Portada del relato Hijos del Mosaico
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Un mensaje parpadeó en su retina: DANILO 8:30. Cuatro meses sin verlo desde su última discusión por la diferencia entre “alterado” y “mejorado”. Tamira preparó la emulsión matutina: ácidos nucleicos, proteínas exóticas, sabor a fresa artificial. Su digestión, adaptada a ello, aceptaba los nutrientes programados con una respuesta de euforia leve; un lujo pequeño pero importante en su clase social.

Duración: 08:49

Hijos del Mosaico
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Texto de ajuste de pausa.

***

Por las mañanas, Nueva Belarús olía a ozono y formaldehído. Tamira se despertó sintiendo el ritmo familiar de su implante cardíaco acompasando su pulso. Las máquinas en el dormitorio respiraban suavemente junto con ella, ajustando la composición atmosférica según las fluctuaciones de su sangre. No era solo lujo: era supervivencia, y su código genético personalizado exigía entornos cuidadosamente calibrados. Lo deseó, pagó por ello, y así cada día y cada inspiración eran un recordatorio de su estatus.

Se levantó deslizándose por el tatami, la piel translúcida de sus pies absorbiendo la luz difusa. En el espejo, las venas azules y verdes pululaban delicadas y superficiales bajo la piel modificada. Se tocó el hombro, donde un leve resplandor marcaba la interfaz subcutánea para el control nervioso: su adicción y salvación, regalo de un biocirujano enamorado.

En los enormes ventanales, la Ciudad Espiral se extendía bajo una pátina de nubes rosas, mezcla de polen nanotecnológico y desechos de los distritos bajos. Sus habitantes- los "originales"- campeaban entre rascacielos orgánicos, mientras más allá, en la periferia, los “corregidos” y otros parias vivían bajo domos plásticos, sin acceso los tratamientos de vanguardia. Un jardín cultivado con precisión moral y genética.

Un mensaje parpadeó en su retina: DANILO 8:30. Cuatro meses sin verlo desde su última discusión por la diferencia entre “alterado” y “mejorado”. Tamira preparó la emulsión matutina: ácidos nucleicos, proteínas exóticas, sabor a fresa artificial. Su digestión, adaptada a ello, aceptaba los nutrientes programados con una respuesta de euforia leve; un lujo pequeño pero importante en su clase social.

Danilo llegó puntual, su piel uniforme y el cabello simétricamente cortado: aún conservaba una estética de homogeneidad, aunque bastaba una máquina para mapear las capas de refinamiento que lo distinguían de un simple "naturista". Las primeras palabras los eludieron; habían pasado de amantes obsesivos a competidores genéticos sin siquiera notarlo.

–¿Sigues con la Red de Mejoras? –preguntó él, sentándose frente a una mesa donde las superficies reaccionaban al pH de la piel.

–Mejorando, sí. Creando otra versión de mí misma, con menos errores– Tamira sonrió sin humor. –¿Y tú, tienes algo nuevo bajo esa piel tan perfecta?

Danilo tocó el lóbulo de la oreja, donde un tatuaje de bioluz danzaba bajo su pulso sanguíneo.

–Unos microincrustados para la memoria emocional. Recuerdos selectivos. Los más dolorosos, los canjeo por experiencias manufacturadas. Me ayudan a... distinguir las cosas esenciales.

Tamira se permitió admirarlo un instante; los biotecnólogos habían cuidado que no mostrara asimetrías, ni siquiera en la tristeza. Sin embargo, había un brillo febril en sus ojos: la presión constante del perfeccionamiento, la vigilancia de los linajes.

–¿Todo por la próxima generación? –dijo ella suavemente.

Ambos sabían que el costo real del privilegio era estar siempre a un paso del defecto, la mutación inadvertida, o el error que convertiría a sus hijos en ciudadanos de segunda clase. En Nueva Belarús, la ley era clara: cada característica debía ser solicitada, planificada, evaluada y aprobada. El Comité de Diversidad Genética determinaba quién podía introducir variantes, quién debía conformarse o, peor aún, ser estéril.

–¿Recibiste la invitación para el “Simposio del Futuro”? –preguntó Tamira, cambiando de tema.

Danilo asintió. El evento era famoso: una pasarela genética donde los últimos refinamientos se exhibían como moda. También, un mercado negro encubierto para alteraciones ilegales, y un punto de encuentro de la disidencia.

–Iré. –dijo él después de una pausa– Llevaré mi último trabajo. ¿Vienes conmigo?

No hacía falta que respondiera. Supo que iría, aun sin compartir el entusiasmo por exhibirse. Tenía otros motivos: la Mesa de los Corregidos había solicitado su apoyo; necesitaban una intermediaria en la aristocracia genética. Y, aunque el riesgo era máximo, el aburrimiento y el sentido de justicia bullían fuertes en sus venas.

El Simposio se celebró en el domo principal, bajo cúpulas semitransparentes con filigranas orgánicas que pulsaban suavemente al compás de los ritmos circadianos. Aquello era un carnaval de cuerpos: brazos con texturas de obsidiana, cráneos tallados en fractales, ojos capaces de percibir treinta longitudes de onda. Modelos semidesnudos mostraban pieles con patrones que cambiaban según los olores, la luz, o el estado de ánimo de la multitud.

Tamira caminó entre ellos sintiéndose anticuada, a pesar de portar implantes de reacción neural y venas de fibra óptica. Los “originales” hacían alarde de sus alteraciones, hablando de la siguiente frontera: la edición germinal sin restricción, la automejora continua, incluso las “mezclas especiativas” ilegales.

En el ala privada, el aire olía más ácido, y las discusiones bajaban de tono. Allí Tamira encontró a sus verdaderos contactos: Aleksei, el portavoz de los Corregidos, no era un hombre completo. Sus padres, imposibilitados de pagar la lista completa de mejoras, habían negociado por sus capacidades intelectuales a costa de la simetría física. Parecía un mosaico: un brazo atrofiado, el otro de polímero flexible, ojos con diferencia de luminosidad. Pero su mente era un bisturí.

–¿Preparada para el intercambio? –preguntó él, voz deprimentemente carente de modulaciones, como un procesador viejo.

Tamira asintió. Sacó el microdisco: la secuencia prohibida, capaz de restaurar ciertas mutaciones a estatus deseable, revirtiendo capas de discriminación legalizadas.

–Es peligroso para ambos –murmuró–. Si el Comité rastrea esto...

Aleksei la miró con una emoción indescifrable.

–Moriríamos, o seríamos diseñados de nuevo como advertencia. Como quisieron hacer con mi hermano: lo declararon un “error” y lo re-codificaron a cero. Solo por una mutación en la melanina.

Danilo apareció en ese instante, su sombra puliendo la escena como un pulgar sobre una herida.

–No puedes fiarte. Ellos también desean el status quo –dijo, mirando a Aleksei–. Solo buscan igualarse para después reclamar superioridad.

Tamira lo encaró, la tensión familiar resucitando. ¿Era acaso diferente Danilo, con su afán de perfección, de aquellos que legislaban la pureza genética? ¿Qué diferencia había entre querer evitar defectos y consolidar nuevos linajes de élite?

–¿Dónde queda entonces la elección? –preguntó, y su voz cortó la atmósfera aromática del domo, atrayendo la atención de los circundantes.

Una figura nueva se acercó: Kiri, parte de la disidencia espectral. Su piel era de un gris plomizo, las líneas genéticas deliberadamente trastocadas para exhibir anormalidad. En vez de rechazo, vestía ese diseño como un manifiesto: belleza en la desviación.

–La elección muere en cuanto el genoma es mercado –dijo Kiri, con voz que vibraba como emulsión eléctrica–. Aquí no hay enfermedades, solo pobreza legalizada.

Tamira supo entonces que la revolución no vendría de reprogramar secuencias o de legislar nuevas normas. La rebelión florecería en la admisión del azar, la aceptación -incluso celebración- de la imperfección. Lo supo de golpe, y el vértigo la hizo apoyarse en una mesa bioluminiscente, viendo en los reflejos la danza de los cuerpos nuevos, sus viejos errores y los sueños inconsistentes.

El Simposio continuó en una orgía de alteraciones y debates, transacciones sutiles y manifiestos susurrados. Al alba, Tamira se halló a sí misma caminando solitaria por la terraza viva, la ciudad extendiéndose como un organismo complejo, irresistible y cruel. Observó el horizonte y pensó en su propia herencia: ¿Acaso no era ella misma una suma de errores y correcciones, una iteración más en la búsqueda por la belleza y la perfección?

Una notificación en la retina: “El Comité solicita tu declaración”. Significaba vigilancia, interrogatorio, posiblemente reconfiguración. Tamira cerró los ojos; la decisión no sería suya. Nadie, en esa ciudad, era dueño pleno de sí mismo; todos, originales o corregidos, bailaban al ritmo de los designios genéticos impuestos por quienes detentaban no solo la tecnología, sino la definición misma de lo que vale la pena conservar.

Y sin embargo, sintió algo inesperado en el pecho. Si sobrevivía, si lograba pasar desapercibida, tal vez su siguiente versión sabría ser imperfecta con orgullo. Tal vez algún día, en Nueva Belarús, el genoma dejaría de ser destino y la carne, finalmente, sería libre.

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