Fragmento:
La investigación que nos unió en la última década de nuestras vidas versaba sobre cronones correlativos: minúsculas unidades temporales, bastones invisibles con los que la realidad marca el compás de todo su movimiento. El propósito era simple, enunciado así: “Descomponer el tiempo en partículas manipulables y, mediante su control, inducir perturbaciones localizadas.” Los resultados, sin embargo, escaparon al domo de nuestras intenciones.
Duración: 09:34
Pesa sobre el caserón una luz oblicua y amarilla, la que se cuela a través de rendijas que el tiempo no ha logrado cerrar y que se arrastra como un reptil ansioso sobre las polvorientas baldosas. Hay una extraña tensión —me atrevería a decir, antinatural— en la atmósfera, como si alguna porción de la realidad se hubiese torcido por error, o sabotaje. La ciencia puede explicar muchas cosas, lo sé muy bien, pero no todas; y lo que aquí relataré excede los domos sencillos de la explicación mecánica o astronómica. El horror de esta historia es el de saber, y, peor aún: el de recordar.
Alexander Trunce era, en cierta forma, mi rival, aunque nuestro antagonismo no era del tipo vulgar que se calienta en las tabernas o los clubes de debate. Nos habíamos conocido en la Universidad de Durham, ambos devotos a los indolentes altares de la física cuántica. Él, de una mente chisporroteante; yo, más metódico, acaso menos predispuesto a los arrebatos de intuición temeraria. Nadie, ni Alexander ni yo, hubiese imaginado la clase de monstruos reales —no sólo teóricos— que podía engendrar una mente despeñada por la pendiente de la causalidad fracturada.
La investigación que nos unió en la última década de nuestras vidas versaba sobre cronones correlativos: minúsculas unidades temporales, bastones invisibles con los que la realidad marca el compás de todo su movimiento. El propósito era simple, enunciado así: “Descomponer el tiempo en partículas manipulables y, mediante su control, inducir perturbaciones localizadas.” Los resultados, sin embargo, escaparon al domo de nuestras intenciones.
Cuando Alexander me invitó a su mansión rural al norte de York, no pude sino asistir, atraído tanto por mi sincera preocupación como por la morbosa curiosidad de saber en qué abismos se había sumergido. Llovía con la tenacidad de los meteoros planetarios; sobre los cristales repiqueteaba una sinfonía de ignorancia y advertencia.
Me condujo hasta su laboratorio, una habitación donde la arquitectura gótica había sido profanada por la inserción de máquinas tubulares, electrodos trenzados y una esfera de cuarzo tallado, grande como un globe terráqueo. Todo estaba dispuesto en torno a la esfera, la cual parecía absorber más luz de la que reflejaba, pulsando a ritmo de algún corazón macabro.
“¿Sabes qué nos espera, Samuel?” preguntó Alexander, con la barba entrecana cubriéndole casi hasta el pecho. “Hay una grieta, apenas una hendija por donde asoma el otro lado del tiempo mismo.” Su tono no estaba exento de una especie de temor religioso. “He comenzado a oír voces. Voces que dicen ser yo. Y algo, tú, o quizás una sombra tuya, me ha hablado.”
“Alexander, necesitas reposo,” murmuré, conteniendo el impulso de reír. Su rostro estaba demacrado, los ojos más inyectados que de costumbre; no era éste el brillo de la embriaguez académica, sino el fulgor delirante de quien ya no sabe distinguir la frontera entre la mente y el universo.
“Te equivocas,” replicó él, casi dulcemente, y me tomó del brazo para conducirme hacia la máquina. “Anoche, mientras ajustaba los parámetros del campo cronónico, una sombra cruzó el laboratorio. No era humana, ni animal, sino una distorsión; el espacio se ondulaba a su paso como agua en torno a un remo. Después, los relojes comenzaron a retorcerse, sus agujas se deslizaban en círculos oblicuos, y el tiempo… el tiempo hablaba.”
Observé la esfera; había vértigos en su interior. Imagínese usted mirar a través de una lente enloquecida: los marcos familiares del entorno comienzan a distorsionarse, emergen dobles y triples contornos de las cosas y, en el fondo de ese abismo de piedra translúcida, algo se mueve como una serpiente de calma anticipada.
“¿Y si te equivocas?” insistí. “¿Y si estas ‘voces’ son, sencillamente, alucinaciones inducidas por el insomnio, por años de exceso intelectual?” Mi propio argumento me sonó débil.
“Samuel, he hablado conmigo mismo. O conmigo mismo en otro tiempo.”
Me explicó que, en su afán de aislar una línea temporal específica, sobrecargó la esfera. El resultado, según él, fue un “choque de cronones”: dos instantes idénticos que no sólo se superpusieron, sino que buscaron obliterarse entre sí, como bestias que detectan en el rival el eco de su propia existencia. En aquel solapamiento, sintió la presencia de Alexanderes diferentes, y vislumbró, como a través de un espejo agrietado, hogares conocidos que se retorcían y morían una y otra vez.
No pude evitar mi propio estremecimiento. La lluvia se había vuelto más intensa. Al mirar la esfera de reojo, percibí por un instante una sombra, y supe —con esa certeza atávica que precede a toda racionalización— que la esfera había comenzado a alimentar algo más que experimentos. Era un portal, y los residuos de sus experimentos se acumulaban, buscando salidas, derramándose como un liquen invisible sobre la realidad.
La noche se abismó en discusión. Alexander insistió en repetir el experimento; argüía que sólo mediante la confrontación directa podríamos entender los límites, o acaso las astucias, del tiempo. Mis objeciones fueron derrumbadas con la lógica del convencido y la súplica del desahuciado. Ajusté, entonces, los electrodos. Pulsamos switches con manos nerviosas. Un destello invadió la habitación. En la penumbra resultante, ambos sabíamos que no volveríamos a ser los mismos.
El primer signo fue sutil: el tic-tac de mi reloj se duplicó, como si dos corazones extraños latiesen dentro de la caja negra. Recuerdo que levanté la cabeza para preguntar algo, pero en ese mismo instante una voz —mi voz, aunque perturbada, como un eco herido— habló desde el rincón donde se encontraba la esfera.
—Samuel… ¿estás ahí…?
El Alexander que me acompañaba palideció, y ambos dimos dos pasos atrás. La esfera giraba lentamente sobre sí misma; dentro, relámpagos azulados formaban la silueta de una figura, una especie de mancha humana compuesta de ramas y sombras. La figura se agitó y comenzó a emerger de la esfera, como si ésta fuera de celofán y la carne de la sombra pudiera deslizarse, resbaladiza y vieja, al exterior.
—Samuel… ven…
Alexander balbuceó: “¡Soy yo! No… no, es… otra versión…” Ambos retrocedimos hasta dar con la pared. Intenté gritar, pero el sonido retumbó silenciado, ahogado por la presión de la anomalía. Sentí que mis recuerdos y pensamientos comenzaban a escurrirse, como si la fuerza que emanaba de la esfera descompusiera mi mente en infinitos fragmentos de “yo”.
La figura—la otra-sombra de mí—se acercó. Supe, sin margen de duda, que era Samuel… pero Samuel de otro vector temporal, atrapado en esa prisión de cronones solapados. Intentó hablar, pero su boca emitió un zumbido abominable, tan doloroso que creí volverme loco. Alexander, por su parte, se arrojó sobre la esfera, intentando recalibrar los controles. La esfera emitió un gruñido, y la figura se disipó, arrastrando parte de mi conciencia tras de sí.
Todo, entonces, se puso oscuro.
Cuando desperté, no supe cuánto tiempo había transcurrido. El laboratorio era una catacumba asolada por la decrepitud. Mis ropas estaban cubiertas de polvo y líquenes secos. Me incorporé con esfuerzo. Alexander yacía a un costado, el rostro pálido como la cera. Se hallaba inmóvil, muerto o atrapado en algún limbo cronónico. La esfera, cubierta de costras verdosas, zumbaba apaciblemente.
Me levanté y, al tambalearme hacia una ventana, vi que afuera el mundo era distinto. Las formas familiares seguían ahí, pero sus contornos vibraban, a veces desdoblándose, como si la realidad se hallara perpetuamente oscilando entre dos estados incompatibles. En la distancia, personas-ombra recorrían caminos imposibles. Reconocí a una mujer, idéntica a mi madre fallecida años atrás, paseando con alguien que parecía ser yo de niño. Le grité, pero la distancia era de siglos.
Comencé a entender entonces: habíamos fracturado el tiempo, no sólo en pequeñas partículas, sino en quiasmas sangrantes. Nuestros experimentos habían abierto una hendidura por la cual los ecos de todos nuestros “yo”, vivos o muertos, pasados, futuros o improbables, comenzaban a deslizarse entre “ahoras” superpuestos. Toda decisión, todo arrepentimiento, toda posibilidad abortada o consumada, coexistía ahora en una resaca que el mundo jamás lograría limpiar del todo.
En las semanas siguientes, me vi condenado a recorrer la mansión y sus alrededores, una y otra vez, encontrando dobles y sombras de mí mismo y de Alexander, discutiendo y combatiendo, cada vez con menor recuerdo de cuál versión era la original. A veces, mis otros yo intentaban matarme. Otras, colaboraban para intentar revertir el experimento. Cada intento era otro brote de distorsión, y la mansión se llenaba de ecos, de risas y chillidos familiares y, en ocasiones, abismalmente extraños.
Quizás esto que narro no es más que uno de esos ecos. Quizá usted, lector, ha caído también en una de estas trampas de realidad anómalamente plegada, y sólo ahora lo descubre entre los pliegues de un relato demasiado sincero para ser mentira. Si guarda usted este manuscrito, sepa que hay infinitas versiones de mí escribiéndolo, cada una en su propio abismo, algunas aún más aterradas que yo, otras resignadas, otras, horriblemente, satisfechas.
Solo queda una recomendación: desconfíe de todo reloj que oiga el doble tic-tac. Si el tiempo comienza a curvearse a su alrededor, si descubre que hay recuerdos que no le pertenecen del todo —imágenes de vidas que no ha vivido, conversaciones con alguien que juraría no haber conocido— huya. Pero sepa que no hay salvación mientras permanezca la grieta. Porque, a diferencia de las sombras que proyecta la luz, las del tiempo acechan siempre en ambas direcciones, y cada una anhela, con idéntica avidez, ser la única y definitiva realidad.
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