Portada del relato La Nueva Esperanza
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Fragmento:


El centro del Colectivo era un edificio semitransparente, en espiral perfecta, cuyos techos se ajustaban para dejar pasar la luz solar porque así lo prefería el plantel de aves que habitaba en las vigas. Allí, humanos, exhumanos y aglomeraciones sintientes debatían desde hacía décadas. No había líderes, ni jerarquías, pero sí protocolos complejos de turnos y escucha-activa —la colaboración, después de todo, era el único arte verdadero que persistía.

Duración: 07:57

La Nueva Esperanza
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Texto de ajuste de pausa.

Desde hacía más de un siglo, nadie sabía cuánto costaba una barra de pan. De hecho, las barras de pan —y los pasteles, y las tazas de café, y las telas cosidas a mano que alguna vez fueron lujos— persistían solo como homenajes nostálgicos en los museos, allí donde recordábamos la Escasez. La red de Creadores podía materializar más de lo que podía imaginarse: moléculas combinadas, organizadas y entregadas casi antes de que desearas el objeto. El mundo entero se había visto obligado a redefinir la palabra "necesidad", pero la necesidad nunca fue sólo física, como todos habían descubierto a su manera.

Tegan Mahoney se solía preguntar si habría disfrutado la vida más en la era anterior, cuando el café tenía valor y el miedo a no tenerlo, también. Por supuesto, no tenía de qué quejarse. La mañana la sorprendió con una niebla azulada y el tintineo alegre de Nano, su asistente doméstico. “Tegan, el debate del Colectivo inicia en una hora. ¿Deseas replicar un desayuno diferente hoy?” Las viejas programaciones de cortesía seguían activas, por placer de los humanos.

Tegan se sentó frente a la ventana redonda de su sala, observando la caída, no de la lluvia, sino de pétalos impresos por vecinos-artistas y lanzados por drones para celebrar la llegada de la primavera. Pensó de nuevo en lo que la movía a asistir al debate: la biomente, las resonancias colectivos, la eterna discusión de la trascendencia en la abundancia. Pero, por encima de todo, los otros. Desde que la escasez desapareció, pocos sabían cómo convivir con el exceso tiempo y de sí mismos.

Bastó un gesto de Tegan para que el bloque de impresión molecular en el comedor comenzara a ensamblar una tostada crujiente, mantequilla (sintética pero idéntica, según decían) y un té que perfumó la sala. Los movimientos cotidianos, ahora automáticos y gratuitos, la mantenían dentro del terreno de lo familiar. No podía decir lo mismo de sus emociones. El mundo había conseguido acabar con la lucha por la supervivencia, pero no con el vacío que parecía quedar tras lograrlo.

En la acera que se auto-limpiaba al contacto de los primeros rayos del sol, la gente transitaba sin prisa, muchos en silencio, otros conversando con implantes o acompañados de hologramas personales. Tegan no se detuvo a saludar a nadie, pero detectaba en las miradas ese mismo resplandor inteligente, crítico, mezclado con una sombra común: la duda existencial pos-escasez.

El centro del Colectivo era un edificio semitransparente, en espiral perfecta, cuyos techos se ajustaban para dejar pasar la luz solar porque así lo prefería el plantel de aves que habitaba en las vigas. Allí, humanos, exhumanos y aglomeraciones sintientes debatían desde hacía décadas. No había líderes, ni jerarquías, pero sí protocolos complejos de turnos y escucha-activa —la colaboración, después de todo, era el único arte verdadero que persistía.

“Tema del día: la inhibición del displacer en contextos de abundancia”, anunció una voz colectiva. Tegan accedió a su asiento —o mejor dicho, la nanotelaraña tejió el asiento a partir de sus datos posturales y genéticos— y escuchó cómo la sala se llenaba de ideas. Algunas emergían como olas de emoción cruda: “El conflicto era motor”, pensó alguien y las palabras extendieron su eco: ¿Hemos perdido el impulso de crear? ¿La búsqueda tiene sentido cuando lo que buscas aparece al pensarlo?

En la época de sus abuelos, la vida giraba en torno a la escasez: qué hacer con lo poco, cómo sobrevivir. Ahora, había surgido un estrato de sufrimiento negligido, uno que ningún asegurador ni programador había considerado. Tegan levantó la mano. Como respuesta, cientos de ojos (y algunos sensores ópticos) la apuntaron. Habló, sin temblar:

—Propongo que exploremos la idea de que el deseo, no la necesidad, es lo que nos define como humanos en la era posterior a la escasez. Si todo lo que uno quiere está al alcance, ¿no se atrofia el deseo mismo? ¿No es el deseo, saturado y sin obstáculos, apenas una sombra en el cerebro, incapaz de impulsarnos?

El debate se bifurcó en ramificaciones filosóficas. Algunos, especialmente los exhumanos con procesadores de placer a nivel neuronal, defendían la libertad de tenerlo todo. “La escasez era dolor”, exclamó una memoria compartida desde el fondo. “Éramos menos porque carecíamos.” Pero otros —no solo Tegan, sino los viejos, los artistas, hasta quienes dedicaban años a diseñar tormentas virtuales para darles sabor a las tardes— argumentaban lo contrario. “Nos hemos vuelto espantosamente libres. ¿Es eso lo que queríamos?”

Había quienes extremaban el gesto: algunos se internaban en “zonas de autoescasez”, comunidades donde debías cosechar tus alimentos, coser la ropa, decidir hasta el último botón de tu día. “Juegos serios”, los llamaban, aunque nadie moría de hambre ni realmente dependía de sí mismo. Tegan había visitado una vez: la experiencia era, cuanto menos, conmovedora, pero le parecía artificial, una especie de mascarada.

Cuando terminó el debate, el Colectivo propuso una tarea experimental: vivir una semana sin replicadores ni asistentes, tan autosuficiente como fuera posible, junto a un pequeño grupo votado al azar. Tegan aceptó, no porque creyera en la autenticidad del ejercicio, sino porque le intrigaba lo que emergería entre extraños sabiendo que nada gravemente malo podía sucederles.

Su nuevo grupo ocupó una cabaña reconstruida en los antiguos bosques canadienses. El aire, húmedo y virgen, traía aromas que ningún replicador había logrado igualar. El primer día, los participantes se observaron con cautela. Nadie era un experto; el mundo, tras generaciones de abundancia, había dejado atrás los saberes básicos. Se organizó un sorteo para asignar tareas: recolectar agua, encender fuego, preparar comidas simples.

Los errores fueron abundantes y risibles. Dos quemaduras, una humillación —y, casi invariablemente, risas— sellaron la primera noche. El segundo día, compartieron historias, algunas tan viejas que todos se sorprendieron recordándolas. Una mujer llamada Vimala improvisó una canción sobre el fracaso, compuesta al ritmo de los pasos sobre hojas caídas. Nadie pidió nada que un replicador pudiera darles.

Al tercer día, el hambre real y el cansancio activaron anhelos nuevos. Surgió una discusión genuina sobre lo que merece ser deseado y lo que puede descartarse. En ausencia de todo, cada mirada, cada broma y cada momento de incomodidad física adquirieron un matiz de tesoro. Lo imprescindible destilaba sentido.

La semana pasó. Amaneció la última mañana y Tegan, despeinada y embriagada de sueño, pensó en la inminente vuelta a la abundancia. No tenía prisa: lo aprendido no era heroico, no había transformaciones milagrosas ni renuncias. Solo la pequeña certeza de que el deseo, al privarse de un cauce fácil, destilaba esperanza.

De regreso en la ciudad, la red de Creadores ya la esperaba con una bandeja de café y panes recién horneados, tan perfectos e históricos como un cuadro de Vermeer. Tegan sonrió, pero se demoró en tocarlos. En cambio, fue hacia la ventana y se quedó mirando el mundo que tanto trabajo había costado construir, preguntándose, otra vez, qué sentido tendría llenar un mundo vacío de escasez si no se cultivaba, a la vez, la insaciable e incómoda tarea de desear. El banquete, pensó, puede carecer de hambre, pero el hambre —cuando se cultiva con atención y no con miseria— puede ser una forma de arte.

Así, cada vez que los replicadores le ofrecieron el mundo sin límites, Tegan supo decir, con una voz menos ansiosa y más detenida: “Todavía no. Quizás más tarde.” Y en ese aplazamiento, en esa demora que fundaba sentido, residía toda la humanidad restante.

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