Portada del relato Amanecer en Némesis
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Fragmento:


“Eso nos arranca la mitad de los remolcadores,” argumentó Nadya. “Y la sección civil es la más expuesta.”

Duración: 08:48

Amanecer en Némesis
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Texto de ajuste de pausa.

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Las naves fantasma de la Flota Vagabunda se veían como un enjambre de insectos hambrientos, flotando a la deriva en la frontera del Sistema Arkturus, sus cascos marcados por cicatrices de antiguas batallas y los restos corroídos de mil sueños fallidos. La Nebulosa Sirena parpadeaba a través de las escotillas vidriadas, bañando las cubiertas oxidadas con azul espectral, mientras, dentro del crucero insignia Sangre de Virtud, el Capitán Jalen Tyre consideraba si sus próximos minutos serían los penúltimos de su vida o si, este ciclo, lograría engañar a la muerte una vez más.

El aroma a aluminio quemado y sudor era parte de la atmósfera, como una costra propia de la nave, imposible de purgar. A través del puño cerrado, Tyre sostenía el amuleto que su hija le había fabricado antes de que la Flota se marchara de Icarion. Era un diente de carnívoro engastado en un hilo piloso y, de algún modo, le recordaba que debía vivir, sea por furia o deber.

“Informe de posición,” exigió, la voz más desgastada que firme.

La primera oficial, Nadya Garlin, tecleó las órdenes en la consola. Su rostro estaba iluminado apenas por el azulado de la pantalla, y tenía la mandíbula apretada de quien ha visto el reverso de la galaxia y lo ha detestado. “Tenemos contacto con dos fragatas centinelas cerca del Límite Helíaco, capitán —forme Keloian, por la firma energética. Y la baliza Oort sigue transmitiendo patrones de interdicción. Están esperándonos.”

Jalen escupió entre dientes: “Como siempre. Estos bastardos creen que el exilio es peor que la ejecución.”

“Para algunos lo es,” murmuró Nadya.

Por los altavoces, las notas distorsionadas de la alarma de confinamiento rasgaron el ambiente, luego la voz profunda del ingeniero Ramsay: “Campo gravitacional incrementando a babor, vector 37-siete. Nos apuntan con una ancla.”

En la vasta etapa del espacio, en el lejano borde exterior donde la Confederación de los Mundos Caducos arrojaba los restos de sus guerras y a quienes les incomodaban, la Sangre de Virtud era el navío de los indeseados, de los desterrados sin planeta donde caer muertos. El plan era simple: cruzar el Nido de Oort, burlar la cuarentena, llegar a Nuevo Serin y encontrar refugio entre los traidores y los piratas, o al menos, morir intentándolo.

Jalen se giró hacia la holopantalla, rastreando la maraña de trayectorias y pulsos, mientras por su implante auditivo llegaban las transmisiones susurradas de la banda clandestina. “Filos”, dijo, y esperó hasta detectar la chispa codificada —la señal de que el resto de la coalición exiliada escuchaba—. “Vamos a hacer el salto. Las Keloian nos bloquean el paso pero no la voluntad. Inicien dispersión según la letra de Argón.”

“Eso nos arranca la mitad de los remolcadores,” argumentó Nadya. “Y la sección civil es la más expuesta.”

Jalen la miró a los ojos, pesados y encendidos de ira. “Cuanta más carne pongamos entre nosotros y las fragatas, más posibilidades para todos. Si sobreviven, pueden reencontrarse con nosotros en Serin. Si no… ya están muertos aquí.”

La nave tembló; la ancla gravitatoria keloiana arrancaba partículas de escudo en filamentos fluorescentes. Los directores de propulsión gemían bajo la presión.

“Propulsores listos a máxima irrupción,” anunció el oficial de mando. “Contamos dieciocho segundos antes de disipación crítica.”

Jalen inspiró el aire rancio de la nave, ese hedor a seres que no tenían otro hogar que el acero pulsante que les rodeaba. Miró la miniatura de humano que colgaba junto al diente de su hija —una figura hecha de viejos sellos fiscales, con cuatro brazos extendidos y sonrisa fiera— y ni siquiera rezó. Sólo recordó, brutalmente, el motivo por el que ninguno de ellos había regresado al núcleo civilizado: ya no tenían nada que regresar.

La Sangre de Virtud, al igual que el resto de la Flota Vagabunda, estaba formada por aquellos que, frente al aplastante bloque de la autoridad Confederal, eligieron pensar diferente, amar diferente, rebelarse de maneras pequeñas y grandes hasta volverse insoportables. Antiguas facciones, ideologías perseguidas, especies híbridas que los tecnócratas renegaban, desertores de la última guerra. Caminaban juntos sólo porque su presente tenía el filo de una navaja: adelante, tal vez había futuro. Atrás sólo ardía el recuerdo.

La nave brincó. Una de las fragatas centinelas soltó una andanada de nanominas, embalsamando la nada con miles de ojos plateados. El operador gritó —“¡Compuertas 13 y 17 al vacío, nos embisten, proa dañada!”— mientras otra sección de la Flota, los transportes Tungsteno y Oberón, desplegaban chaffs electromagnéticos.

Por las pantallas, el espacio era un tapiz polícromo de muerte y engaño. Los pulsores gravitacionales keloianos obraban con precisión quirúrgica, intentando arrastrar a la Sangre de Virtud hacia el radio letal de la fragata Ombro, mientras las corbetas aliadas aprovechaban la confusión para abrir boquetes de escape. El puente se llenó de eco y luz; la voz de Nadya, crispada pero enorme, surgió entre el caos.

“Damos salto parabólico... ¡ahora!”

La nave se encogió sobre sí, crujió como un monstruo anciano bajo tracción extrema, y la realidad entera se convirtió en una línea borrosa, azul, blanca, sin nombre. Jalen sintió su esqueleto y su memoria rebeldes, como si la Sangre de Virtud gritara a través de él: no hoy, aún no.

La nave salió del salto a kilómetros del límite del sistema Oort. El parabrisas estaba marcado de microfracturas, y el casco chisporroteaba como un asador, pero seguían allí, y habían dejado a sus perseguidores lo bastante lejos para tomar aire. Al menos por unos segundos.

Un temblor recorrió la sala de mando. Nadya se sujetó el costado: “Nos siguen dos, tal vez tres. Los remolcadores dispersos. Oberón destruido. Tungsteno sin respuesta.”

La pantalla mostró la fragata keloiana restante cerrando la distancia, lanzando una salva de microtorpedos en abanico. Uno de ellos cruzó cerca, y el campo magnético de la Sangre de Virtud lo desvió apenas, mientras el segundo impactó la torreta dorsal. El eco de la explosión llenó sus huesos de estática y miedo, aunque Jalen sólo sintió furia amarga.

“Nos interceptan, capitán,” dijo Ramsay, la voz hueca. “Sólo tenemos una opción antes de que aborden.”

Jalen se giró. Sus ojos se encontraron con los de la tripulación, todos con un pasado arruinado, todos malheridos por sus propias elecciones. Al fin y al cabo, no era el poder lo que los mantenía juntos, ni la esperanza: era la resistencia ante la aniquilación.

Encendió la señal de banda abierta. “Aquí la Sangre de Virtud. A nuestros aliados: tenemos una última carta. El generador cuántico de la bodega seis aún puede liberar un pulso Fermi. Si extendemos los disipadores y lo sobrecargamos, podríamos freír los sistemas de navegación keloianos… y a nosotros mismos, si no saltamos fuera en los cinco segundos posteriores. ¿Quién quiere jugar al exilio extremo?”

Por la radio, algunos capitanes respondieron con risas roncas. Otros, con promesas de reencuentro en el infierno, que era lo más parecido a esperanza que podían pronunciar.

Nadya asintió, gesto grave aunque desafiante, y Ramsay inició la secuencia de sobrecarga. La Sangre de Virtud comenzó a rugir, los disipadores reventando plasma, mientras el tiempo se estrechaba como un nudo de serpiente. Jalen, antes de pulsar el salto, grabó un mensaje rápido, casi un suspiro, para su hija en Icarion:

“No todos los que arden terminan ceniza. A veces sólo dan luz en un sitio donde nadie más se atreve a encender una llama.”

Activó el salto.

El pulso Fermi lamió el espacio como una tormenta solar, vaporizando los sensores de las naves perseguidoras y sembrando locura en los circuitos de la fragata keloiana. El casco de la Sangre de Virtud sangró electrones, el puente se oscureció, y durante un segundo pareció que nada sobreviviría.

Pero entonces, el salto terminó. La nave estaba maltrecha, medio ciega, pero surcando el abismo, más allá de las garras del lobo confederal. Nadya soltó una carcajada nerviosa. Ramsay celebró con un puñetazo al aire.

Jalen se permitió sonreír, aunque alrededor sólo quedaban supervivientes y recuerdos de todo lo perdido. Allí estaban: en el espacio negro, sin consuelo ni piedad, pero juntos, libres otra vez aunque sólo fuera por un ciclo más.

“Nueva Serin, en el siguiente horizonte,” anunció.

La Flota Vagabunda seguía viva.

Y mientras su pequeña aurora de humanos errantes viajaba más allá del imperio y la furia, Jalen Tyre supo que ni la guerra, ni el exilio, ni los dioses helados del confín podrían destruir por completo el sueño de renacer entre las estrellas.

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