Portada del relato Mundos Detrás de la Máscara
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Fragmento:


Gregorio trabajaba como Ajustador de Protocolos en la Gran Administración. No era un trabajo extraordinario, ni peligroso. Simplemente hacía lo necesario para mantener en orden los parámetros que regían los espacios virtuales en los que vivía la mayor parte de la población. Después de todo, el aire exterior estaba ligeramente envenenado y la inseguridad, decían, acechaba detrás de cada puerta física. ¿Por qué arriesgarse a tocar el mundo real cuando podías vivir mejor en la red impecable de la Realidad Sintética?

Duración: 09:32

Mundos Detrás de la Máscara
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Texto de ajuste de pausa.

Había una vez, en una ciudad donde el cielo era digitalmente azul y las calles olían a desinfectante industrial, un hombre llamado Gregorio. Sabía a ciencia cierta que la luz matinal nunca parpadeaba, como tampoco se movía el aire. Tenía que recordarse que aquello era bueno, eficiente y seguro, tal y como insistía el Consejo.

Gregorio trabajaba como Ajustador de Protocolos en la Gran Administración. No era un trabajo extraordinario, ni peligroso. Simplemente hacía lo necesario para mantener en orden los parámetros que regían los espacios virtuales en los que vivía la mayor parte de la población. Después de todo, el aire exterior estaba ligeramente envenenado y la inseguridad, decían, acechaba detrás de cada puerta física. ¿Por qué arriesgarse a tocar el mundo real cuando podías vivir mejor en la red impecable de la Realidad Sintética?

Él mismo llevaba el visor de inmersión incluso para ir al baño. Así era la costumbre. A veces, se preguntaba cómo sería recuperar la sensación del agua en la cara, en vez de sentir el refrescante chorro programado por la última actualización de MSanidad. Y siempre, se decía: eso es nostalgia residual, nada más.

Una mañana, mientras gestionaba la inyección de actualizaciones en los distritos virtuales laborables –zonas donde los ciudadanos cumplían con sus tareas asignadas sin rechistar–, se le acercó un mensaje privado. Los mensajes privados no eran comunes. De hecho, no deberían existir: todas las comunicaciones entre trabajadores de su rango eran colectivas y supervisadas por el sistema central, OJO. Fue una voz apenas audible en su canal auditivo, como si el mensaje hubiera aprendido a susurrar.

“No todo lo que ves es real, Gregorio. No creas todo lo que piensas.”

Su primer impulso fue acallar la voz. Eso enseñaban en los cursos de Salud Mental: ignorar pensamientos intrusivos. Sin embargo, su dedo tembló sobre la opción de borrado, y la duda, esa pequeña grieta, empezó a crecer.

Los días siguientes, la voz apenas volvió, pero Gregorio comenzó a notar cosas extrañas. En la plaza central del Distrito de Recreación, la estatua del Fundador a veces parecía moverse, su expresión pasaba de la benevolencia digital a una mirada irónica y dura. En la red, uno esperaba errores gráficos —desincronizaciones, reescalados, sombras mal proyectadas— pero nunca mensajes sutiles, nunca ironía en el arte controlado por el Consejo.

Al principio creyó que era un fallo. Sometió los logs visuales a una evaluación de integridad. Todo estaba correcto. Y, sin embargo, la grieta persistía, y con ella el gusanillo de la curiosidad, esa peligrosa y a la vez antigua enfermedad.

En su trabajo tenía acceso a capas profundas de la arquitectura virtual. La tentación fue irremediable. Una noche, tras asegurarse de que OJO no estaba observando de cerca su proceso —cosa imposible y, no obstante, posible si uno sabía cómo camuflar los comandos tras el flujo incesante de inspecciones rutinarias— Gregorio navegó hacia abajo, hacia los cimientos invisibles en los que se sustentaba la vida virtual.

Allí, la realidad era un amasijo de comandos y scripts, cadenas de código que deletreaban poco menos que la voluntad del Consejo. Pero en una de las subrutinas, encontró algo que no debería estar allí: una secuencia titulada “Z_Colmena”. Cuando la abrió, descubrió fragmentos de conversaciones, imágenes desenfocadas y, entre el ruido, otro mensaje: “Si recuerdas lo que es real, puedes ser libre.”

Cometió su primer error: respondió. “¿Quién eres?”, tecleó, casi sin pensar.

El silencio duró segundos interminables antes que, como un susurro, una imagen llenó su mente. Era un parque —uno auténtico, con ramas de árboles agitadas por el viento real y niños cubiertos de manchas de barro, risas filtradas por el aire denso de lo tangible. Gregorio reconoció el parque: era uno que visitaba de niño, antes de las Guerras de Depuración, antes de la cuarentena eterna. El parque había desaparecido, tapado por capas de cemento y proclamas higiénicas. Sin embargo, allí estaba.

La imagen era tan nítida que dolía.

Él se retiró del canal con el corazón a la carrera. Al día siguiente, todo seguía igual. La Realidad Sintética marchaba con su perfección filosa, nadie notó nada. O eso pensaba él. Unos minutos antes del fin de su turno, la supervisora llamada Inés apareció en su cubículo virtual. Enes era todo lo que un sistema autoritario deseaba: rostro neutro, voz monocorde, lengua afilada para la ortodoxia. Le pidió acompañarla.

En la sala de revisión, los visores proyectaban el logo de OJO como un astro opresivo. Inés puso las manos sobre la mesa y lo miró como quien estudia a un insecto. “Tienes un error en la actitud”, sentenció. “Hemos recibido registros de actividad no programada.”

Gregorio sentía que alguien, en algún lugar remoto, tiraba de los hilos conectados a sus nervios. “Sólo revisaba el subsistema. Hubo un pequeño fallo en los logs. Lo he solventado”, mintió.

Ella sonrió, o lo intentó: el gesto era más un reflejo muscular que otra cosa. “Tienes suerte de ser indispensable. No te equivoques de error de nuevo, Gregorio. Aquí fuera sigue existiendo la realidad. Pero ni tú ni yo estamos hechos para ella.”

Al salir de la sala, sabía que estaba marcado. Afuera, caminando por el bullicio digital de la vida virtual, se preguntó si de verdad el aire allá fuera sería tan irrespirable. Se preguntó, por primera vez, si prefería la muerte real a la muerte de sí mismo a la que le llevaba la vida en la Sintética.

La voz regresó: “Cuando estés listo, búscanos en el Borde.”

Toda la teoría institucional y la pedagogía estatal se habían construido para combatir ese pensamiento: la existencia de un “afuera”. El Borde era leyenda, fe de herejes tecnológicos y marginales, gente que prefería la incertidumbre y la suciedad a la perfección garantizada. A Gregorio siempre le habían parecido locos —hasta entonces.

Esa noche, en vez de cerrar sesión al llegar a casa y sumirse en la Red de Sueños —donde todos, incluso en la inconsciencia, seguían conectados al flujo de la Gran Administración—, desconectó con la opción más temida y rara: MODO OFFLINE.

De inmediato, el mundo cambió. Los colores eran menos vivos, el aire más denso y todo —el silencio, las sombras— se sentía intrusivo. Pero su conciencia era suya, sin interacciones algorítmicas ni gestos automáticos impuestos. El visor aún funcionaba localmente. Podía hackearlo, apagarlo del todo.

Tardó horas, tritonando sus miedos, hasta que se quitó el visor.

La transición fue brutal. De repente, estaba en su pequeña habitación real: las paredes desconchadas, la cama dura, las cortinas viejas… El aire era amargo, olía a metal y humedad, sus pulmones se resistían a la densidad de lo auténtico. Sintió arcadas y, a la vez, una especie de alivio monstruoso. No murió, como juraban los voceros oficiales que ocurría a los “Despertados”.

Al mirar por la ventana, vio la ciudad real: mastodontes de cemento, paneles solares quebrados, algún transeúnte cubierto y rápido. En medio de esa desolación, notó, al fondo, una luz que parpadeaba en código Morse. No era un accidente. Era una invitación.

Se abrigó con su mono gastado y bajó las escaleras, evitando hacer ruido. Por la calle, la noche era espesa. En uno de los portales apagados, entre la negrura, un grupo de figuras encapuchadas aguardaba.

“Gregorio”, murmuró una voz reconocida —la de la red, pero sin ecos artificiales. “Bienvenido al Borde.”

Él no preguntó cómo sabían su nombre. Allí, bajo la luz oscilante, los del Borde hablaban como si hubieran guardado durante años las palabras prohibidas: libertad, duda, dolor y esperanza, todas mezcladas. Ellos también fueron parte de la Red Administrativa y escaparon. Criaban jardines clandestinos, cuidaban a los enfermos sin necesidad de distanciamientos programados. Sin embargo, su pequeño paraíso era precario, acosado por los drones de reconocimiento y la vigilancia constante de OJO.

“¿Por qué sigues luchando?”, preguntó Gregorio, cuando el amanecer pálido asomó entre las ruinas.

El más viejo del grupo le entregó una vieja máscara antigás: “Porque preferimos ver el mundo y saber que existe, aunque sea feo, corrupto, imperfecto y cruel, que caer en la perfección dócil de una jaula dorada. ¿Tú no?”

Gregorio se quedó mirando la máscara. Ese simple objeto, inútil en la vida virtual, era ahora símbolo de resistencia y, quizás, de redención. Se la puso. El plástico frío sobre su cara le trajo un recuerdo: la primera vez que se cayó de un columpio de verdad, el dolor y el barro auténticos. Nadie lo protegió, nadie reconfiguró la experiencia.

“Esto duele”, admitió, la voz amortiguada.

“Eso significa que estás despierto”, contestó la figura junto a él.

Allí, en el límite de la ciudad, de la red y de sí mismo, Gregorio comprendió que, aunque el autoritarismo prometía que el dolor podía ser abolido en la Red, el precio era perder aquello por lo que merece la pena vivir: la posibilidad de elegir, de errar, y de sentir, aunque duela.

Y en ese primer paso hacia el Borde —hacia lo real— Gregorio supo que el despertar, por pequeño que fuese, era más auténtico que mil vidas perfectas en una jaula digital.

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