Fragmento:
A su lado marchaba Arquiline, una soldado cuya cabeza ostentaba el emblema ardiente y azul de la antigua Orden de los Guiadores. Arquiline había prescindido voluntariamente de sus ojos años atrás, sustituyendo las órbitas por dos complejas lentes espectrales. Aquello, decían, le concedía acceso a espectros de información vedados a los sentidos comunes. A menudo, los compañeros de la cohorte le escuchaban murmurar nombres de colores imposibles o advertir de peligros que sólo ella era capaz de captar a tiempo.
Duración: 08:49
La luna ascendía, una pálida moneda entre nubes de hollín y esquirlas ionizadas. Atrás habían quedado los templos yermos, las ciudades con sus jirones de historia y mitología; ahora el llano era un yermo de concreto resquebrajado, sembrado de mortajas electrónicas y sueños rotos. Encima de este territorio inhóspito, la 17ª Cohorte Cibernética avanzaba en formación, sus sombras alargadas por el resplandor artificial de los cielos distorsionados.
El capitán Hralton, a quien algunos apodaban “El Injertado” por razones que iban mucho más allá de su placa torácica adamantina, caminaba al frente. Sus piernas, confeccionadas con filamentos de extinctio y tendones de grafeno, apenas rozaban el terreno, descomponiendo piedras en polvo bajo su paso. Sobre el hombro derecho, el bólter de plasma refulgía a cada destello lejano de relámpago sintético; bajo su coraza, sin embargo, Hralton sentía los pulsos tenues de su corazón original, en perpetua disonancia con el ritmo exacto de sus extensiones mecánicas.
La misión era —si uno podía aplicar tal palabra— sencilla en su brutalidad: liberar el Nodo Ocular de Endurim, una fortaleza-eremita ahora infestada de los silentes y corrosivos soldados de la Liga Anémona. Robots, semihumanos, cáscaras enloquecidas por viejos virus. Todas las posibles mutaciones de lo mecánico y lo residual. Hralton contempló la ruina que aguardaba y un suspiro se filtró por los acoples de su mandíbula reforzada.
A su lado marchaba Arquiline, una soldado cuya cabeza ostentaba el emblema ardiente y azul de la antigua Orden de los Guiadores. Arquiline había prescindido voluntariamente de sus ojos años atrás, sustituyendo las órbitas por dos complejas lentes espectrales. Aquello, decían, le concedía acceso a espectros de información vedados a los sentidos comunes. A menudo, los compañeros de la cohorte le escuchaban murmurar nombres de colores imposibles o advertir de peligros que sólo ella era capaz de captar a tiempo.
Atrás, batallón tras batallón se desplegaban: Torgax el Destripador de Utopías, Eslitin el Reciclado, la brigada de las mensajeras-tejedores, las Infantiles de Cinebra —impúdicas, de mirada fría y cuerpos aún inocentes, devastados prematuramente por el injerto precoz. Ninguna boca sonreía; a lo sumo, rictus calculados para reducir la tensión en las mandíbulas hidráulicas.
Al llegar a las inmediaciones del Nodo, un crepúsculo sin crepúsculo, un eclipse perpetuo, cubría el mundo con sombras aceitosas. El Nodo asomaba entre lianas de cableado caótico, sus almenas humeantes y los reflectores giratorios diluyendo cualquier esperanza de sigilo. Hralton alzó el brazo, señal inequívoca: ahora sólo contaba la disciplina. Tres, dos, uno. El ataque comenzó.
Las balas de kiln y estallidos de rayo trenzado desgarraron la primera línea defensiva, reventando blindajes de la Liga Anémona como si fueran cáscaras de fruta putrefacta. Sin embargo, cada baja que sufrían los enemigos parecía regenerarse, modulando sus cuerpos con soldaduras febriles y grafito exudado por las heridas. Pronto, el aire se llenó de esporas sintéticas: diminutos zánganos mecánicos que buscaban articulaciones descuidadas o ranuras por donde infiltrarse.
Hralton sintió como uno de aquellos parásitos intentaba horadar la unión de su clavícula, silbando tan alto que sólo los canales internos de su mente ciberenhanced captaron la frecuencia. Con disciplina implacable, activó la corriente de defensa: un sutil pulso que abrasó al intruso y lo redujo a polvo electromagnético. La batalla era, como siempre, un flujo de instinto y cálculo. La mitad del pensamiento era humano, la otra mitad, una danza de estate y datos tácticos.
En medio de la refriega, Arquiline percibió algo que escapaba al análisis de todos los demás. “¡Retrocedan!” ordenó, y las tropas confiaron en su rango y su oráculo interno. Un instante después, donde antes había estado el pelotón principal, una red de nanoláseres se desplegó, cruzando el aire con hilos invisibles que habrían disuelto médulas y circuitos por igual.
“¿Qué has visto?” preguntó Hralton, recargando su bólter.
“Un pulso azul invertido. Información inversa, domesticaría el alma de cualquier biorresto en su alcance… incluso la tuya.” La voz de Arquiline era tan monocorde como la de un autómata, lo bastante humana, sin embargo, para dejar perplejo a quien quisiera encontrar trazas de compasión en ella.
Siguieron adelante, abriéndose paso hacia las criptocámaras del Nodo. Allí, las formas se multiplicaban: enemigos de garras férreas, de torsos con ventrículos a la vista y rostros cubiertos por máscaras lila, acariciados por filigranas de zafiro y cobre. No luchaban por un ideal, sólo por subsistir. Resonaban los ecos de antiguos juramentos: “Integridad no es pureza, sino fusión.” Una letanía que ponía los vellos de la nuca artificial de Hralton en vibración.
En una cámara lateral, Eslitin el Reciclado cayó herido: un proyectil le atravesó el bazo hidráulico. Aulló —un sonido gorgoteante, casi animal— y se arrastró fuera del fuego cruzado. Las Infantiles lo auxiliaron sin emoción, retirando piezas estropeadas, evaluando la posibilidad de reciclaje inmediato: aquí, la compasión se medía en términos de usabilidad.
En el vértice del Nodo, estaba el Trono de Vigilancia. Hralton lo vio suspendido encima de un estanque de disolventes, rodeado de maquinaria susurrante y de cables que se retraían como serpientes a medida que se acercaban. Allí aguardaba la comandante enemiga, la Dama Anémona —si es que podía llamarse dama a aquel cuerpo envuelto en seda anticuada y extensiones de níquel, el rostro translúcido como una perla mortuoria.
“Capitán Hralton”, murmuró ella, y su voz llegó como un estertor a través de sistemas de intercomunicación activa. “¿Qué crees que encuentras aquí sino el reflejo de ti mismo?”
“No tengo tiempo para riddles, Anémona”, respondió Hralton, avanzando un paso más, apuntándole el cañón de plasma. “Ríndete y preserva lo que quede de tus memorias. El Nodo será nuestro.”
La Dama sonrió, gesto sutil que deformó su mandíbula y dejó escapar un líquido viscósico azul claro de los comisuras de su boca. “¿Nuestro? ¿Qué significa ‘nuestro’ cuando las palabras ya no nacen de gargantas humanas, sino de moduladores? ¿No lo ves, capitán? Aquí el único futuro es el que renunciamos a poseer. Somos custodios de escombros, guardianes de obsolescencia.”
El combate fue inevitable y breve. Hralton descargó un tiro que habría reducido a polvo cualquier entidad orgánica pero la Anémona absorbió el impacto, descompuso la energía en su armadura, y se levantó, desplegando cuatro brazos suplementarios rematados en filos oscilantes. La lucha que siguió fue coreografía de reflejos y algoritmos predichos. Cada golpe, cada zigzag, era anticipado por las unidades de premonición que ambos llevaban injertadas en la médula.
“¡Dispara al núcleo, Hralton!” gritó Arquiline desde el otro lado de la sala, y él —con la determinación de lo irremediable— dirigió el fuego no al cuerpo, sino a un disco humeante que colgaba de la espalda de la Dama Anémona. Un relámpago, y la cosa cayó, todos sus movimientos aniquilados de golpe. Pero antes de derrumbarse, la Dama aún tuvo fuerzas para pronunciar una última frase, entrecortada pero nítida en todos los canales auditivos conectados: “El alma es un software; nada muere, todo se sublima en el ciclo.”
La sala quedó en silencio, salvo por el zumbar de sistemas apagándose uno a uno. La tropa avanzó, conectando sus propios nexos al trono; el control del Nodo quedaba asegurado. Sin embargo, en ese instante triunfal, Hralton sintió un vértigo extraño: la certeza de que, con cada victoria, otra parte de su humanidad se iba por los sumideros invisibles de la interfaz.
La lluvia eléctrica golpeaba ahora el exterior con redobladas fuerzas. Arquiline se acercó a Hralton, limpiando su cañón. “Esto no termina aquí”, murmuró. “El siguiente Nodo ya es vulnerable, y los ecos de la Liga se están propagando en la red profunda.”
Hralton asintió, y por un breve instante pensó en el significado del triunfo, y en si era diferente a la derrota. Después, con el gesto automático de quien ya no vive en su carne sino en el pulso de la máquina, transmitió la orden de retirada controlada.
Allí, entre escombros y promesas de nuevas batallas, la 17ª Cohorte Cibernética desapareció entre la bruma translúcida. Fuera, la luna aún observaba, siempre testigo, siempre indiferente a la suerte de quienes alguna vez quisieron llamarse humanos y hoy sólo eran soldados del futuro: carne y cromo, osadía y desesperanza, una fusión perpetua en la interminable guerra del alma y el circuito.
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