Portada del relato El Estandarte del Coloso
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Fragmento:


—Quiero saber qué hay detrás del anuncio.

Duración: 09:20

El Estandarte del Coloso
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando el brillante crepúsculo se derramaba, pixelado, sobre el horizonte de Acrópolis-2, la urbe esmeralda suspendida a seis mil metros del suelo rugía con la coreografía perfecta de su eficiencia: enjambres de drones zumbaban a lo largo de conductos plata, plataformas flotantes sobresalían del vacío entre los rascacielos, mientras millones de vitas humanas dormían en departamentos diseñados solo para el prolongado ocio. La escasez era una antigua leyenda local, tan distante como la era de combustibles fósiles e igual de incomprensible para quienes nacieron bajo el amparo de los Biólogos de Recursos. Nadie trabajaba. Nadie carecía. Y sin embargo, todos pertenecían.

La Corporación Universal de Otorgamiento –CUO para los analíticos, “El Coloso” para los poetas– neutralizaba desde siglos atrás los apetitos más voraces de la civilización. Había redefinido la economía bajo el argumento indiscutible de la gestión total de recursos: minerales sintetizados en nanofactorías, alimentos cultivados en reactores biotrópicos, energía cosechada de los vientos ionizados del venado crepuscular en los estratos superiores de la atmósfera. Quienes gobernaban ya no debían dictar leyes ni emitir moneda. Bastaba con ajustar algoritmos.

O eso suponía la mayoría, incluidas las nuevas generaciones, cuyos días se alineaban en calendarios armónicos de satisfacción: sesiones de arte neuronal, turismo onírico o amistades fabricadas a medida. Pero en el Centro de Información Sectorial, justo donde la estructura piramidal se arqueaba hacia el cielo en placas blancuzcas de grafeno ancestral, Caminus aún prefería llamarse trabajador.

—¿Sabes lo que es preguntarse para quién, exactamente, haces lo que te piden? —dijo, mientras su compañera Solene balanceaba los pies en una mesa translúcida.

Ella rió. Su perfil, recortado en la penumbra azul, reflejaba las líneas de un rostro acostumbrado al desencanto.

—Caminus, todo está al alcance de un deseo. No almacenamos, no batallamos, no tenemos miedo. Es el mejor contrato posible —respondió, girando una perla luminosa entre sus dedos.

—¿Contrato? —replicó él, apoyando la frente en el vidrio—. ¿Con quién?

Una ráfaga de notas publicitarias invadió el espacio. Los cristales parpadearon, proyectando la imagen de la Voz de la CUO, cuya dicción era tan perfecta que las palabras parecían funcionar como llaves en el cerebro de quienes escuchaban:

“Recordatorio ameno: todas las necesidades han sido cubiertas. Las raciones de tu unidad habitacional inician su actualización. Tu cuota de disfrute aumentará un seis por ciento este trimestre. ¡Explora nuestra nueva opción de afectos virtuales personales!”

Solene susurró, casi para sí:

—Ni los dioses prometieron tanto.

Pero Caminus, quien aún conservaba la costumbre de contemplar las decisiones minúsculas —el turno de acceso a los jardines aéreos, la secuencia con la que las solicitudes eran aprobadas, los patrones de visados élite para las plataformas de ocio–, detectaba líneas ocultas en la abundancia: las prioridades se elegían, sí, parecía aleatorio, pero siempre había quienes accedían primero, quienes probaban las versiones pioneras de toda novedad, quienes podían retirarse durante años del circuito de interacción y regresar con todos los créditos intactos.

Y estaba, además, el rumor más reciente: un ascenso insospechado. Un puesto.

La existencia de cargos jerárquicos era, en teoría, una rareza simbólica, una especie de mimesis para quienes echaban de menos la lucha meritocrática antigua. Pero en el cuadrante de Caminus había llegado el eco de un anuncio: “Administrador de Experiencias C-6”, estatus dorado, derecho a alterar flujos y resultados en unidades residenciales enteras.

Una mañana, al ingresar al núcleo de información, Solene lo arrastró hasta un rincón opacado por la proyección de montañas virtuales.

—Has sido postulado —masculló, sin mirarlo—. No preguntes cómo lo sé.

—No quise...

—No hace falta querer nada. Recibiste suficientes puntos de personalización y asistes máximo a dos simulaciones negativas por ciclo. Eso te hace candidato.

Solene se encogió de hombros.

—Entonces, ¿qué harás?

—Quiero saber qué hay detrás del anuncio.

Ella lo miró como si quisiera advertirle sobre un precipicio. Caminus, sin embargo, era incapaz de resistirse. En su mente un espacio vacío pedía a gritos ser llenado.

El acceso a las oficinas superiores de la CUO no era una sala, ni una ciudad. Era una secuencia de filtros, cada uno exigiendo una cuota de autenticidad frente a una pantalla omnipresente. Caminus caminó a través de la primera, mientras una voz vibrante de género neutro murmuraba:

“¿Por qué quieres administrar?”

—No quiero administrar —dijo él—. Quiero entender cómo se decide quién disfruta.

La puerta se abrió.

En la segunda sala, la misma voz le mostró imágenes de ciudadanos en situación de privación: pesadillas temporales, accidentes en zonas de ocio, relaciones desestabilizadas por un error de cálculo algorítmico.

“Se necesita preservar la armonía. ¿Consideras justo que alguien viva menos felicidad?”

—No —respondió Caminus, titubeando—, pero tampoco creo que la felicidad sea igual si nadie la ha perdido alguna vez.

La imagen cambió: una urbe alternativa, techos de chapa, colas en despensas, niños descalzos.

“¿Prefieres esto?”

—No —repitió, sintiendo un leve mareo, como si las imágenes removieran polvo en el interior de su memoria genética.

Superó el segundo filtro.

Aún le quedaba el tercero: el más temido, donde se enfrentaba a sí mismo, reflejado, multiplicado, interrogado por versiones suyas artificialmente hostiles, entusiastas, indiferentes.

—Supón que te dan el poder de alterar asignaciones. Puedes beneficiar a miles, pero perjudicarías a unos pocos. ¿Lo harías?

—Depende de si puedo justificarlo ante los perjudicados sin esconderles nada.

—¿Y si la justificación es que, simplemente, nuestro modelo así lo requiere?

—Entonces el modelo no es tan excelente como pensamos.

Un silencio. La puerta final era una neblina translúcida. Caminus la atravesó, apenas conteniendo el temblor en las piernas.

Al otro lado, la sala era extrañamente humana: madera, cuero sintético, la tibieza de una lámpara amarilla. Detrás de un escritorio curvo, una mujer de cabello gris, rostro abstractamente bello y expresión demasiado lúcida.

—Enhorabuena, Caminus. Has accedido.

Era la Directora de Asignaciones, el eslabón más visible de la CUO. No parecía tener prisa. Escudriñó su rostro, invitándolo a sentarse.

—¿Por qué existe el puesto, si nada es escaso?

—Ah. Una pregunta directa —suspiró ella—. ¿Qué crees que hacemos aquí, desde tu perspectiva de usuario satisfecho?

Él fue sincero:

—Administra una escasez artificial. No de recursos, sino de privilegios. Programan la abundancia para que tenga zonas de rareza, ritmos, y así justifican la existencia de jerarquías.

La mujer sonrió con aprobación.

—El juego persiste porque su abolición definitiva destruiría cierto tipo de creatividad. Si nadie alguna vez teme quedarse sin, la aspiración muere. Existen departamentos que inventan, modulan, escenarios en los que los usuarios perciben insuficiencia relativa. Hasta la competencia —explicó—, aunque inofensiva, es programada.

Caminus trató de asimilarlo.

—¿Y el cargo que me ofrecen…?

—Crearás experiencias de ligera insatisfacción. Diseñarás pequeñas imperfecciones, microescaseces; no para dañar, sino para mantener la estructura de deseo y logro. A nivel estadístico, vivirás rodeado de abundancia. Pero tú sabrás, como yo sé, que todo es un ciclo cuidadosamente gestionado.

—¿Y si todos lo supieran?

—No todos lo aceptarían. El sistema depende de una ignorancia consentida. Revelar la verdad destruiría la armonía.

Caminus sintió que el mundo bajo sus pies oscilaba.

—¿Y yo? ¿Qué gano?

La Directora tomó una copa, girándola suavemente.

—La única moneda de esta nueva era: relevancia. Pertenecer al reducido grupo que decide la forma de la felicidad de los demás. Es un sabor sutil, no exento de culpa. ¿Estás dispuesto a probarlo?

Caminus contempló la copa. Por primera vez desde que había entrado a la sala, dudó profundamente.

A la salida, la ciudad flotaba idéntica, brillante y serena, pero él sabía que la conversación que acababa de tener pesaría sobre su conciencia para siempre. ¿Aceptar el puesto significaba convertirse en el guardián de una felicidad diseñada, o en el carcelero de una mentira?

Esa tarde se reunió con Solene en uno de los miradores.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

Él la observó: la perfección artificial de Acrópolis-2, el viento perfumado de ozono, la eterna promesa de la CUO.

—Ahora sé que estamos rodeados de todo, y aún así, necesitamos sentir que algo es solo nuestro —dijo, despacio—. El problema no era la falta de recursos, Solene, sino el miedo a que, sin escasez, tampoco seamos necesarios.

Ambos miraron la ciudad, su reflejo fundiéndose con los ríos de luz. Allí, bajo el estandarte invisible del Coloso, Caminus supo que, en última instancia, incluso en la abundancia total, la búsqueda de sentido era, y siempre sería, la más escasa de las experiencias.

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