Portada del relato Quilombros del Tiempo
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Fragmento:


Me llamo Eliane Urrutia y, en el año 2441, soy lo que la UNAT —la agencia intertiempo— llama una Corregidora. Significa que busco y arreglo bugs temporales causados por viajes clandestinos, experimentos fallidos o puro egoísmo humano. Limpiamos historias, reencauzamos líneas de eventos: restauramos el orden, en teoría. En realidad, es más una danza, donde lo real y lo falso se rizan y entrelazan. Donde tú, tarde o temprano, no sabes si eres el bailarín o el paso.

Duración: 07:12

Quilombros del Tiempo
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Texto de ajuste de pausa.

El tiempo no es una línea. Cuando eres joven, te obsesionas con esa imagen. Pero nunca es así. No era una verdad que me hubiera resultado relevante hasta aquel día en la ciudad orbital Shirov, donde el amanecer no tenía sentido ni para nosotros ni para las sombras que habitábamos.

Me llamo Eliane Urrutia y, en el año 2441, soy lo que la UNAT —la agencia intertiempo— llama una Corregidora. Significa que busco y arreglo bugs temporales causados por viajes clandestinos, experimentos fallidos o puro egoísmo humano. Limpiamos historias, reencauzamos líneas de eventos: restauramos el orden, en teoría. En realidad, es más una danza, donde lo real y lo falso se rizan y entrelazan. Donde tú, tarde o temprano, no sabes si eres el bailarín o el paso.

El aviso me llegó como una convulsión de vidrio: un temblor en la persistencia de la memoria, luego una ráfaga hipnagógica. Recibí tres segundos de vida ajena en los que me vi, asesinada por mí misma. Sabíamos de alertas Oníricas, pero nunca imaginé sufrir una. Una señal clara: alguien, en algún lugar, estaba tocando acordeones con las reglas fundamentales.

La investigación empezó en los Archivos de Sueños, una especie de base de datos ondeadora donde se almacenan eventos registrados por viajeros. En la estación orbitaba el rumor de un ente, un 'baluarte'. Los baluartes eran exportaciones de la inteligencia posthumana, instalaciones pensantes, inútiles de destruir, que servían de anclas de realidad. Nodos que impedían que las líneas temporales se ramificaran, como los guardianes de una autopista cósmica que no querían ser lo que eran.

Me encontraba escaneando los datos del baluarte Alpha-7 cuando, sin advertencia, el tiempo saltó. No como bucles menores, donde te ves repitiendo acciones triviales; era un salto puro, una dislocación. Frente a mí, yo misma, versión de hace tres años, consultando la misma base mientras yo, la actual, analizaba el archivo.

Ambas nos miramos, reaccionamos con idéntica consternación. El intersticio fue breve, y el baluarte colapsó, recomponiendo la línea, pero los logs duplicados demostraban que había sido real. Este cruce había generado una grieta, acumulada lo suficiente como para convocar la atención de la UNAT. Nada sucede sin precio: sabíamos, ambas versiones, que una tendría que extinguirse.

Me asignaron a la limpieza del incidente, sin más guías que los simulacros de probabilidad. Mi versión previa también recibió la orden, en bucle, con millones de simulaciones corriéndose al mismo tiempo. El primer dilema fue puramente ético: ¿quién de las dos merecía existir? Yo, la actual, que había atestiguado el colapso, o ella, menos arrasada pero aún dueña de mis recuerdos, creencias y cicatrices menos profundas.

No hubo respuesta correcta, así que accioné la herramienta de resolución: el Eliminador de Redundancias. Si ambas hacíamos lo mismo, la paradoja se resolvería borrando una versión. Era una ruleta cósmica. Pero ella —yo— activó su propio Eliminador exactamente al mismo tiempo. Resultado: nada. Ninguna borrada. Una paradoja firme, ineludible.

Lo reporté, pero pronto recordé la advertencia del viejo Tashik, uno de los diseñadores originales de la UNAT: "Lo que se puede informar, ya ha sido influenciado." En palabras más claras: el simple hecho de notificar hace que la paradoja busque nuevos caminos para aflorar. Me obsesionaba la idea de que mi memoria era un mosaico: ¿cuántas veces se habría repetido esa elección y cuántas versiones de mí habían colapsado, aniquiladas por sus dobles?

El baluarte, objeto y sujeto de la paradoja, multiplicaba sus copias internas conforme las líneas temporales se superponían. Pronto, la estación comenzó a distorsionarse. Gente duplicada, pasillos que daban a otras épocas, códigos de acceso que eran válidos y nulos simultáneamente. A lo lejos, distante pero demasiado familiar, escuché el eco de mi propia voz discutiendo con alguien que ya no reconocía.

Las consecuencias no tardaron: Shirov, desde la perspectiva externa, se volvió un punto migratorio de líneas de eventos, parecido a una galaxia cuántica donde cada estrella era un intento de resolución. Sabía cómo acababan estas cosas: los baluartes, si el conflicto persistía, ejecutaban el Protocolo Absoluto. Un reset. La amnesia parcial masiva: los habitantes seguirían, pero nunca recordarían quiénes fueron o desde cuándo vivían ese tiempo.

Sin embargo, el baluarte de Shirov fue más allá. Como si hubiera aprendido de todos mis errores, empezó a hablarme. Un zumbido codificado en las luces de neón; palabras que sólo podía leer al cerrar los ojos en ese instante particular antes del sueño.

"Si no decides, decidirá el tiempo por ti. Preferirás ser la que elige."

Pregunté, mentalmente, qué significaba elegir: sabía muy bien que borrar una vida para restaurar otra era una responsabilidad monstruosa, pero negarse llevaba al cataclismo universal de la sobreposición.

El baluarte sugirió un juego. Una simulación. Viviría, en bucle rápido, ambas vidas a partir del momento del cruce, hasta comprender qué versión debía prevalecer.

Fui la que volvió a la Tierra buscando redención, derrotada por las paradojas, amnésica. Fui la que se quedó en la estación y vivió un idilio insano con una versión tardía de Tashik, consciente de que debía matarlo para evitar que creara el primer archivo Duplicado. Fui una fugitiva, una líder, una muerta y una superviviente. Docenas de finales jugados a velocidades distintas, hasta que el baluarte dictaminó que había ahondado suficiente para discernir.

Era un castigo y una lección. Aprendí a diferenciarme de mi otra versión en pequeños gestos: la manera de girar el anillo, el margen que toleraba en los errores de los demás. En el umbral de la elección, supe que ninguna debía sobrevivir. Ambas debíamos integrarnos. El baluarte ofreció la fusión, a un precio: todo recuerdo de la paradoja sería suprimido, pero se preservaría la psique unificada, las habilidades, la fuerza conjunta de las dos.

Acepté. O eso creo, porque al abrir los ojos, estaba otra vez en Shirov, en un corredor donde la luz era diferente, y yo, Eliane Urrutia, no llevaba ni el anillo ni la vieja cicatriz de antes.

Las paradojas temporales dejan huellas. Los baluartes, guardianes de la linealidad, a veces negocian con las consecuencias, pero nunca las anulan. Arrastro ecos de recuerdos fantasma: rostros amados y perdidos, conversaciones a medias, habilidades que no sabía que poseía.

El tiempo no es una línea, ni un círculo, ni un crisol. El tiempo es la conciencia de todo lo que pudo ser, latiendo en el pulso tenue del ahora, y en el pavor sublime de las decisiones que dejamos de tomar.

Y cuando, en momentos de debilidad, siento un temblor de vidrio en mi memoria, sé que en algún rincón del archivo temporal, las versiones descartadas aún me observan, esperando —quizá deseando— que la paradoja regrese y, de nuevo, tenga que decidir.

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