lograban. Jimmy, sin embargo, sospechaba que el negocio era una estafa mayor de lo que parecía, y que los agujeros en la memoria de los clientes no eran un efecto secundario indeseado, sino la única verdadera mercancía.
Era martes, o eso creía, aunque los días en el laboratorio de TimeTorrent giraban como dados mal cargados y, a veces, regresabas a tu apartamento sintiendo que dos días se habían enredado en uno solo. Jimmy atravesó el lobby de su edificio —recordando por tercera vez hoy la extraña sonrisa del portero de dientes plateados— y subió al ascensor. Se reflejó en el espejo, le devolvió una expresión y sospechó, por un momento, que había olvidado cómo se llegaba a su piso.
Subió, y como si el cielo esperara su llegada, una lluvia holográfica comenzó a chisporrotear contra las ventanas del pasillo.
¿Hay más de una línea temporal? le preguntó, con su habitual sorna, su colega Regina con la que se comunicaba a veces por pensamientos compartidos vía infracorriente. ¿O sólo estamos viendo el mismo chiste por distintos espejos?
Jimmy sonrió. O lo intentó.
Esa noche, a falta de algo más válido, desempolvó un antiguo juguete de realidad aumentada: la segunda edición del “Simulador de Crononautas”, obsequio deteriorado de la segunda exesposa de su exnovia. Lo encendió por nostalgia, o por desesperación, y se dejó llevar por uno de los tutoriales: “¿Cómo sería tu vida si no hubieras aceptado el trabajo en TimeTorrent?”. Comenzó la simulación, y enseguida, una realidad alternativa tomó las riendas.
Jimmy vio y fue a otro Jimmy: uno que nunca se unió al club de los relojeros de la memoria, sino que se marchó a un pueblo de Montana, donde diseñaba algoritmos para catalogar sentimientos de vacas. Era aburrido, sí, pero a ese Jimmy no le faltaban ciertas risas ni un calor distinto, amargo y tranquilizador. Cuando la simulación terminó, Jimmy tembló, tuvo arcadas y luego rió tanto que asustó al gato-algoritmo que cuidaba de su nevera inteligente.
Por desgracia, el juguete había quedado interferido por algún zumbido externo —quién sabe si las corrientes de TimeTorrent o el portero de dientes plateados— y no pudo cerrarlo. Por el contrario, comenzaron a surgir más historias posibles, y cada noche, al quedarse dormido, Jimmy se despertaba en otro mundo posible: una vez fue un explorador digital del Atlántico Norte, otra un coleccionista de recuerdos ajenos, y una vez, incluso, un ladrón de cuadros en una París donde todos los museos flotaban en el aire.
Amanecía, y su apartamento a veces tenía olores a sopa de cebada, a veces a perfume barato, y un día despertó abrazando una sudadera azul que no recordaba haber comprado —ni haber robado.
Al principio, lo atribuyó todo al cansancio. Después, a TimeTorrent: se convenció de que alguna derivación del trabajo había comenzado a filtrarse en su conciencia. Regina se reía cuando le contaba sus pesadillas diurnas.
—Esto es lo que los jefes llaman desgaste narrativo, Jimmy. Si mueres en una historia y vuelves en otra, ¿no crees que al final sólo eres alguien que narra versiones infinitas de sí mismo, a ver cuál le sale bien?
Jimmy necesitó varias cervezas y un dolor de muelas para convencerse de que, tal vez, la versión correcta era la que más quemaba.
Hasta que un jueves —de nuevo, estaba casi seguro de que era jueves— una voz lo sorprendió en el baño mientras se cepillaba los dientes.
—¿Vuelves a arrepentirte? ¿O sólo huyes de la actualidad?
Jimmy, asustado pero no tanto como debería, escupió pasta de dientes verde y buscó la fuente en el espejo: su reflejo, por supuesto, tenía hoy una cicatriz bajo el ojo izquierdo y el pelo más largo. El reflejo le sonrió y guiñó un ojo. Entonces comprendió que las líneas temporales, a fuerza de recorrerlas con la imaginación, podían empezar a rozarse hasta dejar marcas.
El lunes siguiente —imposible que no fuera lunes con esa resaca— TimeTorrent asistió a una asamblea de emergencia: habían detectado que varias líneas de tiempo, usualmente resistentes e impermeables, comenzaban a filtrarse una sobre otra, permitiendo a ciertas personas ver o robar recuerdos de vidas que jamás habían vivido. Uno de los jefes, un hombre enjuto, canoso como una edición crítica de Ray Bradbury, dijo que tal vez era hora de reescribir las instrucciones.
Jimmy pensó entonces en el Simulador de Crononautas, en su colección involuntaria de anécdotas dispares y, por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo. El miedo del que ha olvidado cuál de todas sus versiones posee el recuerdo correcto que lo sostiene como verdadero.
Regina lo arrastró a un bar subterráneo.
—Esto va a acabar en incendio emocional —dijo, levantando su vaso—. Te lo apuesto.
Bebieron. Jimmy intentó recordar cómo terminó la noche y fue inútil. Se lo preguntó a Regina una semana después, pero ella respondió:
—Yo no estaba ahí. Tú lo soñaste.
Jimmy supo que había perdido, al menos, una línea temporal en el camino. Imaginó a sus duplicados caminando mundos desconocidos: uno aprendía a tocar la trompeta con las piernas, otro se casaba con una orquestadora de relojes invisibles, y otro, sólo uno, conseguía dormir ocho horas seguidas.
Pasaron los meses y TimeTorrent implementó medidas. Sellaron bucles, depuraron cruces. Decían que lo lograron. Pero Jimmy, cada cierto tiempo, abría el Simulador. Sólo para curiosear. A veces, por las noches, el reflejo del espejo ya no era él, y él tampoco era Jimmy. Podía nombrarse Jonas, Francis, Yulia —una vez fue Yulia y toda la tarde lloró por un hermano que nunca supo si existía.
Llegó la revolución de los narradores interiores. Una facción de ex-empleados de TimeTorrent, liderada por una tal Lucienne del sur de Francia (o quizá tres versiones distintas de Lucienne), comenzó a piratear narrativas, vendiendo espacios de memoria de vidas posibles en el mercado negro sentimental. Era peligroso y caótico, pero los adictos a los “si hubiera” pagaban fortunas. Pronto, los barrios de Manhattan estuvieron infestados de tiendas clandestinas de memorias robadas: “Sea un poeta haitiano, sólo esta noche”, “Viva como asesino souvenir, thrillers garantizados”, “Pierda a un amor que nunca tuvo, descuentos por nostalgia múltiple”.
Jimmy se dejó arrastrar. Una vez vivió tres versiones de su propio funeral. Otra, fue la mujer que nunca quiso ser y la amó tanto, en la fracción de madrugada en que fue ella, que supo que jamás podría regresar entero.
Un día, harto, persiguió a Regina—o a alguien parecido— por uno de esos mercados, hasta dar con el portero de dientes plateados, quien, al verlo, le preguntó:
—¿Tú eres el verdadero Jimmy, o uno de los otros?
Jimmy soltó una carcajada hueca. No tenía respuesta.
—Depende el día —dijo.
El portero lo acompañó hasta una puerta diminuta, marcada con la fecha del día en que Jimmy, real o soñado, había aceptado el trabajo en TimeTorrent.
—Tienes dos opciones —dijo el portero—. Puedes cruzarla y verte finalmente a ti mismo, completo, en la única línea temporal que jamás volverá. O puedes seguir explorando, y tal vez descubrir que nunca fuiste siquiera un original.
Eso era todo. El dilema de cada narrador consciente de sí: ¿confieso o sigo elaborando versiones mejores?
Jimmy basculó. La puerta abierta. El vacío. El eco de mil vidas.
Sonrió y dio media vuelta, dejando atrás la puerta, convencido, por fin, de una verdad fundamental: sólo tenemos una línea temporal, la que recordamos mejor. Las demás, si existen, son sólo espejos temblorosos atrapados en otra memoria.
Afuera, la luna fake bailaba sobre Manhattan, y Jimmy, cualquiera de ellos, eligió quedarse sólo en este martes. O en ese lunes incierto. O en ningún día en particular.
Pero siempre con la esperanza de recordar, hasta el final, en qué historia se quedó a vivir.
FIN.
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