Fragmento:
Carla Lys, socióloga humana, fue la primera en aceptar la invitación a pasar una semana de auténtica inmersión en la cima de la ‘balanceada perfección’. Las palabras, increíblemente, provenían del propio Consejero de Equilibrio, un título, le explicó su intérprete yllariano, que cambiaba diariamente, sorteado entre todos los adultos de la urbe. Nadie permanencia ostentando poder mucho tiempo; los mandatos eran rotatorios como el viento suave de la plaza central.
Duración: 08:53
Cuando los exploradores de la nave Horizon depositaron sus botas limpias sobre el suelo anacarado del planeta Yllaria, pocos podían adivinar que estaban a punto de hallar una sociedad que haría palidecer los sueños más ambiciosos de igualdad, paz y progreso. El primer asentamiento, Cuadra Prima, tenía un aire tan plácido —altamente planificado en simetría y colorido— que algunos ingenieros humanos murmuraron recelos acerca de la autenticidad de tanta armonía.
Aún, la brisa constante traía el aroma centelleante de los bosques suaves, y los yllarianos sonreían con relajada cordialidad. No existía urgencia. Nadie gritaba, empujaba o lamía heridas invisibles. Para los viajeros, acostumbrados al vértigo de la competencia, esto parecía una obra maestra de la manipulación social… o un espejismo.
Carla Lys, socióloga humana, fue la primera en aceptar la invitación a pasar una semana de auténtica inmersión en la cima de la ‘balanceada perfección’. Las palabras, increíblemente, provenían del propio Consejero de Equilibrio, un título, le explicó su intérprete yllariano, que cambiaba diariamente, sorteado entre todos los adultos de la urbe. Nadie permanencia ostentando poder mucho tiempo; los mandatos eran rotatorios como el viento suave de la plaza central.
—¿De verdad creen que han alcanzado la perfección? —preguntó Carla durante la primera comida comunal, una cena sencilla, compartida aun entre desconocidos, en largas mesas al aire libre bajo farolas de tono lunar.
La Consejera de Equilibrio de esa noche, una anciana de piel tornasol, ladeó la cabeza. Su sonrisa no era de suficiencia, sino de tranquila seguridad.
—No es una creencia, es un despliegue. Cada ciclo, reparamos errores. Los malos recuerdos, como decís, solo existen para hacernos notar fallas. Si logramos corregirlas, se hurtan del pasado.
La respuesta desconcertó a Carla. Durante los días siguientes, sin embargo, las evidencias apuntaban a que tales afirmaciones no eran mero orgullo nacional. No existían indigentes, ningún individuo era más rico que otro, y los arbitrajes eran simples, inmediatos. No había crímenes. Cualquier signo de conflicto se disolvía en una marea de mediación tan eficiente como invisible. Si alguien envidiaba un objeto, el objeto cambiaba de propietario, o mejor aún, se replicaba en el acto, pues las fábricas comunales producían solo bajo demanda y ninguna posesión era irremplazable.
Carla asistió a uno de los procesos de intercambio: un hombre joven, Genn, mencionó en voz baja a su vecina que le parecía divertida la gorra decorada con filamentos de luz que ella usaba. Sin molestia ni ritual, la mujer se la tendió y Genn, sonriente, le agradeció. Sin embargo, notando la reacción de Genn, otro vecino (tocado con una gorra aún más extravagante) la ofreció a ambos; a los pocos segundos, todos en la mesa reían, tocándose las cabezas con gorros efímeros y luminosos. La tensión, si alguna vez existió, se desvaneció en un juego.
Todo parecía funcionar en Yllaria de manera tan suave, tan afinada, que a los ojos de Carla se hacía imperioso buscar la grieta, el margen en sombra.
La grieta no tardó tanto en emerger, aunque no en la forma brutal que cualquier sociedad humana podría prever.
Durante la segunda noche, Carla tuvo un sueño inquieto. En la penumbra de la habitación comunitaria, creyó escuchar pasos junto a su lecho. Al sobresaltarse, solo vio la silueta de la Consejera (distinta cada día, pero siempre atenta) comprobando que los huéspedes estuvieran cómodos. Carla se disculpó en susurros y volvió a dormir, pero al amanecer, el recuerdo le deja una mella persistente.
Su siguiente intento para descubrir fisuras fue visitar la “Sala de Armonización”, una estación acristalada que servía como mediadora de disonancias psíquicas. Había oído rumores de que quienes sentían ansiedad, ira o tristeza peregrinaban allí y, tras una breve charla, salían sonrientes, apacibles. El encargado —un joven delgado, de irises irisados— la invitó a probar el proceso.
Se sentó frente a un panel luminoso. El encargado le preguntó cómo se sentía, indagando sobre posibles malestares, insatisfacciones, deseos no cumplidos. Carla confesó que la perfección circundante la hacía sentir periférica, un ruido extraño en la sinfonía colectiva. El joven asintió con comprensión genuina.
—Eso es natural para los recién llegados. Nosotros lo llamamos “la disonancia del forastero”. Puede marcharse cuando desee, pero, si algún día quiere alinearse, aquí estaremos.
Fue esa palabra —alinearse— la que prendió una alerta interna. Llegó a preguntarse, más tarde, si la perfección yllariana se debía en realidad a un sofisticado proceso de acondicionamiento colectivo, una especie de lavado sutil, no forzado pero despiadadamente eficiente.
Con esa sospecha rondándole los sueños, Carla buscó a Remiel, uno de los escasos yllarianos que había hablado abiertamente de épocas pretéritas en que “la Equidad aún no era”. Se citaban temprano, en la fría claridad de la mañana, prosiguiendo conversaciones largas que bordeaban el tabú. Remiel sostenía que generaciones atrás, Yllaria era tan caótica y desigual como los peores barrios de la Tierra.
—¿Y cómo lograron cambiarlo? —preguntó Carla, empeñada en desmontar el mito de la perfección espontánea.
Remiel la miró largamente antes de responder.
—Sacrificamos el dolor —dijo—. Literalmente. Decretamos que los recuerdos angustiantes, las envidias, los resentimientos, serían olvidados de la memoria colectiva. Cualquier dolor que no encontrara pronta resolución, era extirpado, enterrado en la Niebla. A cambio, entregamos una parte del yo, la fricción natural. Con ella, también perdimos el arte trágico, la gran ironía y, quizás, el misterio del individuo. Ganamos paz, justicia y equidad, pero casi todos sienten —en el fondo— que algo falta.
Carla calló un largo rato. La Niebla: de eso hablaba la leyenda local sobre una zona prohibida, un yermo más allá de las murallas, en cuyo corazón vivía todo lo que la ciudad no podía procesar: la memoria repudiada.
La sugerencia de Remiel fue tan suave que apenas se sentía peligrosa.
—Puedo mostrarte la Niebla si quieres. Pero debes comprender… lo que entra no siempre puede salir tan fácilmente.
El último día antes de su partida, Carla aceptó. Caminó, acompañada de Remiel y provista de un brazalete que, le aseguraron, la protegería de “la disolución”. A la salida del último suburbio, dejaron atrás los jardines de simetría soberana y marcharon entre matorrales secos y estatuas rotas. La niebla era tan espesa que parecía no hueca, sino compacta, un muro de aire granulado. A veces, voces lejanas resonaban en su interior; otras, apenas el lamento del viento. En un claro central, Carla vio siluetas sentadas, encorvadas en un letargo de tristeza insondable. Eran yllarianos, pero sus rostros mostraban pliegues y arrugas ausentes en la ciudad: allí, se cocían, preservados, todos los recuerdos amargos que no se podían extirpar, eternamente encarnando aquello que Yllaria había olvidado para poder llamarse perfecta.
—¿Por qué no regresan con los suyos? —susurró, horrorizada.
—Si regresaran, contaminarían el equilibrio. Son lo que fuimos y lo que —si lo permitimos— podríamos volver a ser. Por eso, elegimos cada ciclo, recordar u olvidar.
En el viaje de regreso, Carla sintió en sus manos la fragilidad de una perfección comprada con el precio del olvido. Al despedirse del grupo que la acompañó al muelle de la nave, supo que la memoria de la Niebla no sería admitida en ningún informe oficial. Pero llevaría una sombra consigo, breve marca de un pasado evaporado pero fiel, una grieta mínima pero insalvable en la muralla de los justos.
A bordo de la Horizon, escribió en su diario: “La perfección de Yllaria no es fruto de fuerza o violencia, sino de la sustracción paulatina de todo dolor y conflicto. Viven en la cúpula del equilibrio porque, secretamente, una parte de ellos arde en el frío yermo de los retazos salvos de la Niebla. ¿A qué costo deben defender su paz? ¿Cuánto podemos sacrificar de nuestra historia para alcanzar la perfección? La respuesta, como la Niebla, se desliza entre los dedos.”
Después de ese viaje, cada vez que un planeta nuevo la recibió en su jornada diplomática, Carla recordaba el aroma azul de los bosques yllarianos y el silencio de la Niebla. No buscó ya sociedades perfectas, solo aquellas que supieran convivir con sus heridas, sin negarlas, sin perderse en la promesa engañosa de lo irrealmente armónico.
Aquello que permanece en la Niebla, pensó a menudo, sigue siendo nosotros, esperando pacientemente a ser algún día recordado.
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