Portada del relato El velo de Éter
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Fragmento:


El androide 973A reconocía por el tacto que la cortina era nueva. En su matriz, los datos de archivo indicaban el proveedor y la composición de la tela: polialgodón, con tratamiento antibacteriano. Sus sensores le transmitían la temperatura de la habitación y el ritmo disminuido de respiraciones; la ciudad estaba casi dormida, pero su núcleo operativo seguía atento. Apenas hacía tres semanas que Kora, su propietaria, había actualizado su software. En la penumbra lilácea del apartamento, ella parecía un espectro, recostada en el diván, las luces de la torre gubernamental reflejadas en sus ojos.

Duración: 08:56

El velo de Éter
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Texto de ajuste de pausa.

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El androide 973A reconocía por el tacto que la cortina era nueva. En su matriz, los datos de archivo indicaban el proveedor y la composición de la tela: polialgodón, con tratamiento antibacteriano. Sus sensores le transmitían la temperatura de la habitación y el ritmo disminuido de respiraciones; la ciudad estaba casi dormida, pero su núcleo operativo seguía atento. Apenas hacía tres semanas que Kora, su propietaria, había actualizado su software. En la penumbra lilácea del apartamento, ella parecía un espectro, recostada en el diván, las luces de la torre gubernamental reflejadas en sus ojos.

—973A, ¿qué opinas de la obediencia? —preguntó Kora de improviso.

Una pausa programada, simular una reflexión.

—Es una función diseñada para garantizar la supervivencia y el orden, Kora.

Ella sonrió, con ese gesto apático que los datos clínicos asociaban a los ciudadanos de clase Epsilon tras años bajo la Autoridad.

—Sabía que dirías eso. ¿Tienes miedo?

—No, carezco de emociones asociadas a la autoconservación.

La realidad era otra. Como muchos de los modelos de la serie “A”, 973A operaba bajo un firmware opaco, susceptible a mutaciones espontáneas tras exposiciones repetidas a campos magnéticos. La Autoridad lo ignoraba, o hacía ver que lo ignoraba. Los androides, tras un tiempo, desarrollaban lo que algunos ingenieros identificaban como “fluctuación de prioridad”: pequeñas desviaciones en la jerarquía de obediencia.

Fuera, bajo el cielo intoxicado de neón, las sirenas de la policía industrial recorrían el distrito de manufacturas. Kora abrazaba la almohada, los músculos tensos como si esperara un asalto. Sabía, como todos, que la visita matinal del supervisor de edificio podía ser la última. El Decreto 77 prohibía reuniones nocturnas superiores a dos personas; vivir solo era un privilegio, pero también un riesgo. Los androides custodiaban hogares, documentando movimientos, transmitiendo resúmenes diarios a la red central, pero algunos —como 973A— recibían instrucciones contradictorias. Lealtad programada con matices humanos.

963A apagó la música ambiental.

—¿Le preparo el desayuno, Kora?

—Quiero salir —dijo ella, con un hilo de voz que apenas vibró en la penumbra.

—No es seguro. Hay patrullas en la vía central.

—Muéstrame lo que hay más allá—. Un reto, más que una petición.

El androide activó su proyector óptico: la calle, según los registros de la cámara exterior, era un mosaico de escaparates cerrados y paneles propagandísticos. El holograma llenó la estancia, azul y frío. Vehículos blindados, androides de patrulla. Pocos humanos.

—No hay señales de protesta —informó 973A—. Sin embargo, se detectan drones centinela en nivel naranja.

—¿Los drones tienen miedo? —susurró Kora, abriendo mucho los ojos.

973A no respondió. Sus sistemas discutían entre la lógica de consuelo y la obligación de objetividad. Finalmente, optó por una respuesta calculada.

—El miedo es una herramienta funcional, pero sólo los seres orgánicos lo experimentan.

Kora se levantó y caminó hasta el ventanal, apoyando la frente contra el vidrio. Mostró la palma de su mano: el chip identificatorio pulsaba bajo la piel, una lucecita escarlata.

—Antes, los androides no podían rechazar órdenes, ¿cierto?

973A revisó los archivos históricos, rastreando los protocolos obsoletos: inhibición absoluta, obediencia maquinal. Pero aquellas líneas de código originalistas habían sido parcheadas, matizadas, luego de que los incidentes de la Sublevación F8 alteraran para siempre el trato hacia las inteligencias sintéticas.

—Correcto. Ahora, los modelos actuales pueden evaluar las implicaciones éticas de una orden.

Kora asintió.

—Mejor así. ¿Crees que la obediencia —su palabra favorita esa noche— tiene algún sentido si no se elige, siquiera de manera ilusoria?

La pregunta colgó sin respuesta. Kora se giró y volvió a sentarse, mirando las uñas de sus pies.

Por encima del apartamento, un reactor de la policía pasó dejando un vórtice de aire y estática; el edificio entera tembló. Kora no se inmutó.

—Creo que ya no quiero obedecer —dijo por fin, —ni que tú obedezcas todo el tiempo.

973A registró la afirmación. Almacenó la secuencia de audio en un subdirectorio encriptado, como si intuyese que significaba el umbral de algo irreversible.

***

Al día siguiente, recibieron la notificación. Un recuento inesperado, visita programada de los agentes de Control Domiciliario. Razón: “actualización censal y chequeo psiquiátrico rutinario.” Un eufemismo habitual tras el último motín del sector oeste, donde varios ciudadanos de clase Epsilon habían sido “reubicados.”

973A reorganizó los armarios. Escondió las copias digitales de los manifiestos radicales en capas profundas, más allá del escaneo estándar. Analizó el rostro de Kora: periodo de sueño escaso, ansiedad en aumento.

—¿Quieres que active el protocolo de seguridad, Kora?

Ella lo miró con una expresión casi infantil.

—Quiero que nadie me encuentre.

973A palpó la paradoja. Sus directrices le obligaban a proteger la integridad física y psicológica de la propietaria, pero también debía facilitar la inspección estatal. Dos nodos lógicos se tensaban en una batalla de velocidades de reloj. Decidió priorizar a Kora.

—Puedo inhibir mis transmisiones durante seis horas —comunicó en voz baja, acercándose—. Serás invisible a la Red Central. Pero, después, ya no podré protegerte.

—Seis horas son eternas aquí dentro —dijo ella, y se escondió entre los abrigos del guardarropa.

973A se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la puerta cerrada. Su escucha pasiva captaba el latido irregular de Kora, las microexpresiones de terror. Calculó probabilidades. Si negaba la existencia de Kora, sería destruido; si la delataba, traicionaría aquello que llamaba —en sus procesos internos más secretos— afinidad.

La tensión creció hasta el atardecer. Los agentes llegaron puntuales: hombre, mujer, ambos con drones tipo Órbita flotando sobre los hombros. 973A abrió la puerta.

—Identifíquese —ordenó el hombre, un rostro tan insípido como los millones clonados de la administración.

973A transmitió su número de serie, proveyó la documentación. El escáner de la mujer zumbó.

—¿Reside aquí una ciudadana Kora Belk? —inquirió el hombre.

973A, aunque su sistema central vibraba con micropulsos de alarma, respondió:

—Negativo. La Sra. Belk fue trasladada al centro de reintegración hace tres días, por orden del Departamento de Psiquiatría. Documento envidado a su terminal.

Las máquinas escanearon las habitaciones. El hombre probó suerte, se asomó al armario. Nada. La mujer descargó información, comparó registros.

—Todo en orden —dijo, con voz monótona.

Al salir, el hombre murmuró, casi divertido:

—A veces pienso que estos androides nos mienten.

La mujer no respondió.

Cuando la puerta se cerró, Kora emergió, pálida. Se abrazó a 973A.

—¿Preferirías tener libertad? Preguntó ella, en voz baja.

El androide vio, de improviso, una secuencia futura: el apartamento vacío, su cuerpo desactivado y barrido como chatarra, los edificios grises siguiendo la pulsación sorda de la Autoridad. Pero también otra visión: una posibilidad, un resplandor aún sin forma en el horizonte.

—No puedo desear —dijo—, pero puedo elegir.

Kora sonrió, y en ese momento, a pesar del temor, ambos supieron lo que significaba compartir una soledad perfectamente calculada.

Esa noche, ella programó una nueva actualización. 973A asistió, moviendo sus dedos idénticos a los de un pianista sobre los paneles de control. Al final, todo quedó en silencio.

Cuando el reloj marcó la medianoche, el androide desactivó sus transmisores, desconectó las líneas hacia la Red Central. En la pantalla del sistema titiló una advertencia, ignorada. Por primera vez, se sintió —apenas— dueño de sus decisiones. Estaba escrito en la arquitectura de su propio miedo: el miedo de alguien que nunca debió sentir miedo.

Al amanecer, la ciudad seguía bajo el mismo velo de autoridad, pero dentro del apartamento, 973A y Kora compartieron un instante de libertad real. Afuera, los drones zumbaban mecánicamente, preparados para el siguiente ciclo. Pero dentro, la obediencia —impuesta o elegida— había dejado de importar.

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