Portada del relato El Laberinto de Selinón
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Vivía Selinón en la Ciudad Eleática, un cúmulo en forma de doble espiral donde el tráfico era lento pero las ideas florecían como algas de silicona en una corriente eléctrica. Entre sus contemporáneos, circulaban historias sobre ciertos cónclaves ocultos, individuos capaces de plegar los instantes como hojas de pergamino húmedo, reescribiendo el pasado igual que un poeta malhumorado corrige un verso. Intrigado más que asustado, Selinón dedicó tres noches y una tarde a rastrear la posible ubicación de estos arquitectos temporales. Nunca tuvo que buscar muy lejos; en la posada de los Espejos Radiantes encontró a Jela Purslane, quien, entre sorbo y sorbo de la infusión “Anacronía del Sur”, le narró un rumor: “En el sótano del Teatro Transparente han aparecido puertas selladas por relojes que laten hacia atrás”.

Duración: 08:24

El Laberinto de Selinón
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El primer síntoma fue la lluvia. Aquel día, Persón Selinón, matemático de vocación y olvidador de promesas, observó desde el ventanal la manera en que las gotas no se decidían a caer; flotaban a pocos centímetros del cristal, vibrando como cuerdas de violonchelo mientras intentaban elegir una trayectoria. Los objetos recientes de su vida –el abrigo todavía húmedo, el ejemplar del “Tratado de las Causas Antinómicas”, el reloj de bolsillo cuya cadena nunca descansaba exactamente sobre la misma arruga de su chaqueta– se le antojaron señales de una memoria cada vez más inestable. Si la lluvia no caía, pensó, tal vez el tiempo tampoco iba adelante.

Vivía Selinón en la Ciudad Eleática, un cúmulo en forma de doble espiral donde el tráfico era lento pero las ideas florecían como algas de silicona en una corriente eléctrica. Entre sus contemporáneos, circulaban historias sobre ciertos cónclaves ocultos, individuos capaces de plegar los instantes como hojas de pergamino húmedo, reescribiendo el pasado igual que un poeta malhumorado corrige un verso. Intrigado más que asustado, Selinón dedicó tres noches y una tarde a rastrear la posible ubicación de estos arquitectos temporales. Nunca tuvo que buscar muy lejos; en la posada de los Espejos Radiantes encontró a Jela Purslane, quien, entre sorbo y sorbo de la infusión “Anacronía del Sur”, le narró un rumor: “En el sótano del Teatro Transparente han aparecido puertas selladas por relojes que laten hacia atrás”.

Sin más desafíos en su agenda –su matrimonio hacía años que era un pétalo caído y su cátedra en la Universidad del Entendimiento Incierto le exigía solo la cordialidad de los ausentes–, Persón decidió seguir el rumor. Un jueves, auxiliado por el disimulo de la niebla golgotha, llegó al antiguo teatro. El portero, vestido con atuendo de época cuya moda no correspondía a ninguna década pasada o futura, lo dejó pasar con una sonrisa tan ambigua que era imposible catalogarla como bienvenida o advertencia.

En el subsuelo, entre maderas húmedas y vestigios de obras olvidadas, halló la puerta del reloj. Sobre su superficie, un reloj de manecillas invertidas giraba erguido, salmodiando sin sonido cada segundo. La manufactura era extraña, parecía de una época aún no soñada. Selinón apoyó una mano sobre la madera y sintió un pulso en la muñeca, como si una arteria oculta latiera al ritmo opuesto al de su propio corazón. Empujó.

Había un corredor más allá, un pasillo indeterminado en longitud y dirección, cubierto de cuadros cuyas escenas cambiaban según el lugar donde uno fijase la mirada: en una pintura, un niño apilaba relojes fundidos; en otra, un anciano recogía cenizas de lo que parecía ser su propio cuerpo. Y, tras ese corredor, una sala iluminada por docenas de lámparas, cada una sosteniendo un filamento suspendido en el acto de romperse.

En la sala, una docena de figuras discutía con palabras sosegadas pero intensas. Ninguno se volvió cuando Persón entró; uno a uno, parecían dar vueltas sobre sí mismos, hablando en círculos -lo que decían se convertía en preguntas al terminar la frase, y las preguntas volvían a transformarse en las mismas respuestas. Solo una mujer, a la que todos llamaban Primera y Última, lo invitó a sentarse.

“¿Por qué está usted aquí, Persón Selinón?”, preguntó con una voz que le resultó familiar y desconocida al mismo tiempo. “¿Busca usted el instante inicial, el punto de bifurcación, la raíz de su propio laberinto?”

El matemático intentó una respuesta erudita, pero solo balbuceó que pensaba que la causalidad era una ilusión y que, en todo caso, prefería enfrentarse a los enigmas directamente antes que huir hacia la ignorancia. Entonces ella rio –una risa silenciosa, como el viento detenido por la lógica de un niño.

“En esta sala,” explicó, “cada asistente es a la vez visitante e invitado. Cada uno de nosotros ha cruzado la puerta del reloj en direcciones contrarias. Aquí, los que llegan parten, y los que parten acaban de llegar. Tú también, Persón, ya estuviste aquí antes. Estás cumpliendo tu propio deseo de regresar.”

Negó con la cabeza, pero mientras lo hacía, un recuerdo lo asaltó: tenía seis años y su abuela le contaba historias sobre un salón donde se resolvían acertijos imposibles; recordaba aquel cuento como si recién lo estuviera viviendo. ¿Podía ser que estuviera en el origen de su propia memoria, el huevo y la gallina fundidos en un instante de asombro?

Los presentes en la sala debatían un dilema: si sabían que uno de ellos, mañana, evitaría una catástrofe haciendo un cambio ingenuo en el pasado común, ¿debían mantener el curso, sabiendo que la catástrofe original fue necesaria para traerlos hasta esa sabiduría? ¿O debían dejar que el improvisado redentor actuara, aunque su éxito borrara toda su memoria colectiva?

Primera y Última se levantó. “Te mostraremos, Persón, lo que nadie desea recordar.” Con un gesto teatral, lo condujo por una espiral de escaleras que ascendían y descendían a la vez, desembocando en un recinto donde, al centro, flotaba el “Relicario de la Media Noche”. Un óvalo de vidrio paradoxa se reflejaba infinitamente a sí mismo, pero en cada vuelta mostraba una versión distinta de la Ciudad Eleática: en una, reinaba la calma; en otra, llovían fragmentos de relojes; en una tercera, Selinón flotaba muerto sobre las ondas de un canal.

Las imágenes se alternaron hasta marearlo. Supo, sin vértigo, que el relicario era la cristalización de todos los posibles desenlaces de sus propias elecciones. Sin querer se le escapó una palabra: “Quiero salir de aquí”. Ella asintió. “Saldrás –o ya saliste, o jamás entraste. Porque esta sala y la puerta del reloj existen únicamente porque tú, en algún tiempo, decidiste o decidirás que existan. Las paradojas son sostenidas por voluntades tan obstinadas como ciertas promesas incumplidas”.

“¿Y si nunca hubiera abierto la puerta?”, arriesgó Selinón; “¿o si decido que jamás la volveré a cruzar?”

Primera y Última meditó un instante infinito. “Ello ya sucedió y sucederá. Algunos de nosotros somos proyecciones de esa duda. Otros, de tu decisión. Nosotros somos espejos de tus futuros posibles, pero sólo tú eres genuino en este fragmento de incógnita”.

Con vértigo lúcido, Persón sintió que el tiempo se curvaba alrededor de sus palabras, plegándose como los extremos de un círculo encontrándose en el centro. Estaba en todas sus memorias de llegada y salida a un mismo tiempo, prisionero de una libertad inabarcable. Abandonó la sala como quien se zambulle en agua quieta, eligiendo deliberadamente olvidar el camino por el que bajó, sabiendo que si lo recordara sería incapaz de regresar al mundo donde la lluvia aún no toca el suelo.

Cuando volvió al nivel de la calle, el portero –o su sombra, o su recuerdo– volvió a sonreírle con la misma complicidad ininteligible. Afuera, la lluvia había decidido finalmente ser agua y fluir hacia el abismo de las alcantarillas. Selinón colocó su abrigo, advirtió que el reloj de bolsillo marcaba una hora diferente a la anunciada por la campana pública de la plaza, y avanzó hacia el interior de la ciudad.

Sabía, con la ironía fatídica de los condenados al saber, que en algún instante sería su turno de sellar o abrir de nuevo la puerta del reloj, invirtiendo la corriente de los destinos. Que, quizás, su abuela era la extensión de uno de sus propios futuros, contándole a su yo infantil la historia que, sin saber, estaba viviendo y escribiendo ahora mismo.

El tiempo, pensó, no es una línea ni un círculo: es una espiral en la que cada instante es punto de partida y de llegada, tan solo depende de dónde uno decida mirar.

Así, entre los reflejos y las neblinas, Persón Selinón se alejó, dispuesto a perderse una vez más en el laberinto donde él mismo era su propio minotauro y su propio héroe, encadenado y liberado por la paradoja de querer entender, sabiendo que cada intento de resolver el misterio lo sumergía aún más hondo en la incertidumbre. Como todos los que cruzaron puertas selladas por relojes que laten al revés, entendió, finalmente, que la única paradoja imprescindible es la que sostiene la vida: la de elegir sin saber si alguna vez se podría haber elegido otra cosa.

En algún rincón, una voz –¿la suya, la de su abuela, la de Primera y Última, la de la ciudad o la del portero?– resonó:

“¿Estás seguro de no haber leído ya esta historia antes de que fuera escrita?”

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.