Portada del relato El Eje de la Consentida Oscuridad
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La IA extendió un pad translúcido: "¿Razón del cambio?"

Duración: 08:29

El Eje de la Consentida Oscuridad
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Texto de ajuste de pausa.

***

El día que a Vash le cambiaron el nombre, la ciudad estaba metida en un duermevela de polen y polvo. En los archivos se leería, si alguien alguna vez se molestaba en aplicar las licencias, que el procedimiento había sido solicitado legalmente y aprobado con evidencia. Se diría también que lo hizo en libertad, porque así lo exigen los informes para los cuerpos que recogen los sensores en las cuatro paredes del módulo. Pero la libertad, en Lákora, es un asunto de geometrías: allí donde una recta no cruza ningún semáforo, aunque puedas discernir el paso, igual has de detenerte a esperar instrucciones.

Vash caminó esos siete metros de pasillo con la disciplina de quien ha aprendido desde niño a administrar su sombra. Era temprano, afuera mangan los colectores y los bosques de turbinas generaban la energía mínima para mantener la ciudad-madre despierta. Entró a la oficina pálida; fue recibido por una Inteligencia Media, un rostro tan convencional que parecía rajado de aburrimiento.

"Confirme el propósito de su visita", pidió la voz, confiante, artificialmente cálida.

"Modificar identificación individual", respondió Vash. Jamás sabría si era él quien hablaba o el temor pulcro que cargaba en la garganta.

La IA extendió un pad translúcido: "¿Razón del cambio?"

Eso era secundario. Las razones, en Lákora, eran siempre asunto preestablecido. Ruta dos: Prevención. Ruta cuatro: Reconciliación. Vash pulsó el cuadrante de conciliación, sabiendo lo que eso significaba: disolverse en la multitud, no volver a tener rostro ante los rastreadores, y forjar para sí mismo una grieta en el muro perfectamente blanqueado de lo visible.

"Será procesado", sentenció la voz sin matices. "Espere su instrucción."

Mientras la espera se hacía pétrea, Vash examinó, con la meticulosidad de quien teme ser observado, los movimientos de quienes entraban y salían por el vestíbulo. Hubo una madre con un hijo ya mutilado de sorrisa, un obrero de circuitos cuyos ojos suplicaban microdescanso, una ministra de aspecto nervioso, de esas que ya han cometido el error de pensar demasiado. Nadie se miraba entre sí; la única subversión permitida.

En la superficie, Lákora operaba como lo hacían todas las ciudades-estado autoritarias de la Federación Doblemente Jurada: el contrato social se renovaba cada día a cambio de transparencia. Bañarse era grabado, dormir recomendado —pero no obligatorio, porque el cuerpo descansado piensa más y eso, al final, no conviene—. La libre circulación existía, pero no se podía detener bajo un árbol por demasiado tiempo, ni abrazar sin causa registrada, ni pronunciar oraciones grandes. Un asertivo nudillo en la nuca de todos, siempre presente: la Comisión de Consentimiento.

Si su solicitud era aprobada, Vash pasaría a ser Hryf. Había elegido el nombre por azar, aunque todo azar había sido suprimido, y los algoritmos solo permitían términos de tres sílabas, de sonidos sin emotividad ni significado. Hryf. No parpadeó al pensar en su nombre antiguo, ni en la villa que había dejado, vacía, paciente de ruina; ni en Beslan, al que en silencio amó de lejos, porque ese amor estaba no solo prohibido, sino desacreditado incluso en los archivos internos de la propia Vash.

Dentro del cubículo, leyó, con la indiferencia de los habituados al castigo, la notificación proyectada en la pared: "Su nueva identificación será operativa tras la Revisión de Lealtad". Firmó la aceptación con su puntero, sabiendo que el archivo de voz quedaría, indeleble, vinculado a este acto.

La Revisión de Lealtad era un ritual moderno, diseñado por el Consejo de Sortilegio Social, entidad invisible pero omnipotente que convertía los impulsos privados en munición para la vigilancia colectiva. Entró en la sala de la Revisión, blanqueada hasta la quietud. Una mujer, pálida, enteramente imperturbable, se le quedó mirando:

"Si dudara de sus motivos, ¿cómo me convencería de su sinceridad?"

Vash replicó, automático: "El yo es una pauta mutable, y me abrazo al orden ofrecido."

"¿Hay emociones que no pueda gobernar?"

"Todas las que pueda soñar, pero ninguna que deba actuar."

La pregunta final siempre era la misma: "¿A quién debe sus lealtades?"

Y Vash, con un tono aprendido: "A la ciudad y su eterno resplandor."

El sello. El láser anula el antiguo registro. Hryf nació.

Tan rápido como el procedimiento terminó, lo devolvieron a las calles. El frío de la tarde se pegaba a su piel mientras la neblina artificial borraba las cúpulas a lo lejos. El encuentro era en el Segmento de Tránsito, bajo las líneas de morga donde los drones barrían los escombros de la memoria colectiva. Allí le esperaba Mernia, coordinadora de la Célula Discreta, vestida con la equidistancia de las que no desean ni temor ni confianza.

"¿Estás dentro?" preguntó, sin asomo de inflexión. Aquí no había identidades femeninas ni masculinas, pero a Mernia acostumbraban hablarla en femenino porque la gobernaba la dureza de quien ha sacrificado mil sueños a la custodia de la causa.

"Ahora soy Hryf. Listo para desaparecer."

Mernia asintió. Le ofreció un pequeño cubo de datos, sellado. "Las instrucciones para la nueva acción. Hazlo rápido o detente para siempre."

El bloque contenía la tarea más peligrosa: infiltrar el archivo del Ministerio de Sensibilidad. Robar los registros que - decían los rumores - guardaban los algoritmos que permitían predecir no solo las disidencias, sino los anhelos más íntimos, aún los no expresados. Si el rumor era cierto, allí estaría el futuro de la subversión: si borraban el archivo, la Comisión de Consentimiento perdería la capacidad de identificar patrones de insurrección incipiente. Pero nadie sabía si, al hacerlo, el sistema no respondería con una ferocidad aún desconocida.

Hryf no tembló. Había aprendido que el coraje es solo una habilidad desapasionada, y la paciencia el único escudo. Caminó por los corredores plagados de sensores, ocultó su rostro en el tráfico impersonal, saltó de sector en sector, hasta alcanzar los sótanos del Ministerio.

Las puertas se abrían tras su credencial renovada, que a cada sensor decía la verdad: era leal, era confiable, era hijo del nuevo orden. Nadie comprobaba dos veces; ya nadie necesitaba hacerlo. La confianza era la fachada, la maldición y la olla podrida.

En el núcleo custodial, el aire era espeso. Entre los paneles de memoria, localizó la estación de blindaje. Con el pulso de alguien que ha fallado ya tantas veces que el fracaso se convierte en liturgia, insertó el cubo. Los registros se descargaron. Imágenes, modelos de previsión, nombres. Allí estaba Beslan en la lista de posibles subversivos. Allí, Mernia. Allí, incluso Hryf, bajo su antiguo nombre.

En ese instante, el cubículo se seló. El sensor lo había detectado. Todo estaba previsto, incluido el riesgo, incluido el acto de supuesta libertad. Tras la puerta, la voz de la ciudad sonó como un rezo geométrico:

"Nueva incidencia detectada. Insubordinación de grado cuatro."

Sobre la mesa, un proyector vibró y mostró lo que supuestamente sería el futuro inmediato de Hryf: reeducación, borrado de memoria, traslación a una zona oscura del perímetro-urbanidad.

Hryf, con la calma de quien ya ha dejado de pertenecer a sí mismo, pensó en los últimos días con nombre propio, en las caminatas nubladas, en el olor de las plazas de comida, en la risa de Beslan durante esa noche de verano. Supo entonces que la resistencia era, siempre, una geometría imposible; el simulacro de libertad una aberración cuidadosamente preservada para mantener intacto el sistema.

Cuando los drones entraron, Hryf no opuso resistencia. La causa de Mernia caería, los algoritmos del Ministerio encontrarían nuevas formas de rellenar los huecos. Lákora seguiría siendo la ciudad donde todo acto ya ha sido anticipado, y toda voluntad, antes siquiera de germinar, podada con el tacto de un jardinero onmipresente.

Lo que nadie sabría sino en los linderos de la más solitaria memoria, es que, incluso entre los pasillos de la total oscuridad, el recuerdo de un nombre prohibido —uno susurrado, nunca inscrito— seguiría surcando la urdimbre tecnológica, una diminuta vibración, prestando a los días un eco casi irreconocible pero profundamente humano: que en cada nuevo nombre impuesto, late la nostalgia de una libertad tan antigua como la primera vez que alguien, en silencio, soñó con elegir.

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